domingo, 15 de septiembre de 2013

Imagen y señas


Aquella imagen me atrapó al instante. Mi asombro era tal que tardé un tiempo en reaccionar, como un boxeador noqueado. Durante los días que siguieron me mantuvo en vilo. Cuando pasaba cerca de la mesa del salón no podía evitar echar una ojeada al libro donde aparecía la foto.
Los rostros de las dos mujeres me resultaban familiares. Aunque no lograba recordar sus nombres sabía con seguridad que las había conocido siendo adultas.
En la imagen aparentaban unos veinte años y sonreían a la cámara a un lado de la foto. Iban ataviadas con sus mejores ropas: una falda de tubo, blusa blanca, vestido estampado,...Una de ellas, la más pequeña, incluso osaba llevar unas gafas de sol en la mano. Eran dos amigas que paseaban cogidas del brazo una tarde de domingo de finales de agosto o principios de septiembre. Se podía adivinar por las sombras, por el cielo cubierto de nubes y porque las mujeres se arreglaban solo en días muy señalados. Posaban como turistas, con sus labios pintados,...
Detrás de ellas, una anciana vestida de negro que se asomaba al escalón de la puerta y una muchacha escondida tras la pareja observaban con curiosidad la escena.
En el extremo opuesto, otra figura femenina enlutada dirigía la mirada al fotógrafo y un burro escuálido caminaba en dirección contraria.

Los rostros sonrientes de las dos mujeres no lograron distraer mi atención del auténtico protagonista de la foto. Aquel territorio era conocido y cercano. Lo podía sentir en la yema de los dedos. Al principio, la espadaña de la iglesia me desorientó porque yo me situaba en la acera contraria, en la acera de mi casa, la casa de mi madre, el chozo que construyó mi abuelo Antonio a principios del S. XX y que durante mucho tiempo indicó el final del pueblo. Unos metros más allá se alzaban las tapias del cementerio.
Aunque en el año en que nací (1963) se erradicó el chabolismo, la calle Sagasta (más tarde Miguel Hernández) no olvidó los chozos de adobe con el tejado de juncia o esparto, que se mojaban en invierno y ardían en verano con tanta facilidad que se convertía en el mayor terror del vecindario.
Hasta finales de los 70 no se asfaltó la calle ni se disfrutó de alcantarillado.
En los años 80, las ancianas aún vestían estos ropajes decimonónicos y se asomaban al umbral con mirada escrutadora.
La memoria, esa vieja traidora, me devolvió con esta foto a los años 50, una época que solo conocí por los testimonios orales.
A menudo me pregunto por la identidad del fotógrafo que nos legó una imagen difícil de olvidar: el burro hambriento que se aleja como una figura fantasmagórica enfrentado a la sonrisa de las dos muchachas, que defienden la alegría a pesar de la miseria, a pesar de todo.
PD: La foto pertenece al grupo de facebook "La Luisiana en imágenes"

1 comentario:

.:o0"MIGUEL"0o:. dijo...

A mi sorprende que la espadaña de la iglesia presida la imagen. Los que la conocemos ahora nos cuesta trabajo ver todo lo que la rodeaba, el cambio que poco a poco se ha producido.
Aunque queramos ir más deprisa, la verdad, es que nuestra sociedad ha pasado de la escardilla a la tablet en santiamén.