lunes, 3 de febrero de 2014

Agradecimiento pedagógico


Esta tarde soleada de invierno vengo a dar las gracias. Son muchas las tardes de estudio, exámenes, trabajos y sufridas tareas estudiantiles, que he compartido con mis hijas. En contadas ocasiones han supuesto deleite o placer, menos aún amor por el arte o la literatura.
Por ese motivo, hoy deseo mostrar mi gratitud. “Es de bien nacidos ser agradecidos”, me enseñaron mis mayores.
Quiero agradecer que la profesora de lengua de M. la motive para ir al teatro, subiendo la nota por cada representación a la que asiste. Quiero dar las gracias por los aplausos en obras de Molière, Bretch o Shakespeare, por sus mejillas encendidas, por sus risas y sus ojos al borde de las lágrimas, por las incursiones a los camerinos en pos de un autógrafo.
Muestro mi reconocimiento por animarlos a tuitear versos de Cernuda y recorrer las calles de Sevilla cámara en ristre buscando las huellas del poeta. Quiero dar las gracias por la calle Acetres, la calle Aire, la Plaza del Pan y un azulejo de la Judería que recuerda que allí hubo una vez un magnolio.
Quiero agradecer especialmente “Lo que dejé por ti”, el poema que me acercó M al final de la tarde de ayer.
-”Tengo que hacer un comentario crítico”, me dijo.
Pensé en la ropa sin planchar y un documento que aún tenía que estudiar. Domingo por la tarde, el periódico aún intacto, la cena sin preparar, …
-”Deja que lo lea, este poema es muy fácil, M.”
Busqué en la estantería mi viejo libro de literatura de Bachillerato. Un almanaque hacía las veces de portada, bien conservada merced a su forro de plástico. En el interior, la firma de mi primo que heredó el libro, versos de Machado, consignas revolucionarias.
Dejé por ti mis bosques, mi perdida
arboleda, mis perros desvelados,
mis capitales años desterrados

hasta casi el invierno de la vida.


Se lo abrí por la hoja en la que aparecía Alberti, recomendándole que leyera su biografía. Salí del estudio agobiada. Me esperaban la plancha, el documento, los boquerones sin freír.


Dejé un temblor, dejé una sacudida,

un resplandor de fuegos no apagados,

dejé mi sombra en los desesperados

ojos sangrantes de la despedida.

Al rato la oí abrir la puerta y gritar desde el descansillo de la escalera:

-¡EL POETA ESTÁ TRISTE POR EL DESTIERRO, AÑORA SU PATRIA Y LE PIDE A ROMA QUE LO COMPENSE POR TODO LO QUE HA PERDIDO! ¡QUÉ POEMA MÁS BONITO, MAMÁAA!

Sonreí con la plancha en la mano y desde entonces me persiguen estos versos:


Dejé palomas tristes junto a un río,

caballos sobre el sol de las arenas,

dejé de oler la mar, dejé de verte.

Dejé por ti todo lo que era mío.

Dame tú, Roma, a cambio de mis penas,

tanto como dejé para tenerte.

Mil gracias...