lunes, 30 de diciembre de 2013

Petición para el nuevo año


"Por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres"
(Rosa Luxemburgo)



Este año que cierra la puerta, ha sido el año de las carreteras y las calles. También ha sido el tiempo del GPS del móvil (¡Loada sea la tecnología! ¿Qué sería de mí sin ella?). Una voz femenina me guiaba por rutas desconocidas. En algunas ocasiones erraba y giraba mil veces en la misma rotonda, pero la mayoría de las veces llegaba a mi destino: un colegio o un instituto.
No todas las visitas fueron gratas aunque ninguna estuvo exenta de aprendizaje , ni siquiera el territorio más hostil.
Este año he pisado centros en los que se palpaba el cariño desde la verja de entrada, desde el timbre del telefonillo. Hay colegios en los que sonrientes conserjes te daban la bienvenida y ya presentías el empeño por la educación. No tiene ninguna relación con el tamaño, el estado del edificio o el entorno. Son las personas que allí trabajan quienes realizan el milagro.
Durante mis andanzas iba tomando fotos de rincones, murales, paisajes: un mojón kilométrico y el fuerte del oeste del colegio de mi pueblo; monumentos al jornalero en Brenes y Villamanrique; un Guernica de papel para festejar el Día Escolar de la Paz; murales contra la violencia de género; una estatua en un parque de Cañada del Rosal como homenaje a las víctimas de la República; los tejados de Constantina desde la puerta del Instituto, … Algunas de ellas las iba publicando en facebook, otras se quedaban aguardando su destino.
Una de las más gratas sorpresas la encontré en el CEIP Príncipe de Asturias de Torreblanca: un mural en el que aparecía una frase de Rosa Luxemburgo. Con esta frase y esta foto en la que aparece dibujado un árbol os emplazo a continuar luchando por la escuela pública durante el próximo año. A este árbol me encomiendo para que me otorgue la salud y la fuerza que me permitan seguir caminando y sobre todo, que el GPS no me abandone.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Pestiños al estilo Proust


Lo hueles... Y un aroma de especias sube por tus fosas nasales. Reminiscencias de historias antiguas reviven el aire. El picón del brasero quemándose deja un humo espeso. Las aceitunas machacadas y aliñadas con orégano pugnan por saltar desde un cántaro. El lomo en manteca aguarda en un barreño. Las paredes de tierra rezuman humedad. En la casa que antes fue chozo flota un olor a alhucema tostándose en las brasas.
El lebrillo de barro rebosa de una masa que ha sobrevivido a un combate de puños. Manos grandes y pequeñas se han empeñado en domarla durante horas.
Exprimir, calentar, freír, tostar, moler, verter, mezclar, amasar, freír, enmelar.
Agrio. Dulce. Picante. Salado. Amargo. Dulce. Dulce. Dulce,...Todos los sabores se mezclan en tu boca, se desmoronan en tu paladar, ocupan tu garganta. Un gustillo a niñez, barro, charcos y ladrillos calientes bajo las mantas. El camión de la basura tirado por un burro mientras el basurero canta anunciando la lluvia. Te acurrucas bajo una pelliza que aún conserva olor a ganado. El reloj de bolsillo de un abuelo.
Anís estrellado. Matalahuga. Clavo. Ajonjolí. Zumo de naranjas. Ralladura de limón. Aguardiente. Vino. Almendras. Levadura. Sal. Canela. Aceite de oliva. Harina. Miel.
¡Qué pena de Proust, que solo pudo disponer de unas magdalenas mojadas en tila!

domingo, 24 de noviembre de 2013

Chirbes


Si para Balzac“la novela es la vida privada de las naciones”, leer a Rafael Chirbes constituye un ejercicio de dolorosa introspección colectiva. Nos enfrenta el autor ante un retrato desgarrador e inmisericorde de nuestra realidad, sin pausas, sin treguas, hasta la asfixia:
Hija mía, le dice a Silvia, un genio contemporáneo es el que le da de comer todos los meses a la familia con el sueldo base. Los peruanos los ecuatorianos los  ucranianos polacos o marroquíes que recorren tres cuatro diez mil kilómetros atraviesan el desierto cruzan el océano pasan hambre y sed se juegan a los chinos, o a pares o nones, a quién se comen en la patera, y consiguen llegar hasta aquí y se suben a un andamio o se meten a sesenta grados bajo los plásticos de un invernadero de Almería, y comen ellos y les envían la mitad del sueldo a los hijos señora cuñados hermanos suegra padres que tienen allí” (Crematorio).
Chirbes duele porque muestra la sociedad que aparece ante sus ojos y la presenta tal como es, exenta de afeites y maquillajes, negra, oscura y corrupta.
La verdad es inestable, se corrompe, se diluye, resbala, huye. La mentira es como el agua, incolora, inodora e insípida, el paladar no la percibe, pero nos refresca” (En la orilla)
Sus personajes deambulan entre edificios en obras, marjales, bares o prostíbulos. Son tan reales que te los puedes encontrar en cada esquina.
...”de la que se define como nueva clase media y es un conglomerado de variantes de la clase obrera sin conciencia que trajo el thatcherismo y se está llevando consigo la crisis actual desarbolándose los humos,...” (En la orilla)
En las novelas de Chirbes no hay salidas, no existe un espacio para la esperanza. Quienes las leemos tenemos el reto de encontrarlas.


