sábado, 31 de diciembre de 2016

La noche del Tienta-Panzas

Solo el amor con su ciencia nos vuelve tan inocentes 

Durante las Nocheviejas de mi infancia visitaba mi casa el Tienta-Panzas. Era un hombretón que caminaba a grandes zancadas, por los senderos embarrados, entre los olivares, cargando al hombro con un saco cuyo contenido nadie conocía. Este pastor tenía como misión tocar los vientres de los habitantes del pueblo y determinar si las tripas comenzaban el año llenas o vacías. En Nochevieja había que comer mucho para que el Tienta-Panzas no te condenara a un año de hambruna. 
La magia del Tienta-Panzas, mi tío Juan viajando por sorpresa desde Holanda con una botella de champán, las uvas en la plaza del pueblo, repartiendo besos y abrazos con generosidad, me compensan de la triste Nochebuena siempre sobrada de ausencias. 
El año que por fin acaba ha sido el año de la vergüenza.
Ha conseguido  que me sonrojara al pasar delante de los quioscos y ver los informativos de TV. Incluso temía consultar la prensa digital y pasaba de puntillas por las redes sociales.
He sentido tanto bochorno por el espectáculo de algún partido que se auto-proclama de izquierdas que no me hacía  reír ni los chistes del Gran Wyoming. Porque ya habíamos resistido cuatro años, nadie nos podía pedir otros cuatro más.


En el 2016 se han cumplido las profecías de las más agoreras, las más cenizas, las que pensábamos que lo nuevo iba a destruir lo poco viejo bueno sin conseguir asaltar los cielos.
Ha sido el año en el que la insensatez se ha adueñado del Planeta eligiendo presidentes de esperpento, manteniendo guerras insensatas, mostrándonos imágenes de seres humanos que huyen y se encuentran las fronteras cerradas, los corazones gélidos.
Este año me ha dejado exánime, agotada, sin esperanza, sin un horizonte, buscando ficciones a las que huir, refugios interiores en los que exiliarse.
Si esta noche viene el Tienta-Panzas a mi casa, solo hallará vergüenza en mi interior y ese sentimiento me acompañará durante todo el año. Aunque  los números impares nos sean de mi agrado le voy a dar una oportunidad al nuevo año.
El 17 es un número primo, solo divisible por sí mismo y la unidad, y por tanto, único, original, irrepetible.
Lo siento, Tienta-Panzas, te vas a llevar una sorpresa, porque la ilusión siempre cumple diecisiete años y me vas a encontrar cantando junto a Violeta Parra: 

“Lo que puede el sentimiento no lo ha podido el saber,
ni el mas claro proceder ni el mas ancho pensamiento
todo lo cambia el momento colmado condescendiente,
nos aleja dulcemente de rencores y violencias
solo el amor con su ciencia nos vuelve tan inocentes” 





martes, 1 de noviembre de 2016

Sin pretensiones

Cuando A se jubiló, la mayoría de las asistentes solo veía a una maestra de sesenta años. Pocos comensales conocían que fue la primera mujer de su pueblo que estudió una carrera universitaria. No sabían de sus madrugones ni vicisitudes para tomar autobuses y llegar a tiempo a un instituto femenino en el centro de Sevilla. Entre las copas y los agasajos, recorría las mesas una maestra que fue madre en tres ocasiones y no disfrutó de bajas maternales. Si le preguntas, recuerda que con su primera hija, daba clases nocturnas en educación de adultos a una distancia considerable de su casa. Sus padres la aguardaban en el pasillo para que pudiera dar el pecho al bebé entre una y otra lección. Ella entiende más que nadie de niños y niñas que llegan por la mañana al colegio con el estómago y las maletas vacías. 

B adoraba su bicicleta. Gracias a ella estudió Magisterio. Había emprendido el camino de la soledad demasiado pronto, con un martillazo que la dejaría herida para siempre. Pero ello no impidió que siguiera luchando mientras impartía clases particulares, recorriendo el pueblo en aquella bicicleta como si se tratara de una alfombra voladora. Algo de magia le quedó de aquellos años, pues la reparte con generosidad entre su alumnado especial y entre sus compañeras. Ya cuenta los años que le quedan para jubilarse pero sigue acumulando certificados en su abultada carpeta de cursos de formación, porque la vida enseñó a B que nunca debe rendirse.

