viernes, 23 de abril de 2010

Tres días en la Mancha


En Calzada de Calatrava, el pueblo de Almodóvar, un señor con acento ecuatoriano nos indicó el camino hasta el castillo de Salvatierra. Las niñas se pasaron el viaje entonando "Volver" como si se fueran a encontrar a Penélope Cruz por el camino. Las mujeres que se asoman a las puertas de los pueblos que cruzamos son más auténticas y entrañables, más parecidas a Chus Lampreave que a la bella diva de nuestro cine. Después de atravesar su pueblo camino de un gigantesco castillo de la orden de Calatrava, la genialidad del director de cine me pareció aún más meritoria. Hoy siento más respeto por Pedro.
Los castillos siempre gustan a las niñas. Despiertan su imaginación. Son una lección práctica de historia. Este castillo, el de Salvatierra, está tan alto, que no dejo de pensar en los penosos trabajos sufridos para construirlo. Desde arriba se divisa un extenso paisaje mientras yo veo al pobre campesino subir la montaña con el diezmo a cuestas.

Almagro es una ciudad cuidada, las calles empedradas, las casas con su arquitectura tradicional. La plaza mayor es apacible, con tiendecitas y bares bajo los soportales. Visitamos el corral de comedias y el museo del teatro. En las iglesias y los palacios, ni entramos.
Preferimos sentarnos en una terraza a tomar el aperitivo y contemplar el devenir de la gente: los grupos de escolares dirigidos por la maestra; los ancianos que toman el sol en un banco; un cartero con paso apresurado.
La calma y la sincera amabilidad de las personas nos dejaron buen sabor de boca, así como la tentación de volver durante el festival de teatro clásico.
Cuando recorremos cualquier pueblo, nuestra deformación profesional nos hace prestar atención a los servicios con que cuentan. Las escuelas o institutos, a bote pronto, necesitan ciertan reparaciones, al menos externas. Claro, que yo tendría los colegios como hoteles de cinco estrellas. Nos gustó la Biblioteca Pública de Daimiel, los teatros de Almagro, el teatro Ayala de Daimiel. En todas las localidades reparamos en los centros de servicios sociales, en los centros de día para mayores, en las guarderías, en la limpieza de las calles y en los contenedores.



Yo vine a la Mancha a ver las Tablas y descubrí que la meseta es verde en primavera. Siempre la había cruzado en verano, huyendo del calor y me sorprendió esta llanura infinita, como miles de campos de fútbol en los que se intercalan viñedos.
Hay quien viene a la Mancha con el Quijote en la mano para seguir la ruta del hidalgo manchego. Aunque sé que todo el mundo lleva un quijote dentro, siempre he sido fan de Sancho Panza.
Tres días es muy poco tiempo para comprender el alma de una tierra pero suficiente para entender que merece la pena detenerse.
Doy gracias a las lluvias del invierno que han hecho el milagro de inundar los humedales, remediar lo que los seres "inhumanos" habían destrozado y traerme a la Mancha en primavera.



domingo, 4 de abril de 2010

MONUMENTO AL MAESTRO-MAESTRAS DE MONUMENTO


En una plaza de Conil de la Frontera han erigido un monumento al maestro. Se trata de un grupo escultórico formado por dos estatuas oscuras y macizas, situadas en una plaza blanca de un pueblo del sur. La más grande representa a un hombre mayor sentado en una silla. Es casi un anciano y sostiene en sus manos un libro abierto. Sobrecogen las bolsas de sus ojos, la mirada triste, el gesto adusto, las manos huesudas,... Frente a él, lo suficientemente lejos como para transmitir la ausencia de cercanía, la carencia de afecto, un niño muy serio encorva la espalda en un gesto que desprende más temor que respeto.


Me duele este pobre maestro. Me duele este niño con miedo.


Son la imagen de una escuela de posguerra, de cuando la letra entraba con sangre y el castigo corporal se imponía como principio metodológico.


Nada tiene que ver con la educación que recibí, heredera de la Escuela Nueva de Freinet, impulsada por maestros y maestras que pensaban que el suyo no era un trabajo cualquiera. Tuve la suerte de educarme en una escuela rodeada de rosales, que sembré con mis propias manos, junto a mi maestra. En las aulas del colegio Antonio Machado de La Luisiana me enseñaron a hablar, pensar y expresar sentimientos.


En la puerta de esa escuela hay una plaza con el nombre de mi maestra, la plaza Maribel Hidalgo. Quizás sea necesario un monumento para que no olvidemos a las mujeres que, como ella, se preocupaban de que las niñas fueran a la escuela y al instituto, mujeres que fueron un modelo en los años 70, cuando no era posible hablar de feminismo o coeducación en los pueblos jornaleros de la campiña sevillana y que nos inculcaron el sueño de una escuela feliz y una sociedad más justa.