lunes, 28 de octubre de 2013

La bicicleta verde


En el país donde a las mujeres se les prohibe conducir, Wadjda desea una bicicleta verde. Con la bicicleta sentirá el viento rozar el rostro y el cabello se escapará del abaya. Aupada a la bicicleta retará a su amigo a una carrera que la liberará.
-Las bicicletas son peligrosas para las niñas. ¿Te crees que eres un niño?, le recrimina su madre.
Los ojos de Wadjda nos alejan de cualquier atisbo de tristeza en un mundo de mujeres solas, invisibles, silenciosas, ocultas a la mirada de los hombres.
-La voz de una mujer es su desnudez, reitera la directora del colegio.
Las niñas, ataviadas con el abaya negro, no pueden escapar de la culpa y la vergüenza que las atrapa en un laberinto de religión y tabúes.
-Si tenéis el periodo no podéis tocar el Corán, dice la maestra. Y las niñas no pueden contener la risa nerviosa.
La rebeldía de Wadjda la salva del entorno asfixiante en que se viven su madre y ella, de la ausencia del padre, de ese árbol genealógico en el que solo aparecen hombres. A Wadjda nadie la podrá ocultar bajo un velo oscuro porque ella aprendió a montar en su bicicleta verde.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Nos faltan


Los lunes por la mañana, el metro de Sevilla huele a puchero. También a albóndigas en salsa, lentejas con chorizo y croquetas caseras de pollo. Las maletas en el suelo de los vagones los delatan. Vienen cargadas de fiambreras que las madres fueron llenando durante el fin de semana.
La muchacha de larga melena ondulada subía en la estación del Prado de San Sebastián. Parloteaba sin tregua con su compañera en su afán por hacerla partícipe de las novedades del fin de semana. Movía las manos para dar más énfasis a un discurso enhebrado con el ceceo propio de la Sierra Sur. Entre el gentío del vagón, yo me quedaba perpleja ante su oratoria y la imaginaba en un estrado defendiendo sus argumentos con valentía.
Los muchachos que se sentaban juntos venían del mismo pueblo. Se apeaban siempre en San Bernardo. Tal vez estudiaban magisterio o psicología, quizás económicas o derecho. Sus apuntes estaban subrayados con rotuladores de colores vivos: amarillos, rosas, naranjas, azules,... Se pasaban los folios, se preguntaban el tema y corregían las dudas con un bic azul.
Una chica silenciosa aprovechaba para acabar unas actividades de inglés. Escribía con un lápiz y no temblaba su pulso a pesar de la velocidad. Parecía tan concentrada que procuraba no moverme para no molestarle. Tal vez preparaba el B1 para obtener el grado o querría obtener una beca Erasmus.
A medida que abandonaban el metro notaba sus ausencias aunque el olor de las fiambreras persistía en el ambiente. Habían subido y bajado a lo largo del trayecto: en el Rectorado de la Universidad de Sevilla, en el campus de Nervión, en la Universidad Pablo de Olavide,...
Tenían rostros y voces concretos. Aportaban cada mañana la alegría del camino por andar, de los sueños por llegar.
Este curso, medio punto les impedirá a muchos y muchas acceder a la matrícula gratuita: 10.000, dice el ministro; 22.000, afirman los rectores. Un seis y medio provocará que un tercio de estudiantes no pueda costear un alquiler y un transporte desde el pueblo. El curso pasado, 24.520 estudiantes menos se beneficiaron de beca, 578.549 no pudieron obtener ayuda para material. Este curso, un cambio en los umbrales de renta también impedirá a muchos jóvenes continuar sus estudios. 
Números, cifras, porcentajes, ... Quienes deciden los números no conocen sus rostros, no visitaron  sus pisos de estudiante, jamás probaron el contenido de sus fiambreras.
Esta mañana, el metro avanzaba más vacío. Corría por él una suerte de desaliento intangible.
Esta mañana he comprobado que me faltan.
Nos faltan.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Imagen y señas