C podría haber vivido tan ricamente como “señora de”. Sin embargo, ella había estudiado para maestra y estaba empeñada en ejercer su profesión. Como en su verde tierra apenas ofertaban plazas, se presentó a las oposiciones en Andalucía y las aprobó. Durante cuatro años trabajó como maestra de Infantil rodeada de olivos y naranjos. Entre rincones, casitas y plastilina,  se la oía canturrear por los pasillos con su acento asturiano. Cada quince días, tomaba un avión que la llevaba al norte y regresaba el domingo. Los lunes llegaba puntual pero agotada del viaje, aunque sin perder la sonrisa y la dulzura. El concurso de traslados tuvo a bien, por fin, destinarla cerca de su casa, a colegios donde los osos rondan el patio y los caminos se tornan blancos en invierno.

En su juventud, D era una gran deportista. La vida la llevó a la enseñanza. Estudió magisterio y se licenció en Pedagogía. Cansada de la Educación Física, se pasó a la Primaria. No le gusta llamar la atención. Nunca la oirás hablar en un claustro. Jamás discutirá ni se alterará en público. Se pasa el fin de semana poniendo lavadoras. Si puede, practica senderismo. Como maestra, es pertinaz y comprometida. La puedes ver sentada en el coche, en el aparcamiento del polideportivo, corrigiendo cuadernos mientras espera que sus hijos realicen actividades extraescolares.

A, B, C, D, E, F, G, H, I, J, K, L, M…son mujeres sin pretensiones. Todas ellas son maestras funcionarias. Tienen nombres, rostros, historias a sus espaldas. Sobre ellas ha recaído la tarea de enseñar durante las últimas décadas, pero no son las culpables de los errores del sistema educativo. Se han dejado la piel y la vida en las aulas, aunque solo pretenden hacer su trabajo lo mejor que pueden. Son mis amigas, mis compañeras, son como yo, que también soy una mujer sin pretensiones.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Una madre de Alejandro Palomas

Siempre que acabo una buena novela me queda un vacío en el estómago. Hojeo las últimas páginas o veo en el libro electrónico el indicador de haber alcanzado el 90% y siento una especie de vértigo. ¿Ya estoy terminando' ¿Y qué haré de aquí en adelante? ¿Cómo podré vivir el resto de mi vida sin estos personajes'
Llego hasta el final y a veces no me concentro en el desenlace. Tengo la impresión de que me han traicionado, como si me hubieran abandonado en una isla desierta.
Por primera vez en mi ya dilatada vida, septiembre ha comenzado para mí con un asueto playero junto a este mar de Cádiz que me tiene atrapada.
Si alguien se hubiera detenido a observarme en mi tumbona playera, bajo una sombrilla violeta que el viento de Levante se empeñaba en volar, es posible que llegara a la conclusión de que me faltaba algún tornillo en la cabeza.
Habría visto a una mujer gordita ataviada con sombrero rojo sosteniendo un e-book apoyado en una funda que alguna vez fue verde, ahora cubierta de manchas oscuras causadas por el roce de los dedos.
La mujer pasa largos ratos leyendo frente al mar. De vez en cuando para, abre la bolsa de playa, bebe agua de una botella de plástico, consulta el móvil, intercambia algunas palabras con su acompañante y continúa leyendo.
A veces parece que le diesen espasmos. Se tapa la boca con la mano. aprieta el abdomen y se encoge sobre la tumbona. Al principio. el "voyeur" puede pensar que la mujer padece alguna enfermedad que le provocan convulsiones, pero tras observar este gesto repetido en distintas ocasiones, descubre que se está riendo, ahogando las carcajadas para no asustar las olas. También comprende que con el gesto de apretar el abdomen y subir las piernas, pretende evitar las aguas menores en lugar tan concurrido.

