miércoles, 25 de abril de 2012

El lector de Julio Verne


Almudena Grandes es, sin lugar a dudas, una de mis autoras de referencia. He pasado con ella muy gratos momentos, desde que descubrí casualmente “Malena es un nombre de tango” y me lancé a devorar todas sus obras. Desde entonces no he dejado de leer todo lo publicado, además de seguir sus artículos en El País.
“La más Grande” ( apelativo irónico de una amiga), transmite la imagen de mujer apasionada, comprometida y visceral, características que contagia a sus personajes. Sus novelas tienen la virtud de atraparte desde la primera página
En “Los aires difíciles”, su novela gaditana, abandonó el entorno madrileño y se acercó al sur, no solo como veraneante, sino como territorio literario.
Durante los últimos años Almudena Grandes se ha propuesto la galdosiana tarea de novelar algunos episodios menos conocidos de la guerra civil y la posguerra. Inés y la alegría inició en 2010 esta colección editada por Tusquets aunque “El corazón helado”, escrito con anterioridad, también se centraba en este tema.
La segunda entrega de “Estos episodios de una guerra interminable” es “El lector de Julio Verne”. Podría decir que me ha decepcionado, quizás porque esperaba más.
Es probable que las 417 páginas me hayan sabido a poco, habituada a las setecientas u ochocientas con que nos suele regalar la autora. Tal vez albergué demasiadas expectativas después de Inés y la alegría.
“El lector de Julio Verne” es una novela perfectamente escrita y bien estructurada. El ambiente rural de un pueblo de Jaén, la atmósfera asfixiante y gris de la casa cuartel donde vive el protagonista, los apodos de los habitantes, la represión y la rebeldía de los vencidos, la desgraciada vida de los guardias civiles y sus familias están logrados con la maestría que caracteriza a sus obras.
Sin embargo, la narración en primera persona no me termina de convencer. En ningún momento he percibido a Nino contando la historia, siempre presentía detrás a la escritora.
Además, personajes secundarios como Pepe el portugués o el sargento Sanchís, tan misteriosos, tan ambiguos, personajes que podían haber dado mucho juego, quedan difuminados. La historia de las Rubias, cruciales en la transformación intelectual y política del niño tampoco es tratada en profundidad. Las pasiones amorosas que surgen a lo largo de la novela no emocionan...
No hay dudas de que “El lector de Julio Verne” es una buena novela, pero le faltan trescientas o cuatrocientas páginas, le sobran tramas secundarias o Almudena Grandes ha tenido que acabarla a toda prisa.
Y por supuesto, este post es solo mi humilde opinión.

lunes, 16 de abril de 2012

DIARIO DE INVIERNO de Paul Auster


Al “entrar en el invierno de tu vida” resulta natural echar una ojeada hacia atrás, pensar en lo que somos, en la forma en que hemos llegado al presente, en las heridas del corazón y en las heridas de la piel.
Conozco a personas anónimas que han puesto su último empeño en escribir sobre su propia vida, como un legado hacia generaciones posteriores, dejando en herencia las historias que no se han podido narrar, el tesoro acumulado por la experiencia.
Por tanto, no es de extrañar que un escritor consagrado como Paul Auster caiga en la tentación de redactar su biografía. Existen antecedentes en este sentido. Entre las leídas recuerdo “La arboleda perdida” de Rafael Alberti, “Confieso que he vivido” de Neruda o “Vivir para contarlo” de García Márquez.
“Diario de invierno” no tiene nada en común con ellas pues los acontecimientos y la sucesión de los hechos carecen de importancia. La última obra de Auster es una larga carta, un diario sin fecha, que el autor se escribe a sí mismo, en una segunda persona del singular que hace que te sientas implicada desde la primera página. Como si te hubiera obligado a sentarte frente a él con la intención de contarte la verdad de la vida, lo realmente importante.
Los sentimientos y las emociones cobran protagonismo de primer rango, considerando que el dolor y el gozo forman parte crucial de la vida.
Diario de invierno se estructura en bloques. Uno de ellos se refiere al rastro que el paso del tiempo ha dejado en su cuerpo, “el inventario de las cicatrices” lo denomina Auster. Empieza por el rostro que es lo primero que ve cada mañana, y abarca hasta los ataques de pánico, que lo han hecho consciente de su vulnerabilidad.
Otro de los bloques recorre las veintiún casas en las que ha habitado, en las cuales busca la huella que ha podido dejar en ellas, lo que supone una forma original de recrear la propia historia.
Mención especial merece la reflexión sobre la relación con su madre y el impacto que le produjo, así como los lazos que le unen a su familia política.
Diario de invierno es, ante todo, una manifestación de amor a su esposa, la mujer con la que convive desde hace treinta años.
A sus sesenta y cuatro años, el autor se pregunta: “¿Cuántas mañanas quedan” y desea, por encima de todo, morir rodeado de amor.