sábado, 17 de junio de 2017

El álbum de la memoria

No importa cuán estrecho sea el camino,
ni cuántos castigos lleve a mi espalda.
Soy el almo de mi destino.
Soy el capitán de mi alma
W. E. Henley

Estos días de calor insoportable, cuando el termómetro de mi aula supera los 30 grados, intento que mi alumnado conozca a Nelson Mandela.
Surgió por casualidad, durante una clase de inglés que hablaba de Sudáfrica. Sus cabezas de diez u once años ignoraban todo sobre el apartheid y el presidente de Sudáfrica. Como un hilo del que se tira, surgió el poema Invictus y la película del mismo nombre. Lo leímos en voz alta, comentamos las estrofas, el vocabulario y hasta analizamos la rima.
La película no es fácil de entender para sus edades. Se la proyecto en dosis pequeñas y voy parando para explicar algún concepto o intentar que fijen su atención en algún detalle (los barrios de la población negra, la raza del personal de la casa presidencial…). Estuve a punto de abandonar. Pero G, unos días después de ver el primer trozo, me preguntó, emergiendo de su habitual mundo distraído:
- ¿Por qué los "seguratas" negros no quieren trabajar con los "seguratas" blancos?
¡Eureka!, pensé. Así que continuaremos porque el mensaje está calando.
El jueves del Corpus, fiesta por estos lares, dediqué la tarde a ver una película que se había estrenado en 2006, una de esas películas que una aparca porque ya sabes el final, porque tu corazón no se permite más angustias, porque necesitas una buena porción de ánimo de la que nunca dispones.
Cuando paraba y ojeaba el Facebook y el twitter, leía los titulares que se referían a la fecha histórica del 15 de noviembre de 1977, las primeras elecciones democráticas.
Guardo un nítido recuerdo de aquel momento. Yo tenía 14 años y al día siguiente partía de viaje final de EGB hacia Cazorla, organizados por un grupo de maestros y maestras que pensaban, como Mandela, que “La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo”. Era mi primer viaje, si descontamos las aventuras con Salgari y Julio Verne. Aún no había pisado la arena de la playa y en las pocas excursiones en las que había participado (Córdoba, Granada…) no despegaba los ojos de la ventanilla del autobús intentando retener en la retina cada recodo de la carretera.
Aquel quince de junio del 77 consiguió que el miedo fuera la excusa para que a algunas de mis compañeras (niñas, qué casualidad), no les permitieran hacer un viaje de varios días con sus consiguientes noches, a pesar de la insistencia de Maribel, mi maestra.
Recuerdo aquel quince de junio porque el dieciséis, a las seis de la mañana, entré en la panadería de Domínguez, que pervive en mi memoria sacando el pan del horno. La radio lo acompañaba y mientras me cobraba los bollos para mis bocadillos le pregunté el resultado electoral. A pesar de mi corta edad, yo estaba muy interesada en el proceso e incluso había asistido a un mitin donde intervino Margarita Laviana en el comedor del colegio ante un público mayoritariamente masculino. 
-Ha ganado la UCD, me respondió el hombre que años después tendría la desgracia de protagonizar otro hito amargo de la historia.
El viaje en autobús con Manolo Andújar como intrépido conductor tiene algo de viaje iniciático, de aventura mítica porque pocos conservamos el recuerdo de aquellas tiendas de campañas prestadas con aspecto de jaimas, practicando la acampada libre en la Fuente de la Pascuala, paseando por un Coto Ríos asombrado con aquella chiquillería que sacaba a las ancianas de sus casas para mirar boquiabiertos a aquel grupo de niños y niñas desaliñados.
Durante los siguientes cuarenta años, todos los niños y niñas del pueblo han culminado su paso por el colegio con un viaje a Cazorla, un hilo invisible que une a distintas generaciones, que comparten la vivencia de los pies helados en el río Borosa y el sendero hasta la cerrada del Utrero.
Este jueves día 14 de junio de 2017, pasé la tarde viendo la película “Salvador” sobre Salvador Puig Antich, el último condenado a garrote vil por Franco, tan solo tres años antes de aquellas elecciones del 77, de aquel viaje a Cazorla. Mientras lloraba con el corazón encogido, como había temido, busqué en Internet información sus hermanas, que no han dejado de luchar para que el crimen no caiga en el olvido y sobre su hermano el psiquiatra, sin conseguir extraer la punzada de dolor que se había alojado en mi vientre.
Al día siguiente, en clase, me preguntó mi alumnado:
- ¿Hoy vamos a seguir viendo la película de Mandela?
Desde el fondo del aula comenzaron a vocear:
- ¡Mandela! ¡Mandela! ¡Mandela!
En la mejor escena de Invictus, cuando el capitán del equipo de rugby visita la cárcel y la voz de Morgan Freeman recita el poema de fondo, mi compañera entró y nos preguntó sobre lo hacíamos. Intenté recitarle alguna estrofa del poema de Henley pero la memoria me falló y los versos se enredaron en mi lengua. Por suerte, P., tan pequeña y tímida, sin que nadie se lo pidiera declamó:
“Soy el amo de mi destino.
  Soy el capitán de mi alma”
Esta mañana de sábado, el asfalto de las calles sigue ardiendo. He abierto el álbum donde guardo algunos objetos que me traje cuando se vendió la casa de mis padres. Allí están a buen recaudo algunos de mis tesoros. He releído la carta que mi abuelo Antonio envió a su mujer desde el cortijo de Santaella en el que trabajaba cogiendo aceitunas en 1930 (“que me acuerdo mucho de ti, Rosario, y te mando cinco duros con el operador”). He acariciado el trozo de cartón reutilizado en el que la letra de mi padre escribió la receta de los pestiños, como si pudiera rozar su mano. No he hallado, como imaginaba, ninguna foto de aquel primer viaje a Cazorla de hace cuarenta años. He pensado en Maribel Hidalgo, empeñada en sembrar flores y árboles en el colegio de mi pueblo y en Manolo Amaya, recogiendo troncos con el que construir un fuerte del Oeste, con la esperanza de que el colegio sea el mejor y el más hermoso de los lugares.
Esta mañana de caluroso sábado, he creído que quizás el amor no sea tan corto y que tal vez no sea tan largo el olvido.