Otras veces el rostro de la mujer se muestra compungido. Frunce el ceño y se le acentúan dos arrugas en el entrecejo. Apoya el dedo índice sobre los labios, como si pidiera silencio, como si fuera posible callar a las señoras tumbadas en la arena, a las niñas chapoteando con las olas, al vendedor de barquillos, al señor vestido de blanco que carga con un canasto en forma de barca mientras pregona:
-¡Camarones!
-¡Camarones de las isla!
Desde lejos, no es posible conocer el título de la novela que la mantiene en tal estado de ensimismamiento. Si te acercas y le preguntas te dirá que se titula "Una madre" y el autor se llama Alejandro Palomas.


sábado, 30 de julio de 2016

Dos amigas de Elena Ferrante

Estos días pienso a menudo en Berlusconi, en aquellos años en que no alcanzábamos a entender las razones que llevaban al pueblo italiano a votar una y otra vez a la personificación de la corrupción.
Nada tiene que ver con la Italia que retrató Bertolucci en Noveccento. Aún me emociono al oír la banda sonora o recrear la escena del hombre que recorre los campos gritando: ¡Verdi ha muerto!
Hace unos años, siendo mis hijas pequeñas, visitamos la Toscana. Llovía en San Gimignano aquel día que, bajo los soportales de la iglesia, conmemoraban la liberación del pueblo por los partisanos. En unos paneles se exponían fotos relativas al evento que la tormenta se había empeñado en impedir. Un anciano pequeño y enjuto, con ojos llorosos, le mostró a mi hija las fotos en las que él, casi un niño, aparecía junto a otros muchachos que protagonizaron la gesta.
El veintisiete de junio me llamó por teléfono Lenú (Elena Greco). Tras los saludos iniciales, la familia, la salud, sus hijas, las mías, me quiso acompañar en el dolor que sentía, como si de una defunción se tratara. También me recordó aquel tiempo en el que yo me asombraba ante los resultados electorales de Italia.
Le pregunté por Lila y pude percibir su turbación, un suspiro de desaliento antes de responder que no sabía nada de su amiga, de su otro yo.
Nos despedimos cariñosamente, emplazándonos a un encuentro, ya sea en Turín o en Sevilla, con la esperanza de una conversación cálida y sincera.
Cualquiera que pretenda advertirme que Lenú y Lila son personajes de ficción se topará con mi firme oposición. Ellas son tan reales como puedas ser tú o yo, con las mismas ansias, las mismas dudas,... He asistido a la escuela con ellas, he paseado  por la calles de Nápoles,  me he bañado en el Mediterráneo cuando veranear era un verbo de imposible conjugación. Quizás nuestras vidas no sean tan trágicas, tal vez no poseamos la inteligencia descomunal de Lila o el indudable tesón de Lenú.
Pero todas, como ellas, hemos ido descubriendo el mundo, los misterios del barrio o del pueblo, tomando conciencia de nuestro lugar en el mundo, de la lucha de clases o el movimiento feminista.
A través de la mirada de las dos amigas napolitanas he recorrido la historia de Europa en los últimos cincuenta años.
Porque su relato es mi relato y también es el tuyo. Porque su barrio pobre de Nápoles se sitúa en cualquier pueblo andaluz, en el sevillano barrio de Los Pajaritos, en una ciudad de la periferia de Bucarest, en un arrabal de Casablanca, en una banlieue parisina. Porque la pobreza siempre huele de la misma forma en todos los lugares del mundo.
Porque Verdi muere cada día en el sur de Europa.

