domingo, 24 de noviembre de 2013

Chirbes


Si para Balzac“la novela es la vida privada de las naciones”, leer a Rafael Chirbes constituye un ejercicio de dolorosa introspección colectiva. Nos enfrenta el autor ante un retrato desgarrador e inmisericorde de nuestra realidad, sin pausas, sin treguas, hasta la asfixia:
Hija mía, le dice a Silvia, un genio contemporáneo es el que le da de comer todos los meses a la familia con el sueldo base. Los peruanos los ecuatorianos los  ucranianos polacos o marroquíes que recorren tres cuatro diez mil kilómetros atraviesan el desierto cruzan el océano pasan hambre y sed se juegan a los chinos, o a pares o nones, a quién se comen en la patera, y consiguen llegar hasta aquí y se suben a un andamio o se meten a sesenta grados bajo los plásticos de un invernadero de Almería, y comen ellos y les envían la mitad del sueldo a los hijos señora cuñados hermanos suegra padres que tienen allí” (Crematorio).
Chirbes duele porque muestra la sociedad que aparece ante sus ojos y la presenta tal como es, exenta de afeites y maquillajes, negra, oscura y corrupta.
La verdad es inestable, se corrompe, se diluye, resbala, huye. La mentira es como el agua, incolora, inodora e insípida, el paladar no la percibe, pero nos refresca” (En la orilla)
Sus personajes deambulan entre edificios en obras, marjales, bares o prostíbulos. Son tan reales que te los puedes encontrar en cada esquina.
...”de la que se define como nueva clase media y es un conglomerado de variantes de la clase obrera sin conciencia que trajo el thatcherismo y se está llevando consigo la crisis actual desarbolándose los humos,...” (En la orilla)
En las novelas de Chirbes no hay salidas, no existe un espacio para la esperanza. Quienes las leemos tenemos el reto de encontrarlas.


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