sábado, 28 de febrero de 2015

Sin experiencia


La madre de M había sido sastra. Pequeña, encogida, arrugadita, con una piel casi transparente y el cabello encalado recogido en un moño, apenas se movía de la silla de anea del patio. Aunque era tímida y silenciosa, todas las mujeres la consultaban cuando tenían un problema de costura.
Esa solapa está mal cortada”
El cuello se ha torcido”
Sobre todo, era especialista en mangas de camisa y de chaquetas. Detectaba los fallos al instante y aplicaba sabias soluciones.
Tu hija ha heredado los hombros de su padre, tienes que cambiar la posición de las hombreras”.
Una mañana, M fue a levantarla pero su madre no se despertaba. Llamó a las vecinas, que acudieron raudas y rodearon la cama. La madre de M se había ido mientras dormía, sin ruido ni estridencias, tal como había vivido. Durante semanas pobló su ausencia la calle. Las mujeres anduvieron un tiempo trastornadas sin los sabios consejos de la madre de M. En sueños, la veían hilvanando cuellos de camisas blancas sin perder la sonrisa.
A menudo recuerdo a la madre de M, sus manos expertas rectificando costuras torcidas, su rostro sereno sobre la almohada la mañana de su despedida.
Cuando una era joven tenía la excusa de la inexperiencia. El desconocimiento o la incapacidad se solventaban con el aprendizaje. Todo era cuestión de tiempo, paciencia y esfuerzo.
Sin embargo, a lo largo de los años, he aprendido en tantas ocasiones como he desaprendido. He olvidado y he vuelto a comenzar, una y otra vez.
Ahora que me voy haciendo mayor, cada vez sé menos. Me sorprendo a cada paso que doy por mi propia ignorancia. Por más que intento aprender no lo consigo.
He llegado a la conclusión de que, al contrario que la madre de M, nadie buscará mi consejo en la vejez y el mejor epitafio sería: “Sin experiencia”