lunes, 16 de mayo de 2016

Andalucía, la que divierte


Este mes de mayo se inauguró sin flores ni cantos a María. Regresaron los jerséis a los armarios, no cantaba la calandra ni respondía el ruiseñor. Una inusitada tormenta se instaló sobre nuestras cabezas. La lluvia caía con fuerza un día tras otro, sin conceder una tregua.  El campo embarrado, los caminos anegados de agua, los embalses a rebosar,… Parecía como si se hubiera volteado la piel de toro y al Sur nos bañara el Cantábrico.
El diez de mayo, tras varios días de aguacero, el terreno era un lodazal pero los melocotones de la Vega del Guadalquivir no entendían de tormentas y un jornal de cuarenta euros no merecían desprecio.
Pertrechados de impermeables y botas de goma, Marisol y su cuadrilla acudieron al tajo. El cielo no les otorgó ninguna indulgencia y faenaron sin descanso, hundidas en el barro, navegando entre los charcos, anegadas por el diluvio.
Cuando regresó al pueblo, con toda seguridad, aún tenía que hacer compras, poner lavadoras, cocinar la cena y preparar la talega del día siguiente.
El móvil no paró de piar durante la tarde ajetreada que siguió a su jornada laboral. Echó un vistazo rápido. En todos los grupos de whatsap compartían fotos y memes de las Hermandades del Rocío. Algunos se lamentaban de las pobres rocieras, que no podían lucir los trajes de faralaes. Otros, bromeaban con caballos equipados con flotadores y la virgen en lancha motora.
Mientras cenaba, los informativos de la televisión abrieron con imágenes de las carretas enfangadas y daban cuenta de las rutas alternativas que debían tomar a través de Doñana.
Entonces recordó las fotos que se habían hecho en el tajo, riéndose por no llorar, rebosadas en barro.
Subió las fotos al Facebook y escribió:
-“Qué día más malito hemos pasado”
Los comentarios no tardaron en aparecer, comparando las imágenes con la cobertura informativa sobre el Rocío; hablando del olor de los melocotones  que no podrán comprar con su jornal; riendo de esos cuarenta euros que no irán a parar a una cuenta opaca de Panamá.
Las jornaleras como Marisol no son noticia para un telediario, a no ser que  se las pretenda desprestigiar haciendo referencia al PER. Estas imágenes no saldrán en las portadas de la prensa, porque solo interesa mostrar la Andalucía  que divierte, como cantaba Pepe Suero.
Pero a ellas les queda ese íntimo orgullo, esa dignidad a prueba de borrascas y tormentas.

