domingo, 14 de junio de 2015

Esta zozobra que me aflige


Esta mañana escribí en google la palabra escepticismo. Quienes me conocéis muy de cerca, me habréis oído narrar más de una vez cómo me aprobaron in extremis la filosofía de COU. Mis dieciocho años recién estrenados se mordían las uñas junto a la puerta donde el profesorado ejecutaba la evaluación final, esperando mi sentencia por haber sido incapaz de digerir a Santo Tomás y San Agustín durante el curso. De ahí, mi irremediable analfabetismo filosófico.
Santo Tomás merodeaba por las definiciones de Wikipedia, refiriéndose al escepticismo religioso, lo cual me ha puesto en guardia y me ha impulsado a cerrar de golpe el ordenador.
Buscaba una definición de mi estado de ánimo, una sensación desconocida para mí misma, parecida al desapego y a la desconfianza.
Mis amigas cuelgan en facebook los discursos de las nuevas alcaldesas de Madrid y Barcelona, comparten noticias y reportajes en estado de euforia. Y yo observo indiferente las fotos de las multitudes sonrientes aclamando a las puertas de los ayuntamientos y las imágenes virales del twitter. No es que no me alegre, al contrario, solo que me confieso instalada en el descreimiento. Colau, la primera alcaldesa en la historia de Barcelona, ¿podrá realmente mejorar la vida de las mujeres de su ciudad?
Esta tarde, mientras pedía un café, he leído la portada de El Mundo en la barra de un bar:
La revolución llega a los Ayuntamientos”
En otro momento, tal vez habría acudido al aseo más cercano por temor a que la incontinencia hiciera estragos en mí.
En los mapas que aparecen en la prensa me dedico a contar las provincias azules, las rojas, las de colores variados y no me salen las cuentas.
No hace mucho, nos despertábamos con la alegría de Grecia y Syriza, pero ahora se me aparece Tsipras en una lucha infructuosa, perdiendo cada día la batalla frente a la Troika, cada día un paso más atrás.
Y si miramos aquí abajo, al entorno más cercano, al pueblo donde habito, cuyos habitantes siguen eligiendo que los representen los corruptos, solo apetece refugiarse en el exilio interior.
Perdonad que no comparta el entusiasmo general y mantenga mis reservas, pensando a contracorriente, a pesar de que siempre intento “defender la alegría como espada”, que diría Benedetti.
Si alguien alberga la misma inquietud, quizás me ayude a definir esta zozobra que me aflige. Mientras tanto, Bob Dylan seguirá cantando “The answer, my friend, is blowing in the wind”.