Aquella imagen me atrapó al instante. Mi asombro era tal que tardé un tiempo en reaccionar, como un boxeador noqueado. Durante los días que siguieron me mantuvo en vilo. Cuando pasaba cerca de la mesa del salón no podía evitar echar una ojeada al libro donde aparecía la foto.
Los rostros de las dos mujeres me resultaban familiares. Aunque no lograba recordar sus nombres sabía con seguridad que las había conocido siendo adultas.
En la imagen aparentaban unos veinte años y sonreían a la cámara a un lado de la foto. Iban ataviadas con sus mejores ropas: una falda de tubo, blusa blanca, vestido estampado,...Una de ellas, la más pequeña, incluso osaba llevar unas gafas de sol en la mano. Eran dos amigas que paseaban cogidas del brazo una tarde de domingo de finales de agosto o principios de septiembre. Se podía adivinar por las sombras, por el cielo cubierto de nubes y porque las mujeres se arreglaban solo en días muy señalados. Posaban como turistas, con sus labios pintados,...
Detrás de ellas, una anciana vestida de negro que se asomaba al escalón de la puerta y una muchacha escondida tras la pareja observaban con curiosidad la escena.
En el extremo opuesto, otra figura femenina enlutada dirigía la mirada al fotógrafo y un burro escuálido caminaba en dirección contraria.

Los rostros sonrientes de las dos mujeres no lograron distraer mi atención del auténtico protagonista de la foto. Aquel territorio era conocido y cercano. Lo podía sentir en la yema de los dedos. Al principio, la espadaña de la iglesia me desorientó porque yo me situaba en la acera contraria, en la acera de mi casa, la casa de mi madre, el chozo que construyó mi abuelo Antonio a principios del S. XX y que durante mucho tiempo indicó el final del pueblo. Unos metros más allá se alzaban las tapias del cementerio.
Aunque en el año en que nací (1963) se erradicó el chabolismo, la calle Sagasta (más tarde Miguel Hernández) no olvidó los chozos de adobe con el tejado de juncia o esparto, que se mojaban en invierno y ardían en verano con tanta facilidad que se convertía en el mayor terror del vecindario.
Hasta finales de los 70 no se asfaltó la calle ni se disfrutó de alcantarillado.
En los años 80, las ancianas aún vestían estos ropajes decimonónicos y se asomaban al umbral con mirada escrutadora.
La memoria, esa vieja traidora, me devolvió con esta foto a los años 50, una época que solo conocí por los testimonios orales.
A menudo me pregunto por la identidad del fotógrafo que nos legó una imagen difícil de olvidar: el burro hambriento que se aleja como una figura fantasmagórica enfrentado a la sonrisa de las dos muchachas, que defienden la alegría a pesar de la miseria, a pesar de todo.
PD: La foto pertenece al grupo de facebook "La Luisiana en imágenes"

domingo, 1 de septiembre de 2013

El final del verano


Estos días en que el calor ha concedido una tregua, las mañanas de agosto olían como las de antaño. La brisa fresca alentaba al paseo temprano sin la ayuda del sombrero. Incluso era posible aventurarse a caminar por la acera soleada.


Estas mañanas con aroma a higos y jazmín, traían cierto regusto a sal en el aire, tal vez la promesa de un mar desconocido e inalcanzable.
Las mañanas en el pueblo pertenecen a las mujeres: desayunos en las terrazas de las cafeterías -lejanos los tiempos en que les era vedada la entrada-, bromas en la pescadería, confidencias en la frutería... La frutera se acoda en el mostrador mientras relata un viaje a Praga en invierno y describe el puente de Karlos cubierto de nieve. La clientela la escucha con atención, sin prisas, como si la conversación de la frutera fuera el acto más significativo de la jornada.
Esta última semana de agosto, que sonreía como las de antaño y venía aliñada de tormentas vespertinas,  traía viejos recuerdos de despedidas, retornos, separaciones y abrazos.
Las noches cada vez más largas, con chaqueta de algodón o rebequita de hilo sobre los hombros, los veladores del cine de verano vacíos, advertían de la llegada del ansiado otoño. 
Porque el verano no es más que un paréntesis y la vida comienza en septiembre.

martes, 13 de agosto de 2013

Una semana en París

"Il y a longtemps que je t'aime, jamais je ne t'oublierai"
(À la claire fontaine, chanson populaire française)

