sábado, 26 de septiembre de 2015

Dejarse atrapar por arañas

Se sienta a oírlos llegar. Vienen gritando por el pasillo, con el pelo alborotado y las últimas migas del bocadillo salpicando la camiseta.
Algunas mañanas, cuando hay cola en la cafetera y ella se demora, la esperan sentados en un escalón mientras la impaciencia roe sus pantorrillas como termitas.
Según una ley no escrita, toda lectora esconde una bibliotecaria dentro y a la inversa. Esta es una verdad irrefutable, piensa mientras espera.
Los primeros en llegar cada día a su biblioteca son los buscadores de Wally. La bibliotecaria es la depositaria de la lupa que ansían tan ávidos exploradores. Solo el más rápido corredor de pasillo alcanzará el preciado tesoro.
Ella observa a su clientela. Dos niñas con coletas revuelven el estante de los gomets rojos.
Su cabeza no para de dar vueltas. ¿Qué les gustará leer? Recorre los estantes al tiempo que redacta listas imaginarias: más libros de Educación Infantil; un álbum sobre Frida Kalho que vio en una librería; la colección de “Asmir no quiere pistolas”, libros de poesía,…
Los gomets de colores se amontonan sobre su mesa.
El martes entró un niño desconocido. Arrimó una silla  y se puso a leer sin mediar palabra.
La bibliotecaria tiene muchas dudas. Además de lectora es maestra, madre, mujer… Y cada vez está más segura de que es una persona imperfecta.
Por encima del ordenador con el Abies abierto en canal, atisba las cabecitas que pueblan la biblioteca. No acierta a decidir si exigir el silencio sepulcral de un templo del saber o respetar el rumor alegre que los buscadores de Wally despliegan por la sala.
El jueves llegaron dos niñas de sexto.
-Si leemos mucho, ¿nos subes la nota de Lengua?
-Por supuesto, contestó, sin que su cabeza dudara un segundo.
Como respuesta, las niñas abrieron dos gruesos volúmenes sobre la mesa.
En este pueblo del área metropolitana, en pleno siglo XXI, una niña no necesita un emparrado, un cobertizo ni una Hoja Sarracena en los que refugiarse. La bibliotecaria se imagina con 10 años y una Tablet en la mano surfeando la web. No le quedaría tiempo para atravesar Siberia con Miguel Strogoff, ni podría acompañar a Salgari por los Mares del Sur.
-Lo siento, Corsario Negro, ahí te quedas. Sonríe para sus adentros.
La Maruja que lleva dentro la empuja a sumergirse en los cajones del archivador poniendo orden en catálogos, gomets, pegatinas y fixo. En ocasiones descubre pequeños tesoros: un marcapáginas, un diario en blanco,… De una carpeta repleta de fotocopias rescató un cartel con Los Derechos del Lector de Daniel Pennac. Le gustó tanto que anda pensando cómo darle utilidad. Quizás lo enmarque para colgarlo en la sala de lectura o tal vez lo fotocopie para distribuirlo por todas las aulas del colegio o ambas cosas a la vez. Es una pena que el señor Pennac se olvidara de las lectoras y tenga que editarlo previamente.
La bibliotecaria tiene que fomentar la lectura. Ella cree que las adultas yerran al empeñarse en que  niños y niñas lean los mismos libros que les fascinaron en sus propias infancias. La bibliotecaria lo aprendió de equivocarse con sus hijas, con su alumnado.
El viernes se llevó una gran sorpresa. Ella venía de lavar la taza del café en el lavabo. Él estaba repantigado en una silla, lejos de los buscadores de Wally, tan al filo del asiento que podía caer al suelo con un soplo de aire. Sus gafas habían resbalado y se sostenían en dramático equilibrio sobre la punta de su naricilla. No pestañeaba. No oía nada a su alrededor. Absorto, contemplaba un libro sobre “Arañas”.
La bibliotecaria continúa elaborando su lista imaginaria: comprar más lupas, comprar más lupas, comprar más lupas.
Incluso está pensando en ampliar el decálogo de Daniel Pennac con dos nuevos derechos.

11.-El derecho a buscar a Wally eternamente.

12.-El derecho a dejarse atrapar por arañas.


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