sábado, 17 de septiembre de 2011

DIECISIETE

Aunque hace algún tiempo que le ronda este post por la cabeza, no deja de pensar que se apresura al escribirlo, que debería esperar al próximo verano, aguardar al menos a que acabe este curso escolar recién estrenado.
Ha acogido al nuevo grupo de niños y niñas de quinto de primaria a los que acompañará durante dos cursos y le aterra recibir informes, consultar los expedientes de las 25 criaturas de cuyo aprendizaje será responsable. Prefiere tener paciencia, observar, no presionar y ofrecer esperanza a la chiquillería aterrada por las calificaciones, a las familias frustradas por las etiquetas.
Durante este verano ha asistido una vez más al asombro que le produce su hija mayor, con los diecisiete años acabados de estrenar. Algunas tardes, intentaba sortear la siesta en su dormitorio de adolescente. Junto a las paredes forradas de libros, las placas de ciudades europeas, pegatinas de conciertos y héroes de cómics surgían los peluches, las muñecas y los coches eléctricos sin ningún complejo, formando una simbiosis única y perfecta. A la cabecera de la cama la tabla de valencias, de forma que era lo ultimo que veía su hija antes de dormir y lo primero que se encontraba al despertar.
A la madre le resulta extraña esta pasion por los números y las ciencias que no ha podido transmitir con su ejemplo. Y viene a su memoria una chuleta de la tabla periódica oculta en la persiana del aula, gracias a la cual aprobó la Física y Química. ¡Qué poco significativo era para ella memorizar aquellos símbolos cuya única función era completar crucigramas! Y el Poema Número Veinte que adornaba la cabecera de la propia cama: "Puedo escribir los versos más tristes esta anoche..." Aunque ahora que se acerca inexorablemente al medio siglo de edad, reconoce que las valencias tal vez sean más saludables para la mente que las tristezas de Neruda.
La madre observa a esta muchacha silenciosa y prudente, "quinceemera" apasionada, ante el reto de emprender segundo de bachillerato con la incertidumbre de la selectividad, preparando cuadernos y libros, y no acaba de creerlo. Porque aún tiene en su mente a la niña tímida, menuda y callada, que sintió angustia al ver que sus compañeros y compañeras leían en diciembre y ella no. Porque aún conserva el propio dolor al escuchar a aquella maestra en la que confiaba, una maestra que se las daba de progre, y que a modo de consuelo le apostilló:
-Es que todas las cabezas no son iguales...
La madre, aunque es docente, nunca enseñó en primero de Primaria y no tenía motivos para desconfiar de otra docente cargada de experiencia. Tampoco tenía razones para recelar de la maestra de tercero que la citó con urgencia para comunicarle que la niña no entendía los números romanos. La misma maestra de una escuela pública que se empeñaba en rezar cada mañana a pesar de las protestas de las familias, oraciones que la niña aprendió a contrarrestar con poemas musitados mientras la clase oraba:
"Pero tú siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti".
Después llegaría a sus vidas Gardner y sus inteligencias múltiples para confirmar lo que la madre y otros docentes intuían. Y vendría el trabajo enorme, constante, el esfuerzo continuo y paciente de una niña que no se rinde nunca, de una muchacha que quiere estudiar, viajar, asistir a conciertos, y quizás, porqué no, "asamblear" y cambiar el mundo. También, por suerte, aparecieron otras maestras y maestros, que supieron ver más allá de su apariencia discreta.
Una tarde, hace dos años, la madre-maestra tuvo una tutoría con otra madre presa de la angustia.
-"Mire usted, el maestro que tuvo en tercero me dijo que el niño no servía para estudiar".
La madre-maestra no pudo evitar reaccionar como si hubieran accionado algún resorte escondido. Dio un puñetazo en la mesa y ante la estupefacción de la interlocutora, exclamó:
-¡Eso es mentira! No vuelva a consentir que le digan semejante barbaridad.
La madre recuerda que hace diez años prometió a sus amigas que si la hija aprobaba el bachillerato lo celebraría por todo lo alto. Ojalá todo vaya bien y la casa que no celebró comuniones ni bautizos pueda albergar una gran fiesta.
En este principio de curso, la madre se enfrentará como maestra a la ingente tarea de desterrar etiquetas, desentrañar inquietudes y aptitudes, establecer redes y propiciar afectos.
En estos días aciagos, cuando se clama en defensa de la escuela pública, ante el temor a los recortes en educación y el establecimiento de un modelo reaccionario, la madre-maestra se lamenta de que en la escuela pública se imparta religión, de que el alumnado de clase trabajadora carezca de las mismas oportunidades reales, que siga existiendo un currículum sexista, ... Si ahora, además, se retrocede en el camino emprendido, no habrá esperanza para la gran mayoría de niños y niñas de este país, determinados desde su nacimiento a no acceder al conocimiento y la cultura.
Por ello, la madre y la maestra, intentarán sacar las fuerzas necesarias para seguir luchando por una escuela pública verdaderamente laica, igualitaria, coeducativa y diversa, muy diversa.