Puede parecer una osadía escribir sobre París, la ciudad más cantada, filmada, pintada y descrita del mundo. Desde Dickens a Hemingway, se dedicaron a loar las maravillas de la capital de Francia. Y yo, al fin y al cabo, durante una semana solo he sido una más de los millones de turistas que fotografían la Torre Eiffel cada año.
Nada más lejos de mi intención hablar sobre monumentos o rutas de viaje, tan solo pretendo plasmar algunas de mis impresiones como turista veraniega.
El aprendizaje de los idiomas trae aparejado el conocimiento de la cultura. Desde que comencé a estudiar francés en la muy lejana EGB, los textos y los diálogos se desarrollaban en torno a los lugares más significativos de París: La Tour Eiffel, la Place Vendome, la de La Concorde, les bateaux mouche, Le Marché aux Puces,... Se convirtieron todos ellos en espacios familiares al mismo tiempo que escenarios de ensueños adolescentes.
Era un deseo inalcanzable pasear a orillas del Sena o escuchar a un clon de Jacques Brel cantando en un café del Quartier Latin. Imaginaba que vivía en una buhardilla de la Rive Gauche (por supuesto) y junto a algún Jacques de mirada lánguida arrancaba los adoquines del Boulevard Saint Michel.
Andaba cerca de los treinta cuando pisé por primera vez el suelo de París. Entonces, dos días dentro de un circuito, me supo a demasiado rápido y poco, muy poco, después de tantos años de espera.
Esta vez, con una semana , pensé que me podría resarcir.
Lo primero que me llamó la atención fue el contraste de dimensiones. En el exterior predomina la talla XXL: amplísimas avenidas y bulevares, enormes edificios, gigantescos monumentos. Sin embargo, toda la “grandeur” se queda fuera, porque en el interior habitas en Lilliput. La habitación del hotel era tan pequeña que tenía la sensación de dormir en una caja de cerillas. Las mesas de los cafés eran minúsculas y tan pegadas unas a otras que no podías evitar la tentación de probar el plato del vecino. Pero en Les Invalides el sentido del tamaño llegó a tomar proporciones gigantescas: ¿Por qué un edificio desmesurado, una tumba enorme para un señor tan pequeñito como Napoleón?
No me parece mal que los países homenajeen a sus personajes principales. En el Panteón (otro monumento desmedido) se hallan enterrados insignes figuras de la patria y escribo en masculino adrede, pues solo una mujer es considerada digna de tal distinción, Marie Curie, que solo es francesa por matrimonio. Se me ocurren otras francesas ilustres que podrían acompañarla: Olimpia de Gouges, Flora Tristán, Simone de Beauvoir,... Incluso Coco Chanel y Edith Piaf han sido puntales de la patria. Mientras caminaba entre aquellas tumbas me dio por pensar que sus fantasmas se levantaban por la noche a alardear de sus hazañas “testosterónicas” y la pobre Marie se aburriría de oírlos cada noche. Quizás, el bueno de Malraux le sonreiría con tristeza desde algún rincón.
En París, en agosto, lo que más abundan son las colas. Los turistas llegados de todos los rincones del planeta Tierra hacemos infinitas colas para visitar sus afamados monumentos. La causa de estas colas de carácter sobrenatural son las medidas de seguridad. No podría decir con exactitud cuántas personas han husmeado en el interior de mi bolso, pero han sido numerosas. Eso sí, lo han hecho con mucha educación, mucho s'il vous plaît y merci beaucoup. Después de la novatada inicial, decidimos visitar el monumento más popular a primera hora de la mañana, justo después del petit déjeuner, que procurábamos que no fuera nada petit. A partir de ahí, lo que fuera cayendo relajadamente: un Notre Dame por aquí, un café en Saint Germain por allá,...
En Francia sienten orgullo de su país. No es de extrañar después haber organizado el sarao de la Revolución Francesa aunque también haya muchas zonas de sombra en su historia. Desde las ventanas de Versailles, ahíta de lujo desmesurado, admirando el paisaje que veía María Antonieta, entendí que ella y su esposo terminaran en la guillotina. Lo que sigo sin entender es que aquí no hagamos algo por el estilo pero sin violencia. Porque realmente noté que estaba en un país diferente viendo la televisión francesa: salía un presidente al que los periodistas abordaban en un acto público y contestaba sin necesidad de chuleta ni televisor de plasma.
En el Louvre descubrí mi oculto fervor patriótico. Cada vez que veía un cuadro de Goya o Velázquez colgado de sus muros sentía como si me hubieran robado algo propio. Imaginad lo que pensarán los turistas griegos al ver el expolio con su patrimonio. Solo por el valor de la Victoria de Samotracia solucionarían todos sus problemas.
En fin, tal vez París no valga una misa, pero una semana resulta del todo insuficiente, sobre todo si se quiere pasear sin premura y disfrutar despacio de todos los placeres que puede ofrecer al paladar. Para mí la mayor dicha ha sido escuchar hablar en francés durante una semana completa, pero también oír inglés, alemán, italiano, ruso, japonés, innumerables variedades de español y otros idiomas que no he podido identificar. Me quedo con la pena de no dominar a la perfección la lengua de Camus, Beauvoir, Malraux, Zola, Duras, Prévert,...
Tampoco he arrancado los adoquines del Quartier Latin, pero he caminado bajo la lluvia por el Boulevard Saint Michel, he contemplado los muros de la Sorbona y nadie me podrá convencer jamás que debajo no está la arena de la playa.
Por la noche, en las orillas del Sena, la gente joven se divertía. Había parejas besándose y grupos bailando, comiendo y bebiendo. En agosto, durante una semana, también para mí fue París una fiesta.