jueves, 27 de abril de 2017

Yo te nombro, honestidad

Los primeros días de clase, con el calor pegajoso en la piel y añorando la brisa del mar, la maestra comienza el curso con mucha energía. Primero advierte que no se encuentran ante ninguna “seño”, que ella es maestra y si resulta complicado, prefiere que la llamen por su nombre de pila.
- “¡Qué seño más rara!”, piensan sumidos en la perplejidad.
 Suele disfrutar haciendo juegos de presentación y de cohesión grupal. Hay una actividad que le gusta especialmente: cada niño o niña debe presentarse acompañando a su nombre una cualidad que los caracterice.
Este año, cuando toda la clase se hubo presentado, la miraron veintisiete ojos curiosos:
- ¿Y tú maestra? ¿Qué dirías de ti?
La maestra duda. Resulta aterrador autocalificarse, encontrar una palabra que te defina, desvelar la idea que una posee de sí misma, que es posible que no coincida con el resto de la humanidad.
En ese momento de duda, la imagen de su padre cruzó por su mente y evocó una de sus frases más repetidas.
- “La honra es lo único que tiene el pobre”
La maestra tomó la tiza y escribió en la pizarra, junto a su nombre la palabra HONESTIDAD.
Los diccionarios vieron alterados su letargo veraniego por cincuenta y cuatro pequeñas manos, que se abrían paso entre sus hojas, para hallar el sentido de una palabra desconocida.
La maestra ya no está en edad de creer en ortodoxias, en purezas y coherencias, pero aún mantiene en su fuero interno ese concepto antiguo de la honra, un vocablo pegado a la tierra, que en Andalucía suena a veces con la h aspirada.
Al volver a casa, continuó meditando sobre esa palabra tan antigua que nunca habían escuchado esos oídos infantiles.
Recordó al alcalde de Zalamea (“Que soy noble por cinco o seis mil reales; y esto es dinero y no es honra; que honra no la compra nadie.” «Aquella misma que vos, que no hubiera un capitán si no hubiera un labrador») y las memorables discusiones en torno al origen de la corrupción que rompe las costuras del país.
La maestra protesta ante quienes argumentan que está en nuestro ADN y se enfada con quienes culpan al paupérrimo Lazarillo de los desmanes de ladrones de cuello blanco y maletín ministerial.
Piensa, ingenua, que más bien somos descendientes de Quijotes sin molinos, Sanchos sin ínsula, intrépidas Doroteas y rebeldes Marcelas.
Al transcurrir los meses, los niños y las niñas saben que la maestra que no se llama seño odia la mentira, pues conlleva falta de confianza. También se enfada si se pisan el turno de palabra o interrumpen antes de que acabe quien está hablando, empeñada en hacerles entender que debatir no tiene ninguna relación con “Sálvame”.
La semana pasada, C, pequeña brujilla empoderada, alzó su mano y preguntó:
-Maestra, si Rajoy miente, ¿por qué sigue siendo presidente?
La maestra se quedó sin palabras, agotada de luchar contracorriente en un país que premia al estafador disfrazado de político, al arribista sin escrúpulos, al mayor mentiroso; una sociedad que ríe las gracias al mentecato de turno, al zafio o la zafia, a la lengua viperina…
Cuando era joven y el mundo aún albergaba esperanzas, cantaba Nacha Guevara unas hermosas estrofas, que la maestra, hoy, quisiera parafrasear:

