domingo, 26 de abril de 2015

Las bicicletas no son para El Cairo


Una mañana de primavera, una amiga, una caseta de la feria del libro y un autor desconocido aunque dicharachero.
Todas las historias deberían llegar como vino a mí este libro, casualmente, aupado por la sorpresa, sin promociones editoriales ni premios mediáticos, sin entrevistas en prensa ni tertulias en la radio.
Ante la perspectiva de unos días de asueto, lo abres con la apatía que otorga la ignorancia. Buscas una lectura ligera compatible con la arena de la playa.
La sorpresa aparece desde la primera página cuando descubres una prosa más que correcta, un comienzo potente, una historia que va surgiendo de forma casi espontánea.
Una bicicleta se convierte en el elemento mágico de esta novela, la varita mágica que puede transformar las vidas de los personajes que transitan por la capital de Egipto.

La bicicleta también es la urgencia por el cambio y la modernización de una ciudad incompatible con la prisa, incapaz de variar sus costumbres y rutinas.
La bicicleta, como símbolo de libertad, no son para las mujeres cairotas. El machismo disfrazado de religión y tradición les impide perseguir sus sueños y ser dueñas de su destino.
La ciudad de El Cairo, seducida y abandonada, desemboca en una primavera fugaz, en un espejismo en la plaza Tahrir.
Porque nunca las bicicletas ni las prisas fueron para El Cairo.
Gracias a Concha, al escritor Emilio Ferrín y a Ediciones EnHuida por esta historia.
*La foto es de Nicolás Marino