PS: Las fotos las hizo Marisol Arroyo, de la cuadrilla de La Luisiana






sábado, 2 de abril de 2016

Marruecos exprés

Repaso mis notas de Marruecos. Normalmente, me acompaña un cuaderno de viaje, donde escribo pensamientos o ideas que me asaltan y pego tickets de metro o entradas de museos.
Esta vez, el viaje es tan corto, que opto por un pequeño cuaderno, de hojas recicladas y forrado con una tela bordada que me regaló Lidia. Me resulta tan bonito que duele emborronarlo de tinta. Me decido a usarlo porque los cuadernos, como la vida, no existen para ser contemplados.
En mi cuaderno no pude anotar la primera sensación del viaje: un incómodo hormigueo me subió por el estómago cuando el ferrry avistó el puerto de Tánger. Por primera vez pisaría África (Canarias no cuenta), tantas veces perseguida por la mirada desde las costas de Cádiz. Marruecos, tan cerca, tan lejos, pensaba que jamás alcanzaría sus playas.
Por ello, no me importó embarcarme en un viaje de pocos días, con largos trayectos  de cientos de kilómetros y un regreso incierto.
En un viaje exprés, por un país, por un continente desconocido, te asemejas al turista japonés que cámara en ristre intenta capturar las imágenes que no volverás a ver: puestos de carne con un cordero colgando; tarros de cristal con tintes y especias; tenderetes de frutas y dulces; la Koutoubia en todos sus ángulos y momentos del día; los muros rojos de la medina con sus agujeros habitados por palomas zureando; la plaza Yamaa al-Fna por la mañana, por la tarde, a ras de suelo, desde arriba; los encantadores de serpientes; los pueblos camaleónicos del valle de Ourika; los almendros en flor; la Menara; los techos de cedro del Palacio de Bahia; los burros, las ovejas; las montañas nevadas del Atlas en el horizonte; una mujer lavando en el río, otra caminando por la carretera con un niño a la espalda; una casa azul de Larache; la playa de Asilah; el Rick´s Café falso de Casablanca; la espalda de la gente mirando al océano,…
En cuatro días no pretendo conocer un país y su cultura, solo pasear un poco por estas tierras, que al principio da la impresión de ser el reflejo de Andalucía. A los eucaliptos y los campos de cereales, les siguen los invernaderos junto al mar y un extenso bosque de alcornocales.
Camino a Casablanca, la autovía discurre paralela a las obras del AVE que la unirá a Tánger. Justo al lado de la maquinaría que extrae la tierra, una mujer ara el terreno ayudada por un mulo.
Bogart y Berman nunca pisaron Casablanca, pero yo siento su presencia, como si se fueran a asomar por una ventana y saludar a los visitantes.
En la mezquita de Hassan II, las turistas bajamos a hacer fotos a uno de los monumentos principales del país, construido con el dinero de todos y todas los marroquíes (Un tercio del salario de un mes) para mayor gloria del tirano.
Detrás de una columna, en la explanada de la mezquita, una mucha ataviada con un hiyad negro llora desconsolada. A su lado, un chico de su edad intenta calmarla. Le habla, mueve las manos con muchos aspavientos, pero su tristeza no encuentra consuelo.
Las mujeres mayores, en grupos de tres o cuatro, se sientan en el césped o pasean junto al mar, envueltas en sus pañuelos, lejos de los cafés-terraza y la mirada de los hombres.
Marrakech, la ciudad roja, encrucijada de caminos, es nuestro destino.
En la plaza Yamaa el-Fna, se daban cita las caravanas que venían del desierto. Cuando llegas a ella,  una vez has superado la tentación de fotografiar a la Koutoubia (hermana roja de la Giralda) desde todos los ángulos posibles, has de pasar la mayor de las pruebas. Pareces vivir un cuento de Las mil y una noches, con encantadores de serpientes, bailarines, malabaristas, contadores de cuentos,… pero no es más que de un espejismo.
La música de las flautas, tambores y crótalos asciende hasta las terrazas del café en el que te refugias para dejar de sortear vendedores.
Y allí arriba, oyes el interminable bullicio de los coches, las motos, las personas, la música que no cesa por encima de los tejados de los tenderetes, de los minaretes de las mezquitas. No aciertas a comprender que ansíes la sombra y contemplas, extasiada, más irreal que el espectáculo de la plaza, las montañas heladas del Atlas.
Al regresar, pienso que no he tenido sensación de miedo en ningún momento, únicamente el temor a que el estómago me jugara una mala pasada.
-Esto es el tercer mundo, habibi, advierte nuestro guía Rajid con ironía. Aquí hay gérmenes que ustedes no controlan.
Así que agua mineral hasta para lavarse los dientes y seguir las recomendaciones habituales al respecto.
En la ciudad de Marrakech hay una vigilancia intensa pero sutil: detectores de bombas lapa en los coches, detectores de metales en alguna cafetería. En Tarifa, reina el caos en la aduana, las pasajeras del ferry se aprietan en colas infinitas.
Cuando inicié este viaje, también comencé a leer un nuevo libro: La amiga estupenda, de Elena Ferrante. Mi cabeza se enredó y la Nápoles de la novela desapareció. En su lugar, Lila y Lelú, habitan un suburbio de Casablanca, coronado de antenas parabólicas. Sus familias, el vecindario, el barrio pobre de Nápoles tiene la mirada triste y la piel cetrina de los rostros que veo a mi paso.




