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In Venezia

Vamos  juntos hasta Italia Quiero comprarme un jersey a rayas La primera vez que pisé Venecia lo hice por mar y en verano. La ciudad surgió de la laguna como por arte de magia. La Plaza de San Marcos con la basílica, el Palacio Ducal y el Campanile emergieron de pronto de entre las aguas. En esta ocasión, viajo desde el aeropuerto de Treviso, en autobús y tranvía, al final del segundo otoño pandémico. Escribió Thomas Mann en “Muerte en Venecia”: “llegar a Venecia por tierra, desde la estación, era como entrar en un palacio por la puerta de servicio.” Por la puerta de servicio de Ferrovia, los turistas arrastran maletas y atraviesan el puente de la Constitución, donde tres gaviotas se disputan unas patatas fritas, ajenas al trasiego que las rodea; la gente sube y baja de los vaporettos, corren a la estación para tomar el  tren o hacia las paradas de autobuses de Piazale Roma. Desde muy temprano, numerosas embarcaciones recorren el Gran Canal. Algunas transportan grúas, otras, sacos de c
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Segundo verano pandémico

“ Pide que el camino sea largo.  Que sean muchas las mañanas de verano en que llegues , ¡con qué placer y alegría!,  a puertos antes nunca vistos. ”  Kavafis En el segundo verano pandémico, la turista ocasional ha eclosionado cual crisálida claustrofóbica. Meses  de confinamientos perimetrales habían hecho mella en su ánimo. Se sentaba delante del televisor a mirar  documentales sobre viajes, suspiraba al tropezar con las maletas en el trastero y acariciaba la guía que se  quedó varada en la mesa de noche durante la primavera de 2020. No es que la turista ocasional se haya  convertido en una intrépida viajera dispuesta a atravesar mares y océanos, solo ha pretendido dar un  pequeño paso, salir de su comunidad autónoma y subirse a un avión bien pertrechada de mascarillas y su  certificado de vacunación en la mano. Durante la primera semana de vacaciones en un recóndito paraíso gaditano, a punto estuvo de renegar de uno de sus fundamentos vitales y dejar de odiar el verano. Las mañanas d

Las últimas brevas

  Recorro las fruterías del mes de junio, en culinaria peregrinación en pos de las mejores brevas. Pregunto a Jorge, mi frutero habitual, por whatsapp y me asomo al mostrador de Encarni, que asegura que este año ha habido pocas y no muy buenas y me anima a esperar a los higos. Solo Carlos encuentra en el barrio de la Macarena las brevas más dulces de la temporada.   De brevas a higos transcurre el estío, sin olvidar a los higos chumbos, desaparecidos por una plaga maligna los últimos años. Con los higos chumbos, aparece la imagen de Manolillo el “Añedío” y su carretilla, el único al que mi madre compraba, porque se esmeraba limpiando los higos chumbos y pelaba con precisión matemática los espinosos frutos antes de depositarlos en el plato. Y aparece el abuelo, bajo la parra, machacando los ingredientes de un gazpacho que solo él y mi hermano podrán tomar, aderezado en exceso de sal y vinagre. El viejo jornalero, con la piel curtida por el viento y el sol, repitiendo la tarea que había

Una carta

Este relato fue premiado en el certamen organizado para el conmemorar el Día Internacional de la Mujer en la Campana (Sevilla)   Los pasillos del instituto aún permanecían a oscuras. Las paredes salpicadas de huellas de zapatos y botas deportivas. El olor a desinfectante impregnaba el aire gélido de la mañana. Sintió mareos. Apenas había desayunado: un sorbo de leche, un bocado de dónut. Su padre la había mirado de reojo mientras se tomaba el café, de pie junto al fregadero. Había salido de casa más temprano que ningún día. No deseaba tropezar con nadie de camino a clase. Apresuró el paso indagando las sombras. Llegó al instituto cuando el día se despertaba y se coló por una puerta lateral. El silencio envolvía el viejo edificio de ladrillo. Ese silencio, esa quietud eran lo que Sara buscaba.  La noche anterior se había dormido de madrugada, derrotada por el llanto, intentando ahogar los sollozos contra la almohada. Tuvo que apagar el teléfono móvil. Adrián no paraba de enviarle mensaj

El año pandémico

  Acudo a esta cita anual de Nochevieja abrumada por las dudas. Escribo porque escribir también es resistir. Escribo para cerrar la puerta a este fatídico año que, sin embargo, acaparó el inicio más ilusionante. Vivíamos con la certeza de que, a pesar de las crisis, los nefastos gobiernos, el desempleo pertinaz y la violencia de género que no cesa, teníamos la fortuna de ser la primera generación de la historia de España que no sufriría una guerra. Pero estalló la pandemia, la distopía se hizo real y destrozó la quimera. A pesar de ello, hay que sacar fuerzas para decir adiós al año en que perdimos la primavera, convertida en un inmenso agujero negro que se tragó nuestros sueños, el año de la leve tregua de verano, paseando con mascarillas a la orilla del mar, del miedo a la vuelta al cole en septiembre y al desasosiego de la segunda ola, con la fatiga pandémica inoculada en nuestros huesos. Tapiamos con piedras el final de este 2020, que quisiéramos olvidar, en el que aprendimos a pre

Agua que has de beber

En mi pueblo se despiertan estos días con la preocupación del agua, como si la historia se empeñara en  dar tumbos volviendo al mismo punto, trazando el mismo círculo. Parece que este año maldito pretendiese  desbordar el vaso con la última gota de paciencia. Benceno llaman a la última plaga que amenaza a los pueblos de la Campiña y la Sierra Sur, que se desvelan pendientes de los grifos y las cañerías; compran agua embotellada con ansiedad; acarrean garrafas de plástico y bidones y hacen colas junto a un camión cisterna.  Otra vez.  Una vez más. De nuevo. El agua, generadora de vida, se nos negó siempre a estos pueblos de secano. Nos azotaban las sequías cada verano y aguardábamos, como agua de mayo, las horas en las que del grifo manaba el líquido ansiado.  Poseen escasa memoria los pueblos, si no recuerdan que la escasez de agua derramó la sangre y apagó la vida de un hombre en la vecina Carmona, en el no tan lejano año de 1974. Olvidamos que las cisternas de los tejados recogían el

El verano de la pandemia

  De sobras es conocida mi ancestral animadversión al verano, a las tardes infinitas de siestas insomnes, solo mitigadas por los continuos paseos a la cocina en busca del penúltimo helado, dos pastitas de té, una onza de chocolate, un puñadito de almendras. Solo amortiguan el insoportable estío sevillano las novelas gruesas, las piscinas con sabor a cloro o las guías de viaje, soñando con organizar maletas, desde que mi economía se lo puede costear. Como mujer precavida, planifico los viajes con mucha antelación, ya sea dentro de España o allende las fronteras. Para no tener problemas de alta ocupación, reservé un apartamento en la Costa Brava y otro en la Val d’Aran, el diez de enero. Porque se me puede acusar de muchas cosas, pero nunca de procrastinar.  Y heme aquí, varada al odioso verano, como una prolongación del confinamiento, desescalando en fase 1, con un paseo a primera hora de la mañana y otro al final de la tarde.  Como ventaja, este año os ahorraré el reportaje de fotos en