domingo, 1 de septiembre de 2013

El final del verano


Estos días en que el calor ha concedido una tregua, las mañanas de agosto olían como las de antaño. La brisa fresca alentaba al paseo temprano sin la ayuda del sombrero. Incluso era posible aventurarse a caminar por la acera soleada.


Estas mañanas con aroma a higos y jazmín, traían cierto regusto a sal en el aire, tal vez la promesa de un mar desconocido e inalcanzable.
Las mañanas en el pueblo pertenecen a las mujeres: desayunos en las terrazas de las cafeterías -lejanos los tiempos en que les era vedada la entrada-, bromas en la pescadería, confidencias en la frutería... La frutera se acoda en el mostrador mientras relata un viaje a Praga en invierno y describe el puente de Karlos cubierto de nieve. La clientela la escucha con atención, sin prisas, como si la conversación de la frutera fuera el acto más significativo de la jornada.
Esta última semana de agosto, que sonreía como las de antaño y venía aliñada de tormentas vespertinas,  traía viejos recuerdos de despedidas, retornos, separaciones y abrazos.
Las noches cada vez más largas, con chaqueta de algodón o rebequita de hilo sobre los hombros, los veladores del cine de verano vacíos, advertían de la llegada del ansiado otoño. 
Porque el verano no es más que un paréntesis y la vida comienza en septiembre.

2 comentarios:

Carmen Valle dijo...

Que lindas sensaciones. Yo también sentí estos días la vuelta del otoño, el color el olor, el final y el principio de la tregua al fin y al cabo. Es como recordar una etapa de tu vida de forma longitudinal y tiernamente, cuando ya estas respirando otra mejor o pero, pero otra que nos devuelve la ilusión.

pepabb dijo...

Pues eso, Carmen, que se acaba la tregua. Un abrazo