Escribo tu nombre
en las paredes de mi ciudad
escribo tu nombre
en las paredes de mi ciudad
Tu nombre verdadero
Tu nombre y otros nombres
Que no nombro por temor
Yo te nombro Honestidad


PD: “Concepto de honestidad. La honestidad, del término latino honestĭtas, es la cualidad de honesto. Por lo tanto, la palabra hace referencia a aquel que es decente, decoroso, recatado, pudoroso, razonable, justo, probo, recto u honrado, según detalla el diccionario de la Real Academia Española (RAE).” Del recato y el pudor podemos prescindir, pero el resto de los sinónimos cada vez son más necesarios.




sábado, 31 de diciembre de 2016

La noche del Tienta-Panzas

Solo el amor con su ciencia nos vuelve tan inocentes 

Durante las Nocheviejas de mi infancia visitaba mi casa el Tienta-Panzas. Era un hombretón que caminaba a grandes zancadas, por los senderos embarrados, entre los olivares, cargando al hombro con un saco cuyo contenido nadie conocía. Este pastor tenía como misión tocar los vientres de los habitantes del pueblo y determinar si las tripas comenzaban el año llenas o vacías. En Nochevieja había que comer mucho para que el Tienta-Panzas no te condenara a un año de hambruna. 
La magia del Tienta-Panzas, mi tío Juan viajando por sorpresa desde Holanda con una botella de champán, las uvas en la plaza del pueblo, repartiendo besos y abrazos con generosidad, me compensan de la triste Nochebuena siempre sobrada de ausencias. 
El año que por fin acaba ha sido el año de la vergüenza.
Ha conseguido  que me sonrojara al pasar delante de los quioscos y ver los informativos de TV. Incluso temía consultar la prensa digital y pasaba de puntillas por las redes sociales.
He sentido tanto bochorno por el espectáculo de algún partido que se auto-proclama de izquierdas que no me hacía  reír ni los chistes del Gran Wyoming. Porque ya habíamos resistido cuatro años, nadie nos podía pedir otros cuatro más.


En el 2016 se han cumplido las profecías de las más agoreras, las más cenizas, las que pensábamos que lo nuevo iba a destruir lo poco viejo bueno sin conseguir asaltar los cielos.
Ha sido el año en el que la insensatez se ha adueñado del Planeta eligiendo presidentes de esperpento, manteniendo guerras insensatas, mostrándonos imágenes de seres humanos que huyen y se encuentran las fronteras cerradas, los corazones gélidos.
Este año me ha dejado exánime, agotada, sin esperanza, sin un horizonte, buscando ficciones a las que huir, refugios interiores en los que exiliarse.
Si esta noche viene el Tienta-Panzas a mi casa, solo hallará vergüenza en mi interior y ese sentimiento me acompañará durante todo el año. Aunque  los números impares nos sean de mi agrado le voy a dar una oportunidad al nuevo año.
El 17 es un número primo, solo divisible por sí mismo y la unidad, y por tanto, único, original, irrepetible.
Lo siento, Tienta-Panzas, te vas a llevar una sorpresa, porque la ilusión siempre cumple diecisiete años y me vas a encontrar cantando junto a Violeta Parra: 

