miércoles, 20 de marzo de 2013

Defensa de la poesía


Conbidar le ien de grado, mas ninguno non osava”
-Mamá, ayúdame, por favor, que no entiendo el castellano antiguo.
-Coge el glosario y lo leeremos juntas. Verás cómo te va a gustar el Mío Cid.
La madre intenta explicar la escena. El guerrero duro como el acero, triste, cansado, cubierto de polvo, sediento. La ciudad silenciosa, las puertas cerradas, el miedo que se palpa en Burgos.
que perdiere los averes e más los ojos de la cara”
Aparece una niña de nueve años. Nueve años. Pequeña, tierna, ingenua niña de nueve años que habla al guerrero erguido sobre el caballo.
Esto la niña dixo e tornós pora su casa”
Muchos años atrás, en la escuela de magisterio, algunos de sus compañeros canturreaban la entrada del Cid en Burgos. A ritmo de un compás flamenco acompañaban los versos con palmas:
De los sos ojos tan fuertemente llorando,
tornava la cabeça i estávalos catando.”
-Ya voy entendiendo. Creo que puedo continuar sola.
La madre se lamenta de no poder transmitir la emoción de la escena, la fragilidad de la niña de nueve años y el dolor del guerrero.
Con la distancia que otorga el paso del tiempo, admite la inoperancia de un plan de estudios que junto a plástica, música o gimnasia incorporaba una materia denominada Crítica literaria. Para ella, tan poco habilidosa con las manualidades, estas asignaturas suponían una auténtica tortura. Sin embargo, no había nada más placentero que las clases de Doña Elena Barroso.
En un aula estrecha como un tubo, se congregaban más de 50 estudiantes soñolientos, frente a aquella mujer delgada y menuda. Doña Elena iba diseccionando los recursos literarios, el tiempo de los verbos, la métrica, el ritmo, las pausas, el verso, la rima, los hemistiquios, las clases de palabras, las metáforas, los símbolos, el fondo y la forma. Una vez que había analizado todos los elementos emergía, como un tesoro, el poema. Y allí, delante nuestra, aparecía Don Antonio Machado, con su torpe aliño indumentario y las botas manchadas de barro, paseando por la curva de ballesta que hace el Duero a la salida de Soria. Las lluvias de abril y el sol de mayo inundaban el aula y podían tocar el tronco del olmo seco, hendido por el rayo y en su mitad podrido.
La madre piensa que nunca conoció nada más hermoso que una clase de Crítica Literaria con Doña Elena aunque quizás no fuera una asignatura muy oportuna en su plan de estudios y supusiera un escollo insalvable para un buen número de estudiantes.
Ayer se entrevistó con el profesor de Lengua de su hija. Revisó los exámenes donde se le argumentaba que no se habían escrito con exactitud las definiciones de los recursos literarios, no se habían volcado los apuntes sobre historia de la literatura medieval. Solo se pedía la memorización. Nada de comentarios de textos, recrearse en una metáfora o mecerse en un verso. Nada de emoción. 
Cuando ve a la muchacha empeñarse en los textos medievales su mente no cesa de repetir un verso, como si de una oración se tratara.
¡Dios, que buen vasallo, si oviesse buen señore”

PD: El vídeo es obra de M. López

sábado, 2 de marzo de 2013

La vida en serio

Tienes 14 años y nunca has visto el mar. El autobús, que arrancó antes de que clareara el día, se acerca a la costa. Lo sabes porque el aire fresco que entra por las ventanillas llega cargado de sal. La noche anterior apenas conciliaste el sueño por los nervios del viaje. Nunca has viajado tan lejos. En la televisión en blanco y negro no se distingue el color del mar. Por más que hayas recorrido los océanos con Verne y Salgari, no podrías describir la sensación del agua salada rozando tu piel.
Los bocadillos, la tortilla de patatas y los refrescos aguardan en la nevera portátil pero a ti solo te interesa observar. En la bolsa guardas un libro de poesía. Quizás Machado, tal vez Neruda aunque lo más probable es que sea una antología de Miguel Hernández de la editorial Cátedra.
En el verano del 77 todo acaba de comenzar: las primeras elecciones, las colas frente a las urnas, el primer viaje fin de curso, libertad sin ira libertad,…
Tú no has visto el mar, tampoco sabes nadar. Alguien te prestó un bañador, prenda innecesaria en un pueblo de secano donde en verano apenas quedan charcos en los que remojarse y alguna que otra alberca particular suple a las piscinas.
En septiembre acudirás al instituto en otro pueblo cercano, ilusionada por aprender, conocer gente, amar, vivir, reír.
Pero ahora es verano. La asociación de vecinos ha organizado una excursión a Fuengirola y te has apuntado con tu padre y tu hermana. La carretera sinuosa te produce náuseas. Son muchas horas de viaje hasta la costa y a pesar de ello, tu rostro no se aparta del cristal intentando atrapar con tu retina la primera ola.


Por las mañanas no te detienes mucho tiempo ante el espejo. Tras la ducha, el cepillo de dientes, la crema hidratante, un peinado rápido y partir  escaleras abajo. Ni la báscula ni el espejo te devuelven el reflejo de una mujer que va a cumplir medio siglo.
No estableciste un plan claro de tu vida, no planificaste objetivos y finalidades. Has pasado el tiempo improvisando sin pensar que la vida iba en serio (Gil de Biedma dixit). Tal vez hayas dilapidado oportunidades, ante la urgencia del Carpe diem.
A veces incluso olvidas tu edad real porque atrapada en un cuerpo adulto resiste una muchacha de catorce años. Calculas lo que te queda por vivir y esperas que aparezca el mar en la próxima curva.