jueves, 18 de julio de 2013

Lo que mueve el mundo


Apenas había leído un par de páginas de la novela de Kirmen Uribe cuando tuve que cerrar el libro. Mi cabeza se había poblado de exabruptos. A punto estuve de tuitear mis pensamientos. Por suerte me contuve. En cambio, imaginé que paseaba por Bilbao y me topaba con el escritor. Lo abrazaba, lo invitaba a una caña y exclamaba emocionada:
-"Joder, Kirmen, qué bien escribes".
Porque lo primero que te sorprende cuando comienzas la lectura de “Lo que mueve el mundo” es la sencillez, la claridad de la prosa del escritor vasco. Solo los muy grandes son capaces de transmitir emociones sin abusar de los recursos estilísticos y Uribe lo consigue con creces.
A medida que avanzas tienes la sensación de tirar de un hilo que se inicia con el exilio de la pequeña Karmentxu desde Bilbao hasta Gante para huir de la guerra, nos lleva hasta el poeta Robert Mussche que la acogió, su hija Carmen, su amigo Herman, el amor y el compromiso. El hilo narrativo acaba donde empieza, en el mismo autor y en las razones para escribir este libro.
En un principio puede parecer una novela más sobre la guerra civil, sin embargo es una obra personal e íntima. Nos cuenta la vida de un héroe, pero es un “héroe pequeño que se dedica a ayudar a las personas”.
También nos permite reflexionar sobre el sentido de nuestras vidas, sobre “Lo que mueve el mundo”.
Realmente, este libro se convierte en un regalo para creer en el ser humano, a pesar de la basura que nos rodea cada día.


domingo, 30 de junio de 2013

LIBRO DE VERANO


Necesito un libro. Sería preferible una novela muy larga, larguísima, de no menos de ochocientas páginas. También aceptaría una saga con personajes que me acompañen durante meses. El verano es una estación ingrata si no tienes un buen libro a mano.
Necesito un libro absorbente, que me obligue a permanecer agarrada a él, como si se tratara de la tabla de un náufrago. Los seres insomnes de siesta, de aires acondicionados y estómagos aturdidos solo precisamos de un buen argumento para sobrevivir.
Necesito un libro para huir. Prometo no leer las portadas de los periódicos ni oír a comentaristas desgañitados. No quiero saber nada de ministros transmutados en orcos ni ministras apelando a la Virgen del Rocío. Por eso, no me sirve cualquier libro.
Necesito un libro que sea una obra de arte, un cuadro de Velázquez, una catedral gótica, una pirámide o la muralla china. Una novela extensa e intensa, por donde deambulen personajes creíbles e increíbles, escenarios amables, tramas inteligentes.
Necesito un libro para olvidar, una novela con un buen final, que para penas ya tenemos el telediario. Crematorio, Intemperie, Un tipo encantador y Democracia han sido mis últimas lecturas. Padezco hartazgo de realidad y deseo descansar.

domingo, 2 de junio de 2013

Carta de verano


A Amelia
Esta tarde de junio en la que la brisa se pasea apacible ahuyentando el calor, antes de que el verano se instale con su dominio de fuego, retomo con sosiego la carta que envías.
Tiene mucho mérito, amiga, haber guardado mis misivas durante tres décadas. Pienso en las cajas que las cobijaron, en los sobres que las albergaron y en las mudanzas que sufrieron sin que alteraran tu apego a estos folios emborronados en tinta.
En el verano del 82 todo era aún posible. A lo largo de los cuatro folios que has escaneado aparece una caligrafía redonda, pequeña y cuidada de quien conserva resquicios de la infancia.
La sencillez de mi prosa me provoca el sonrojo que no causan los temas. Tus temas, me dices, amiga: la política, la igualdad, la poesía,... Y los amores, los chicos, la amistad.
En el verano del 82 trabajaba por el día y estudiaba por la noche las asignaturas que mi mala cabeza había suspendido en ese afán por perseguir los problemas y capturar la vida.
Esos veranos eternos, plomizos, abrasadores, que yo odiaba con todas mis fuerzas, invitaban a leer durante la siesta y escribir largas cartas a las amigas mientras esperaba ansiosa que llegase el otoño.
Cuatro folios amarillos y un bolígrafo bic cristal donde deambulo de un tema a otro como si fuera una vagabunda de ideas para acabar improvisando un poema.
Me emociona, amiga, que hayas rescatado mis cartas del fondo de un trastero para colocarme delante del espejo de lo que fui: más joven, más inocente, más ingenua.
Mientras leía la carta regresaron a mi mente todas las imágenes de aquel verano del 82. Podía sentir el sudor atrapado en mi piel y oler la dama de noche del patio de mi casa. Mi espalda se doblaba de cansancio pero mi corazón rebosaba esperanza.
En el verano del 82, en el umbral de la vida, te escribí esta carta en la que compartía mi horror por las matanzas de Israel en Palestina. También en esto, amiga, hemos avanzado poco.