“Lo que puede el sentimiento no lo ha podido el saber,
ni el mas claro proceder ni el mas ancho pensamiento
todo lo cambia el momento colmado condescendiente,
nos aleja dulcemente de rencores y violencias
solo el amor con su ciencia nos vuelve tan inocentes” 





martes, 1 de noviembre de 2016

Sin pretensiones

Cuando A se jubiló, la mayoría de las asistentes solo veía a una maestra de sesenta años. Pocos comensales conocían que fue la primera mujer de su pueblo que estudió una carrera universitaria. No sabían de sus madrugones ni vicisitudes para tomar autobuses y llegar a tiempo a un instituto femenino en el centro de Sevilla. Entre las copas y los agasajos, recorría las mesas una maestra que fue madre en tres ocasiones y no disfrutó de bajas maternales. Si le preguntas, recuerda que con su primera hija, daba clases nocturnas en educación de adultos a una distancia considerable de su casa. Sus padres la aguardaban en el pasillo para que pudiera dar el pecho al bebé entre una y otra lección. Ella entiende más que nadie de niños y niñas que llegan por la mañana al colegio con el estómago y las maletas vacías. 

B adoraba su bicicleta. Gracias a ella estudió Magisterio. Había emprendido el camino de la soledad demasiado pronto, con un martillazo que la dejaría herida para siempre. Pero ello no impidió que siguiera luchando mientras impartía clases particulares, recorriendo el pueblo en aquella bicicleta como si se tratara de una alfombra voladora. Algo de magia le quedó de aquellos años, pues la reparte con generosidad entre su alumnado especial y entre sus compañeras. Ya cuenta los años que le quedan para jubilarse pero sigue acumulando certificados en su abultada carpeta de cursos de formación, porque la vida enseñó a B que nunca debe rendirse.

C podría haber vivido tan ricamente como “señora de”. Sin embargo, ella había estudiado para maestra y estaba empeñada en ejercer su profesión. Como en su verde tierra apenas ofertaban plazas, se presentó a las oposiciones en Andalucía y las aprobó. Durante cuatro años trabajó como maestra de Infantil rodeada de olivos y naranjos. Entre rincones, casitas y plastilina,  se la oía canturrear por los pasillos con su acento asturiano. Cada quince días, tomaba un avión que la llevaba al norte y regresaba el domingo. Los lunes llegaba puntual pero agotada del viaje, aunque sin perder la sonrisa y la dulzura. El concurso de traslados tuvo a bien, por fin, destinarla cerca de su casa, a colegios donde los osos rondan el patio y los caminos se tornan blancos en invierno.

En su juventud, D era una gran deportista. La vida la llevó a la enseñanza. Estudió magisterio y se licenció en Pedagogía. Cansada de la Educación Física, se pasó a la Primaria. No le gusta llamar la atención. Nunca la oirás hablar en un claustro. Jamás discutirá ni se alterará en público. Se pasa el fin de semana poniendo lavadoras. Si puede, practica senderismo. Como maestra, es pertinaz y comprometida. La puedes ver sentada en el coche, en el aparcamiento del polideportivo, corrigiendo cuadernos mientras espera que sus hijos realicen actividades extraescolares.

A, B, C, D, E, F, G, H, I, J, K, L, M…son mujeres sin pretensiones. Todas ellas son maestras funcionarias. Tienen nombres, rostros, historias a sus espaldas. Sobre ellas ha recaído la tarea de enseñar durante las últimas décadas, pero no son las culpables de los errores del sistema educativo. Se han dejado la piel y la vida en las aulas, aunque solo pretenden hacer su trabajo lo mejor que pueden. Son mis amigas, mis compañeras, son como yo, que también soy una mujer sin pretensiones.