domingo, 20 de marzo de 2016

El verbo servir

Esta semana un artículo de @RaulSolisEU titulado “Hijo de una limpiasuelos” se ha convertido en viral y lo ha llevado a participar en programas de radio y televisión. Él sabe, porque se lo he dicho públicamente, cuánto me gusta lo que escribe y cómo lo hace, especialmente cuando pone voz a las mujeres del campo, a los parias de la tierra. Incluso tuvo la osadía de escribir sobre  los funcionarios, en un momento en el que medio país aplaudía los recortes a los “privilegiados empleados públicos” y entrevistó a mi amigo Mikel en un reportaje donde reclamaba que “Los funcionarios también lloran”.
Creo que el éxito de su artículo radica en que muchas personas nos hemos visto reflejadas en él. Nuestro país está poblado por hijos e hijas de limpiasuelos, de mujeres, y también algunos hombres, que tuvieron que servir, así que cualquiera podría haber escrito el artículo, aunque solo él supo hacerlo poniendo en cada palabra el desgarro y la rabia de muchas generaciones que tuvieron que servir.
Mi madre, como la de él, también trabajó en casas de señoritos, por poco más que la manutención. Una vez, lo hizo en Madrid, en una “familia bien” y otra con unas señoritos de Écija. En Madrid, a pesar de que comía a diario y no pasaba frío, no fue capaz de aguantar y se volvió al pueblo. Cuando entró por el chozo en que vivía con su tía Rosario, que la había criado desde los cinco años, se encontró con un saco de tagarninas en medio de la sala. Soltó la maleta en el suelo y se sentó a pelarlas.
-¿Para esto te has vuelto de Madrid? ¿Para pelar tagarninas?, le espetó su tía con tristeza.
Sin duda, ella prefería partirse la espalda en el campo como jornalera –se sentía  orgullosa de que le pagaran el mismo jornal que a los hombres-, antes que ponerse a servir.
Pero de todo el revuelo causado por el artículo, a mí, estos días, me perseguía el  verbo servir, que tan hondo arraigo tiene en nuestra memoria colectiva. Sin ir muy lejos, Concha Velasco y Alfredo Landa protagonizaron en los años sesenta una supuesta comedia  titulada “Las que tienen que servir”
Acudí a Google y me topé con las dos primeras acepciones que la RAE nos ofrece de la entrada:
1.-  Estar al servicio de alguien.
2.- Estar sujeto a alguien por cualquier motivo haciendo lo que él quiere o dispone
Si la primera acepción incomoda a cualquier persona decente, con la segunda se te encoge el estómago. Estar sujeto es sinónimo de estar atado, pertenecer a alguien para lo que disponga no es otra cosa que esclavitud.
También busqué el significado de servicial y encontré estas cuatro acepciones:
1. Que sirve con cuidado, diligencia y obsequio.
2. Pronto a complacer y servir a otros.
3. Lavativa, ayuda, clister.
4. Sirviente
Según la RAE, la última acepción está en desuso, aunque yo no sería tan optimista. Las feministas sabemos muy bien que la RAE tampoco es infalible.
Si continuamos investigando, comprobamos que el origen etimológico de “servir” viene de la palabra siervo (en latín, esclavo) y entre sus derivadas podemos hallar servil o servilismo.
Por otra parte, el verbo servir no tiene ninguna relación con el verbo trabajar, entre cuyas acepciones hallamos:
1. Ocuparse en cualquier actividad física o intelectual. 
2. Tener una ocupación remunerada en una empresa o una institución.
3. Ejercer determinada profesión u oficio.
El lenguaje, una vez más, pone cada concepto en su lugar, por lo que no es lo mismo servir que trabajar, igual que caridad y solidaridad representan ideas antagónicas.
Así que una buena parte de la población, ha servido a sus patronos o señoritos y aún hay quien continúa haciéndolo sin ser consciente de ello.
Por suerte, muchos hijos e hijas de limpiasuelos y jornaleras hemos ido a la Universidad Pública y defendemos el trabajo digno como un derecho. Sin embargo, siento discrepar con Raúl Solís. Algunas no hemos perdido la memoria, pero también existe mucha amnesia colectiva. Veo a chicos y chicas jóvenes, hijos de albañiles, limpiadoras, camareros, defendiendo al PP y Ciudadanos…y me sube la tensión arterial. Tantos millones de votos a la derecha en las últimas elecciones,  solo son posible porque no hemos dejado de ser sirvientes, porque no entendemos la diferencia entre “servir” y  “trabajar”.