martes, 13 de agosto de 2013

Una semana en París

"Il y a longtemps que je t'aime, jamais je ne t'oublierai"
(À la claire fontaine, chanson populaire française)

Puede parecer una osadía escribir sobre París, la ciudad más cantada, filmada, pintada y descrita del mundo. Desde Dickens a Hemingway, se dedicaron a loar las maravillas de la capital de Francia. Y yo, al fin y al cabo, durante una semana solo he sido una más de los millones de turistas que fotografían la Torre Eiffel cada año.
Nada más lejos de mi intención hablar sobre monumentos o rutas de viaje, tan solo pretendo plasmar algunas de mis impresiones como turista veraniega.
El aprendizaje de los idiomas trae aparejado el conocimiento de la cultura. Desde que comencé a estudiar francés en la muy lejana EGB, los textos y los diálogos se desarrollaban en torno a los lugares más significativos de París: La Tour Eiffel, la Place Vendome, la de La Concorde, les bateaux mouche, Le Marché aux Puces,... Se convirtieron todos ellos en espacios familiares al mismo tiempo que escenarios de ensueños adolescentes.
Era un deseo inalcanzable pasear a orillas del Sena o escuchar a un clon de Jacques Brel cantando en un café del Quartier Latin. Imaginaba que vivía en una buhardilla de la Rive Gauche (por supuesto) y junto a algún Jacques de mirada lánguida arrancaba los adoquines del Boulevard Saint Michel.
Andaba cerca de los treinta cuando pisé por primera vez el suelo de París. Entonces, dos días dentro de un circuito, me supo a demasiado rápido y poco, muy poco, después de tantos años de espera.
Esta vez, con una semana , pensé que me podría resarcir.
Lo primero que me llamó la atención fue el contraste de dimensiones. En el exterior predomina la talla XXL: amplísimas avenidas y bulevares, enormes edificios, gigantescos monumentos. Sin embargo, toda la “grandeur” se queda fuera, porque en el interior habitas en Lilliput. La habitación del hotel era tan pequeña que tenía la sensación de dormir en una caja de cerillas. Las mesas de los cafés eran minúsculas y tan pegadas unas a otras que no podías evitar la tentación de probar el plato del vecino. Pero en Les Invalides el sentido del tamaño llegó a tomar proporciones gigantescas: ¿Por qué un edificio desmesurado, una tumba enorme para un señor tan pequeñito como Napoleón?
No me parece mal que los países homenajeen a sus personajes principales. En el Panteón (otro monumento desmedido) se hallan enterrados insignes figuras de la patria y escribo en masculino adrede, pues solo una mujer es considerada digna de tal distinción, Marie Curie, que solo es francesa por matrimonio. Se me ocurren otras francesas ilustres que podrían acompañarla: Olimpia de Gouges, Flora Tristán, Simone de Beauvoir,... Incluso Coco Chanel y Edith Piaf han sido puntales de la patria. Mientras caminaba entre aquellas tumbas me dio por pensar que sus fantasmas se levantaban por la noche a alardear de sus hazañas “testosterónicas” y la pobre Marie se aburriría de oírlos cada noche. Quizás, el bueno de Malraux le sonreiría con tristeza desde algún rincón.
En París, en agosto, lo que más abundan son las colas. Los turistas llegados de todos los rincones del planeta Tierra hacemos infinitas colas para visitar sus afamados monumentos. La causa de estas colas de carácter sobrenatural son las medidas de seguridad. No podría decir con exactitud cuántas personas han husmeado en el interior de mi bolso, pero han sido numerosas. Eso sí, lo han hecho con mucha educación, mucho s'il vous plaît y merci beaucoup. Después de la novatada inicial, decidimos visitar el monumento más popular a primera hora de la mañana, justo después del petit déjeuner, que procurábamos que no fuera nada petit. A partir de ahí, lo que fuera cayendo relajadamente: un Notre Dame por aquí, un café en Saint Germain por allá,...
En Francia sienten orgullo de su país. No es de extrañar después haber organizado el sarao de la Revolución Francesa aunque también haya muchas zonas de sombra en su historia. Desde las ventanas de Versailles, ahíta de lujo desmesurado, admirando el paisaje que veía María Antonieta, entendí que ella y su esposo terminaran en la guillotina. Lo que sigo sin entender es que aquí no hagamos algo por el estilo pero sin violencia. Porque realmente noté que estaba en un país diferente viendo la televisión francesa: salía un presidente al que los periodistas abordaban en un acto público y contestaba sin necesidad de chuleta ni televisor de plasma.
En el Louvre descubrí mi oculto fervor patriótico. Cada vez que veía un cuadro de Goya o Velázquez colgado de sus muros sentía como si me hubieran robado algo propio. Imaginad lo que pensarán los turistas griegos al ver el expolio con su patrimonio. Solo por el valor de la Victoria de Samotracia solucionarían todos sus problemas.
En fin, tal vez París no valga una misa, pero una semana resulta del todo insuficiente, sobre todo si se quiere pasear sin premura y disfrutar despacio de todos los placeres que puede ofrecer al paladar. Para mí la mayor dicha ha sido escuchar hablar en francés durante una semana completa, pero también oír inglés, alemán, italiano, ruso, japonés, innumerables variedades de español y otros idiomas que no he podido identificar. Me quedo con la pena de no dominar a la perfección la lengua de Camus, Beauvoir, Malraux, Zola, Duras, Prévert,...
Tampoco he arrancado los adoquines del Quartier Latin, pero he caminado bajo la lluvia por el Boulevard Saint Michel, he contemplado los muros de la Sorbona y nadie me podrá convencer jamás que debajo no está la arena de la playa.
Por la noche, en las orillas del Sena, la gente joven se divertía. Había parejas besándose y grupos bailando, comiendo y bebiendo. En agosto, durante una semana, también para mí fue París una fiesta.


3 comentarios:

Mariano Ganfornina Alvarez dijo...

Sencillamente genial,Pepa. Enhorabuena por el relato.

Mariano Ganfornina Alvarez

Mariano Ganfornina Alvarez dijo...

Sencillamente genial,Pepa. Enhorabuena por el relato.

Mariano Ganfornina Alvarez

pepabb dijo...

Mariano, gracias por tu comentario y bienvenido al blog. Saludos