jueves, 20 de septiembre de 2012

Estación del Prado

El día que mis ojos se posaron en Valdelarco cumplí un viejo sueño. Ante mí aparecieron, por fin, los tejados que trepan por el cerro sosteniendo la torre.
Durante años, la imagen del pueblo onubense me saludaba al entrar en la estación del Prado como una promesa de felicidad. Un autobús te podía acercar a la tierra prometida, al pueblo encaramado en el cerro, al abrigo de las chimeneas, al calor del carbón de encina.
Siendo estudiante, cada viernes pasaba delante del mural con la maleta a cuestas, repleta de ropa sucia y el domingo por la tarde regresaba con la misma maleta oliendo a suavizante, tortilla de patatas, filetes empanados. Mientras, me aguardaban en la estación las calles empinadas de Valdelarco.
En la estación adquirí el concepto de la espera. Arrebujada en el abrigo, sentada en un banco de hierro, permanecía inalterable a los vientos que se daban cita entre las columnas y los andenes. Solo cabía sostener el libro, los apuntes, el periódico y leer mientras llegaba el autobús; pararse a observar a los viajeros que deambulaban; recorrer la estación en un corto paseo esquivando los pasos.
Siempre había un hombre de edad indefinida que ofrecía la mercancía en un canasto, apostado junto a una columna.
Recuerdo el kiosco de chuches, que exponía las naranjas y los limones de caramelo que mis padres me regalaban de pequeña tras alguno de sus escasos viajes a Sevilla, cuando la ciudad parecía situarse más lejos de lo que ahora creemos. Para mí las naranjas y limones de caramelo están asociados a la estación, como si fueran el único lugar posible donde se pudiesen adquirir.
Ojalá muchas generaciones pudiesen apearse en un andén, arrastrar sus maletas por el hall, tomar un taxi o un autobús, cruzar la calle y descansar a la sombra en los jardines de Murillo, caminar por el callejón del Agua, asistir a una función en el teatro Lope de Vega tan cercano, sentir el paso del tiempo, los pasos perdidos, las miradas esquivas, las sonrisas rotas, la vida que palpita en la estación.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Sabes, me recuera a mis d´ias en el pueblo que me acercaba a la infancia, al olor a comedor y a la puerta azul. A aquelos desayunos de cantina con olor a luuvia y a aguardiente envueltos en los chistes tristes de los jornaleros andaluces que contemplaban la lluvia y perdían un día de jornal. Cuando llegaba a mediodia a la estación de Santa Justa, a veces en la tarde, no sé porque realmente, pues la niebla matinal de la Vega sevillana me hacía soñar, sin embargo, cuando saiía de la estación, mi mirada se agrandaba enormemente, mi cuerpo sentía el infinito, la libertad del anonimato de la ciudad. Me sentía en mi sitio, o casi. Carmen Valle.

pepabb dijo...

Bienvenida, compañera. Es que soy una chica de pueblo. Puedes salir del pueblo, incluso huir, pero el pueblo no te abandona nunca.
Besos.