domingo, 4 de septiembre de 2016

Una madre de Alejandro Palomas

Siempre que acabo una buena novela me queda un vacío en el estómago. Hojeo las últimas páginas o veo en el libro electrónico el indicador de haber alcanzado el 90% y siento una especie de vértigo. ¿Ya estoy terminando' ¿Y qué haré de aquí en adelante? ¿Cómo podré vivir el resto de mi vida sin estos personajes'
Llego hasta el final y a veces no me concentro en el desenlace. Tengo la impresión de que me han traicionado, como si me hubieran abandonado en una isla desierta.
Por primera vez en mi ya dilatada vida, septiembre ha comenzado para mí con un asueto playero junto a este mar de Cádiz que me tiene atrapada.
Si alguien se hubiera detenido a observarme en mi tumbona playera, bajo una sombrilla violeta que el viento de Levante se empeñaba en volar, es posible que llegara a la conclusión de que me faltaba algún tornillo en la cabeza.
Habría visto a una mujer gordita ataviada con sombrero rojo sosteniendo un e-book apoyado en una funda que alguna vez fue verde, ahora cubierta de manchas oscuras causadas por el roce de los dedos.
La mujer pasa largos ratos leyendo frente al mar. De vez en cuando para, abre la bolsa de playa, bebe agua de una botella de plástico, consulta el móvil, intercambia algunas palabras con su acompañante y continúa leyendo.
A veces parece que le diesen espasmos. Se tapa la boca con la mano. aprieta el abdomen y se encoge sobre la tumbona. Al principio. el "voyeur" puede pensar que la mujer padece alguna enfermedad que le provocan convulsiones, pero tras observar este gesto repetido en distintas ocasiones, descubre que se está riendo, ahogando las carcajadas para no asustar las olas. También comprende que con el gesto de apretar el abdomen y subir las piernas, pretende evitar las aguas menores en lugar tan concurrido.

Otras veces el rostro de la mujer se muestra compungido. Frunce el ceño y se le acentúan dos arrugas en el entrecejo. Apoya el dedo índice sobre los labios, como si pidiera silencio, como si fuera posible callar a las señoras tumbadas en la arena, a las niñas chapoteando con las olas, al vendedor de barquillos, al señor vestido de blanco que carga con un canasto en forma de barca mientras pregona:
-¡Camarones!
-¡Camarones de las isla!
Desde lejos, no es posible conocer el título de la novela que la mantiene en tal estado de ensimismamiento. Si te acercas y le preguntas te dirá que se titula "Una madre" y el autor se llama Alejandro Palomas.


1 comentario:

eva fernandez dijo...

Esa mujer a la que describes, bien podría ser yo. Mi acompañante no toma el sol; intenta dormir, pero se sobresalta con cada carcajada y con cada "puchero".
Excelente libro y excelente escritor. Lo he regalado varias veces y no puedo dejar de recomendarlo. Me divertí tanto...!!!