domingo, 26 de octubre de 2008

PASEO DOMINICAL

Despertar una luminosa mañana de domingo con la serenidad de que tienes todo el día por delante, vestirse las mallas, la camiseta de algodón y los zapatos deportivos.
Hace algún tiempo descubrí que el paseo matutino es uno de los placeres más baratos que te puedes permitir y llega un momento en que no puedes prescindir de la bocanada de aire fresco y el silencio de las calles vacías.
Enfilo la Alameda de Santa Eufemia sin cruzarme con nadie mientras observo apresuradamente los escaparates que surgen a mi paso.
A veces, en la parada del autobús me encuentro a algún personaje solitario y soñoliento, con la ropa del sábado arrugada. Imagino que ha despertado de una noche de pasión en una cama ajena y se retira a descansar con el aroma de otra piel aún pegada a la suya.
De pronto, en la rotonda del Instituto casi me paraliza la alarma. Soy hija de la transición y no puedo dejar de asustarme al ver congregada a mucha fuerza de orden público, lo del lechero que llama a tu puerta se quedará para otra generación. Concretamente, cuatro coches y una furgoneta de la guardia civil pusieron en marcha mi detector de problemas. ¿Qué habrá ocurrido? ¿Un atentado? ¿Una emergencia? Nada de eso, una mancha de color verde me indica que un número indeterminado de miembros de la benemérita hace cola en la churrería. No está mal atiborrarse de churros y chocolate antes de perseguir a los infractores de la ley y el orden.
Junto a la entrada de la Hacienda el Carmen se amontonan envases de hamburguesas y enormes vasos de refrescos con su cañita, la comida-basura que a su vez genera más basura.
Las calles continúan desiertas. Sólo me cruzo de vez en cuando con algún paseante de perro.
Al lado del ambulatorio, sentado en un banco, un anciano se apoya en el bastón. Me persiguen sus ojos cansados, la mirada insomne y triste.
La fuente de la rotonda de Aljarafesa refresca el incipiente bullicio. Unos chicos salen de la cafetería con estrépito. Portan una gran pancarta de la Cruzcampo y con voces roncas y embriagadas gritan: ¡Manifestación! ¡Manifestación! Una chica les hace fotos. Dos hombres cargados con el pan y el periódico se detienen, sonrientes, a contemplar la escena.
La acera del Hogar del Pensionista está alfombrada de cristales. ¿Habrán celebrado los jubilados una fiesta esta noche?
En los veladores del estanco un grupo de hombres conversa pertrechados de cafés. Me cruzo con una mujer que se apresura con su bolsa de churros.
La puerta de la Peña Bética es un hervidero de hombres que desayunan envueltos por el aroma espeso de la churrería. Una abundante clientela se amontona a la entrada.
El pueblo ya ha despertado, aunque no escuché los gallos al atravesar las cuatro esquinas.
Compro el pan, el periódico y disfruto de las últimas ráfagas de aire limpio de esta mañana de otoño. Abandono las calles antes de que el ajetreo las inunde, antes de que los coches pueblen las calzadas.
Me detengo para abrir la puerta.
¿Dónde están las mujeres en esta espléndida mañana de domingo?

domingo, 19 de octubre de 2008

TIEMPO DE CEREZAS


Hace unos días apareció en los escaparates de las librerías una novela titulada "El tiempo de las cerezas". Pero yo había escrito estos ¿versos? mucho antes.


Tiempo de cerezas


La mirada limpia, la sonrisa presta,
los pies descalzos, las manos tiernas.
Dulzor de horas que apaga la lenta,
inexorable andadura.
Atrapar la imagen del tiempo presente,
una foto presa del instante que huye.
Arena de playa entre mis dedos.
Viento del poniente que arrastra
cansadas nubes de otoño.
Acaso sea posible detener
la llegada del invierno,
quedarme por siempre a descansar
en este tiempo de cerezas

domingo, 5 de octubre de 2008

LA MIRADA VIOLETA

Considerar que la educación, y más concretamente la coeducación, puede por sí sola cambiar los roles de género inherentes al trabajo reproductivo no es más que una falacia, de una simplicidad tal como pensar que la educación vial en la escuela acabará con las muertes en la carretera.
La escuela no deja de ser un reflejo de la sociedad en la que está inmersa. Es permeable a los valores y los modelos que la rigen. Sin embargo, en ocasiones se transforma en una burbuja, cuyos valores y modelos se posicionan frente al mundo “exterior”. Cooperación, igualdad, convivencia pacífica, integración y tolerancia frente a “Escenas de matrimonio” y “Sin tetas no hay paraíso”.
¿Qué podemos hacer, pues, en este escenario artificial que refleja los estereotipos patriarcales al mismo tiempo que pretende defender valores como el respeto, la no violencia y la igualdad, constituyéndose en uno de los dos polos de la dialéctica entre el ser y el tener?
¿Es posible actuar para cambiar estos roles? Frente a nosotr@s, educadore@s, se sitúan la familia, los medios de comunicación, el grupo de iguales y un largo etcétera que perpetúan modelos sexistas.
A pesar de ello, coeducar es nuestra única opción, porque un análisis constante de la realidad nos hace ver la discriminación cada vez que un niño empuja para colarse el primero en la fila; cada vez que una niña inteligente se calla, mientras se levanta un bosque de pequeñas manos masculinas, habituadas a ser protagonistas.
Ésta es nuestra principal aportación a este cambio de roles, una “mirada violeta” de la que no podemos sustraernos.
Tampoco debemos olvidar que esta burbuja llamada escuela necesita de una auténtica educación de lo afectivo y lo emocional, gracias a la cual niños y niñas entiendan la importancia de sus sentimientos y adquieran la capacidad de transmitirlos y en muchos casos, encauzarlos.
A partir de ahí sólo hay un paso para valorar el papel de cuidadora que la mujer ha realizado tradicionalmente y asumirlo como una función necesaria tanto de hombres como mujeres.
Igualmente, es imprescindible propiciar un estilo educativo que respete las diferencias, otorgando a cada cual su valor dentro del aula, con independencia de resultados puramente académicos.
¿Podremos así cambiar los roles? Parecería bastante improbable, si tenemos en cuenta los agentes adversos. Pero a veces, observas cómo a algún niñ@ se le enciende una bombillita invisible y descubres en sus ojos esa mirada violeta, de la que estás segura que nunca se desprenderá. Esa certeza basta para mantener viva la ilusión.