domingo, 22 de enero de 2012

EL SEÑOR DEL BURRO Y EL DEL LAGARTO

Yo tendría unos siete u ocho años. Supongo que alguien me había hablado de Juan Ramón Jiménez. En casa, en el colegio... No lo recuerdo bien. Solo sé que para mi mente infantil Juan Ramón era un señor que había ganado un premio, es decir, que había recibido un importante galardón por un burro que se llamaba Platero. Por tanto, este señor se dedicaba a la cría de burros y lo hacía muy bien, por cierto, ya que Platero parecía de algodón, “tan blando por fuera”...

No era una idea excesivamente descabellada. En mi pueblo todavía quedaban burros. Incluso recogían la basura con un carro tirado por un mulo.

Evidentemente, nadie me contó que el señor del burro había muerto en el exilio.

A pesar de la confusión inicial, Juan Ramón y yo mantuvimos una buena relación.
Quizás una maestra me leyó el famoso texto: “Platero es pequeño, peludo...” Tal vez lo copiamos en el cuaderno de clase e hicimos un dibujo. Me gustó tanto que lo acabé memorizando. Todavía hoy debo tener cuidado de no repetir la estructura de la comparación: “que se diría todo de algodón.”

Años más tarde tuve la suerte de ser alumna de una maestra entusiasta de Freinet y los textos libres. Aún recuerdo una de mis primeras redacciones. En ella describía a una mujer de mi calle, una anciana gitana que vivía sola. Cuando leí en clase el texto, mi maestra me preguntó si yo había leído a Federico García Lorca. Por supuesto, nunca había tenido un libro de Lorca en mis manos. Cuando por fin lo hice comprendí la razón de la pregunta. En aquel texto yo no imité al poeta granadino porque Federico vivía en mi misma calle. Las mujeres de luto que aparecían en su obra era mis vecinas. Mi madre cantaba con el mismo ritmo que sus poemas. Las niñas y los niños jugábamos al corro rimando sus versos.

Durante este curso conmemoramos el 75 aniversario de la muerte de Federico. A veces me cuestiono este tipo de eventos. Conocer a un poeta no significa saber de memoria la fecha de sus nacimiento y repetir como un papagayo sus títulos publicados. Lorca ofrece muchas facetas: poeta, músico, dibujante, dramaturgo. Su vida, su personalidad, sus amistades, el mundo que le rodeó, en suma, constituye uno de los momentos más interesantes de nuestra historia contemporánea. Su asesinato y las incógnitas en torno a su tumba deberían ser tratados al menos en Secundario y tercer ciclo de primaria. Pero lo fundamental sería que se acercasen a su obra de una forma grata, aunque solo fuera un poema. Si al menos recitasen “El lagarto está llorando”... Aunque es posible que terminen pensando que Federico se dedicaba a la cría de lagartos.


jueves, 5 de enero de 2012

DOCE AUTORAS EN 2011

He de reconocer que soy una lectora sin brújula. Escojo mis lecturas sin un plan determinado y me dejo influir por distintos factores. La elección tiene relación con mi estado de ánimo, con una crítica elogiosa o la recomendación de una amiga. En muchas ocasiones me presento en mi librería habitual (cuña publicitaria: librería Prisma de Tomares) y me planto delante del mostrador admitiendo mi desolación:

-¡No tengo nada para leer!

Entonces, la librera-amiga, que entiende de literatura y conoce sobradamente mis preferencias, me recomienda un par de novelas.

Hace varios años que redacto un diario de lecturas. No responde a ningún afán de erudición. Solo mi mala cabeza es la razón de semejante tarea. Una vez comencé un libro y cuando llevaba unas cincuenta páginas recordé que ya lo había leído. Se trataba de “Adiós a las armas” de Hemingway. Admiro la maestría de Don Ernest pero acompañar al protagonista bebiendo grappa por todo el norte de Italia solo se puede hacer una vez en la vida. Al menos en la mía.

Tampoco soy muy purista y no le hago ascos a un buen best seller, especialmente bajo una sombrilla playera.

Al anotar el último título del año (Diez mujeres de Marcela Serrano) hice un repaso de la lista del 2011. Casualmente, había comenzado el mes de enero con otra autora sudamericana. Gioconda Belli me ayudó a iniciar el año con ilusión en El país de las mujeres.

En febrero me fui a Nueva York (literariamente hablando) a acompañar a las amigas de El club de los viernes de K. Jacobs y hacer un jersey con agujas de punto.

En marzo salió a la venta el último tocho de la saga de Los hijos de la Tierra de J. Auel. No se lo recomiendo a nadie, es un auténtico ladrillo, aunque no pude resistir la tentación de seguir los pasos de Ayla, el personaje que me encandiló en El clan del oso cavernario.

Una buena amiga me recomendó La segunda esposa, de Luisa Castro, que me sorprendió gratamente. Una novela corta en la que recorremos las vicisitudes de una joven escritora que se enamora de un reputado intelectual, por el cual pasó del sueño de Cenicienta a la terrible pesadilla del maltrato psicológico.

De ahí me trasladé a la Inglaterra del primer tercio del S. XX, con la fina ironía de Stella Gibbons y La hija de Robert Poste.

Entonces llegó el verano y me acomodé bajo la sombrilla con los best sellers playeros de Kate Murton: El jardín olvidado y la casa Riverton. Lectura entretenida y ligera para sobrellevar el calor estival.

A finales de agosto, accedí a otro gran descubrimiento, Belén Gopegui con su novela Acceso no autorizado. Se trata una crónica política tan creíble que podías poner un nombre real a cada personaje. Al mismo tiempo es una novela repleta de intriga, con el mundo de los hackers de fondo.

Septiembre me trajo Lo que esconde tu nombre de Clara Sánchez, sugerida después de preguntar en Twitter. Al principio la historia te engancha, pero el final pierde fuelle y acaba un tanto deshilachada.

El premio Nadal de 2011 recayó en Alicia Giménez Barlett y su Donde nadie te encuentre: un personaje muy potente, una historia real que me hizo regresar, una vez más a la guerra civil y la difícil posguerra.

Nativel Preciados publicó en noviembre No pudieron con ellos. Mereció la pena abandonar la ficción para recordar que hay personas que son un ejemplo ético, capaces de resistir en las peores circunstancias, que no se dejan seducir por falsos oropeles.

Después me tragué el fiasco de Lucía Etxebarría y su novela El contenido del silencio. ¡Qué lástima no tener chimenea como Pepe Carvlho!.

Cerrando el círculo apareció la última novela de Marcela Serrano, a la que había empezado a leer en los años noventa y no había vuelto a publicar desde entonces. Las historias de las mujeres que aparecen en la obra muestran un gran conocimiento del género femenino. Las novelas de esta autora chilena son, desde mi punto de vista, la mejor lección de feminismo.

Natasha, una de las Diez Mujeres de Marcela Serrano dice:

-”Mi única militancia son las mujeres”

No creo que las mujeres sean mi única militancia pero es posible que hayan ocupado buena parte de mi tiempo de formación y de ocio.

Aunque durante este año también haya intercalado obras de Auster, Marsé, Carver, Kerouac, da la impresión que la literatura escrita por mujeres ha tenido un papel relevante. Es ésta una buena señal, sobre todo si consideramos que el lector no ha de ser necesariamente femenino.

PD: Por supuesto, sobre gustos no hay nada escrito; P