domingo, 19 de mayo de 2013

LIBRE Y GRATUITO


-¿Dónde estará?, me pregunto.
La imagen se muestra nítida en mi mente: el fondo violeta, las letras blancas en cursiva, el cuadrado perfecto.
Me agacho bajo la mesa de estudio de A.
-Mira en esa estantería, A. ¿No ves una máquina de escribir?
Mi hija mayor se impacienta. Está haciendo problemas de genética con una compañera por Skype mientras busco una vieja Olivetti negra.
M entra en la habitación y señala encima del armario. Aparecen dos máquinas de escribir, una blanca y otra negra. Cuando sostiene la Olivetti, una leve nube de polvo se extiende por el dormitorio.
Pienso en A, en la genética, en las herencias maternas en forma de alergias, en los miles de millones de ácaros pululando por su dormitorio mientras comparte dudas por Skype.
C me grita desde el salón:
-¡No encuentro la cámara de fotos!
Reniego y maldigo de esta casa en la que nunca encuentras lo que necesitas.
-Pues trae mi móvil, contesto.
Mis hijas no entienden que quiera hacer una foto a una vieja pegatina violeta que lleva décadas adherida a una máquina de escribir, un trasto inútil que piensan heredar como la alergia a los ácaros.
Durante las últimas semanas leo y escucho antiguos argumentos, debates que creía superados. Hablan de plazos, malformaciones, riesgos para la salud de la madre. Mis oídos no dan crédito a tanto desatino.
Me niego a replicar. No estoy dispuesta a regresar al pasado.
No regresaré a un país donde las niñas mis amigas parían a los quince años.
En este país ninguna muchacha abandonará el instituto para casarse.
Ninguna joven aparcará la carrera para cuidar a un bebé que no desea.
Las mujeres no volverán a tomar agua hervida en estropajo para abortar.
Ninguna chica hará el amor con el miedo al embarazo agazapado en la almohada.
Nadie se tirará por una escalera para perder el feto que crece en su interior.
Ningún bebé nacerá sin ser deseado
No pienso discutir sobre embriones y fetos, porque ese debate pertenece al pasado.
Esta tarde de domingo he rescatado la vieja pegatina violeta. La usaré como un talismán para proteger a mis hijas, a mis sobrinas, a todas las niñas y muchachas que me rodean. Repetiré su lema como un mantra, como una oración laica.
No volveré a debatir este tema porque hace treinta años ya lo tuvimos claro:
Libre y gratuito”



domingo, 21 de abril de 2013

Rodari enredado


Juanita Pierdedías, esa gran viajera, añoraba  las amistades que iba haciendo en cada viaje, así que abrió un perfil de facebook donde colgaba fotos y relataba sus aventuras en el País sin punta y el País con el des delante. Invitó a Jaime de Cristal, la tía Apolonia, Caperucita Amarilla y Juan el Despistado.
Gracias a su página, la tía Apolonia comercializaba sus mermeladas y colgaba vídeos de las recetas en su canal de Youtube. Su popularidad creció y creció al ritmo de los “Me gusta”, de tal manera que la contrataron para un programa de televisión y una columna de cocina en un periódico de difusión nacional.
Juanita Pierdedías reía con las ocurrencias de Caperucita Amarilla, que subía a su muro imágines en posturas inverosímiles, ataviada de negro, de azul e incluso de rojo. Tenía mucho éxito en el bosque y rápidamente cambió su foto de perfil para aparecer acompañada por el lobo, que le fisgoneaba cada amigo y quería pertenecer a todos los grupos en que comentaba Caperucita.
-Pero Caperucita, ¿por qué te muestras ante el mundo con ese impresentable? No necesitas estar acompañada de alguien para ser persona. Además, quiere controlar tu vida virtual, le explicó Juanita Pierdedías a su amiga en un mensaje privado.
Caperucita se molestó por la advertencia y durante un mes no cliqueó ni un solo Me gusta en las actualizaciones de estado de Juanita.
Al fin, Caperucita Amarilla (¿no era roja?) y el lobo rompieron. La muchacha confiaba de nuevo en su amiga, volvieron a compartir y a interactuar, hasta que la jirafa entró en su vida...
Juanita Pierdedías admiraba a Jaime de Cristal. Tras conseguir que la aceptara como amiga no dejaba de leer sus posts y comentaba cada opinión del hombre sabio, incapaz de albergar una mentira en su corazón. Aunque estuviera agotada de cansancio, aunque sus pies doloridos le pidieran descanso, Juanita recorría los kilómetros que fueren precisos hasta conseguir una buena conexión y leer las palabras certeras de Jaime de Cristal.
En uno de sus viajes llegó a la ciudad donde se hallaba preso Jaime. Efectivamente, como todo el mundo conocía gracias a las redes, la cárcel era de cristal y se podía ver con nitidez a Jaime de Cristal... ¡atendiendo los medios! Rodeado de cámaras, cables, ordenadores, Juanita Pierdedías tuvo dificultades para acercarse a su gurú, que apenas se dignó saludarla mientras una maquilladora ocultaba las mentiras que Jaime no deseaba transmitir a sus seguidores.
Hastiada de tanta hipocresía, buscó el muro de Juan el Despistado. Nadie lo conocía mejor que ella. Habían jugado en el mismo parque, asistido a la misma aula,... Recuerda con placer las mejillas sonrosadas manchadas de chocolate, la ropa rasgada, la mano olvidada en un cajón, la oreja en el tazón de leche, la pierna colgada del tendedero, la nariz en la maceta de geranios.
A pesar de su torpeza y de su tristeza crónica, se expresaba con lucidez y una fina ironía, lo que había provocado que sus seguidores se contaran por miles. Ella celebraba sus ocurrencias pero sabía que Juan el despistado no era más que un pobre chiquillo, que jamás se había preocupado por otra cosa que no fuera lamer sus propias heridas.
Sin embargo, cuando leyó que lanzaba diatribas contra las viajeras que recorrían los caminos sin ocuparse de las piedras, Juanita sintió un desgarro interior. Si ella, precisamente, tenía gran cuidado en apartar todos los guijarros,.. ¡Qué sabía Juan el despistado de caminos, rutas o senderos! Él, que jamás se había molestado en poner un pie fuera de su pequeño pueblo, no debería opinar sobre viajes sin documentarse y mucho menos atacar la afición de Juanita con tanta rabia.
A punto estuvo Juanita Pierdedías de abandonar el facebook que tan buenos ratos le había proporcionado.
Ahora ha entendido que ella tampoco se muestra transparente en las redes. Piensa que únicamente es real  lo tangible y solo la conoce quien viaja a su lado cada día. Pero tampoco está mal reírse con las locuras de Caperucita Amarilla o aprender de la pericia culinaria de Apolonia. Y si mañana le pidiera amistad el Pollito Cósmico, lo aceptaría sin dudar.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Defensa de la poesía


Conbidar le ien de grado, mas ninguno non osava”
-Mamá, ayúdame, por favor, que no entiendo el castellano antiguo.
-Coge el glosario y lo leeremos juntas. Verás cómo te va a gustar el Mío Cid.
La madre intenta explicar la escena. El guerrero duro como el acero, triste, cansado, cubierto de polvo, sediento. La ciudad silenciosa, las puertas cerradas, el miedo que se palpa en Burgos.
que perdiere los averes e más los ojos de la cara”
Aparece una niña de nueve años. Nueve años. Pequeña, tierna, ingenua niña de nueve años que habla al guerrero erguido sobre el caballo.
Esto la niña dixo e tornós pora su casa”
Muchos años atrás, en la escuela de magisterio, algunos de sus compañeros canturreaban la entrada del Cid en Burgos. A ritmo de un compás flamenco acompañaban los versos con palmas:
De los sos ojos tan fuertemente llorando,
tornava la cabeça i estávalos catando.”
-Ya voy entendiendo. Creo que puedo continuar sola.
La madre se lamenta de no poder transmitir la emoción de la escena, la fragilidad de la niña de nueve años y el dolor del guerrero.
Con la distancia que otorga el paso del tiempo, admite la inoperancia de un plan de estudios que junto a plástica, música o gimnasia incorporaba una materia denominada Crítica literaria. Para ella, tan poco habilidosa con las manualidades, estas asignaturas suponían una auténtica tortura. Sin embargo, no había nada más placentero que las clases de Doña Elena Barroso.
En un aula estrecha como un tubo, se congregaban más de 50 estudiantes soñolientos, frente a aquella mujer delgada y menuda. Doña Elena iba diseccionando los recursos literarios, el tiempo de los verbos, la métrica, el ritmo, las pausas, el verso, la rima, los hemistiquios, las clases de palabras, las metáforas, los símbolos, el fondo y la forma. Una vez que había analizado todos los elementos emergía, como un tesoro, el poema. Y allí, delante nuestra, aparecía Don Antonio Machado, con su torpe aliño indumentario y las botas manchadas de barro, paseando por la curva de ballesta que hace el Duero a la salida de Soria. Las lluvias de abril y el sol de mayo inundaban el aula y podían tocar el tronco del olmo seco, hendido por el rayo y en su mitad podrido.
La madre piensa que nunca conoció nada más hermoso que una clase de Crítica Literaria con Doña Elena aunque quizás no fuera una asignatura muy oportuna en su plan de estudios y supusiera un escollo insalvable para un buen número de estudiantes.
Ayer se entrevistó con el profesor de Lengua de su hija. Revisó los exámenes donde se le argumentaba que no se habían escrito con exactitud las definiciones de los recursos literarios, no se habían volcado los apuntes sobre historia de la literatura medieval. Solo se pedía la memorización. Nada de comentarios de textos, recrearse en una metáfora o mecerse en un verso. Nada de emoción. 
Cuando ve a la muchacha empeñarse en los textos medievales su mente no cesa de repetir un verso, como si de una oración se tratara.
¡Dios, que buen vasallo, si oviesse buen señore”

PD: El vídeo es obra de M. López

sábado, 2 de marzo de 2013

La vida en serio

Tienes 14 años y nunca has visto el mar. El autobús, que arrancó antes de que clareara el día, se acerca a la costa. Lo sabes porque el aire fresco que entra por las ventanillas llega cargado de sal. La noche anterior apenas conciliaste el sueño por los nervios del viaje. Nunca has viajado tan lejos. En la televisión en blanco y negro no se distingue el color del mar. Por más que hayas recorrido los océanos con Verne y Salgari, no podrías describir la sensación del agua salada rozando tu piel.
Los bocadillos, la tortilla de patatas y los refrescos aguardan en la nevera portátil pero a ti solo te interesa observar. En la bolsa guardas un libro de poesía. Quizás Machado, tal vez Neruda aunque lo más probable es que sea una antología de Miguel Hernández de la editorial Cátedra.
En el verano del 77 todo acaba de comenzar: las primeras elecciones, las colas frente a las urnas, el primer viaje fin de curso, libertad sin ira libertad,…
Tú no has visto el mar, tampoco sabes nadar. Alguien te prestó un bañador, prenda innecesaria en un pueblo de secano donde en verano apenas quedan charcos en los que remojarse y alguna que otra alberca particular suple a las piscinas.
En septiembre acudirás al instituto en otro pueblo cercano, ilusionada por aprender, conocer gente, amar, vivir, reír.
Pero ahora es verano. La asociación de vecinos ha organizado una excursión a Fuengirola y te has apuntado con tu padre y tu hermana. La carretera sinuosa te produce náuseas. Son muchas horas de viaje hasta la costa y a pesar de ello, tu rostro no se aparta del cristal intentando atrapar con tu retina la primera ola.


Por las mañanas no te detienes mucho tiempo ante el espejo. Tras la ducha, el cepillo de dientes, la crema hidratante, un peinado rápido y partir  escaleras abajo. Ni la báscula ni el espejo te devuelven el reflejo de una mujer que va a cumplir medio siglo.
No estableciste un plan claro de tu vida, no planificaste objetivos y finalidades. Has pasado el tiempo improvisando sin pensar que la vida iba en serio (Gil de Biedma dixit). Tal vez hayas dilapidado oportunidades, ante la urgencia del Carpe diem.
A veces incluso olvidas tu edad real porque atrapada en un cuerpo adulto resiste una muchacha de catorce años. Calculas lo que te queda por vivir y esperas que aparezca el mar en la próxima curva.

domingo, 20 de enero de 2013

Día de tregua


Hoy es un día de transición, una jornada en la que tomar aliento después de varios días sin disponer de un instante. Hoy es un día de quietud antes de sumergirme en una nueva vorágine que me impedirá estar a solas. Siento la necesidad urgente de acercarme a mí misma, como si mi auténtico yo se alojara en un hilo invisible cercano a mi columna, un hilo que me reconforta.
La mañana, que amaneció limpia, se fue cubriendo de nubes espesas. La maleta deshecha reclamaba su tributo de coladas, detergentes, suavizantes y vapores de plancha. Pero el cielo desoyó los ruegos de mi sucio equipaje y derramó una tormenta sobre las blusas y los pantalones que se oreaban en el tendedero del patio.
Comenzó a llover mientras tomaba el aperitivo, a esa hora en que los niños y las niñas suelen salir del colegio y las madres se apuran en protegerlos con paraguas e impermeables.
Ayer, mientras la meseta galopaba, verde y húmeda, por la ventanilla del tren, acabé “Hablar solos” la última novela de Andrés Neuman. Saboreaba cada palabra, cada frase, cada cita que el autor ponía en boca de Elena, el personaje que cobra más fuerza en esta obra en la que monologan tres voces.
Al cerrar el libro, mi compañero de viaje, me descubrió un poema de Claudio Rodríguez:

“Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y duro del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.”

Esta tarde, cuando la ropa y la borrasca y los afectos me concedieron una tregua, deambulé entre los titulares de la prensa: Argelia, Bárcenas, centros de salud, Cospedal, Barça, ciclogénesis, Mali, Hollande. En EPS me demoré en un reportaje de Juan Cruz titulado “Cien veces Gabo”. De inmediato me asaltó la necesidad de compartir lo que leía, en especial la “Carta de Gabo a Plinio” pero nunca encuentro los enlaces de los artículos de El País Semanal. Así que me conformé con tuitear: “...la única posibilidad que se tiene de escribir bien es escribir las cosas que se han visto” G. García Márquez.
Cansada de hojear la prensa sin encontrarme arrojé el periódico y tomé una antología poética que se aloja junto a mi sillón orejero. Allí habitaban algunos poemas de Claudio Rodríguez, que me devolvieron a mí misma, antes de incorporarme al tumulto, en este día de tregua.