miércoles, 25 de julio de 2012

MUROS AJENOS


Cada casa es un mundo, un paisaje, una vida diferente. Así entiendo cada verano cuando me convierto en nómada y habito muros ajenos. En un hotel siempre serás una invitada, una viajera de paso.
En una casa o un apartamento albergas la ilusión de que emprendes una nueva andadura. Imaginas que te transformas en otro personaje, tomas prestados sus muebles, sus enseres. Compras en el supermercado de la esquina; tomas café en la terraza cercana; observas a los transeúntes por la ventana. A veces, incluso entablas conversación con los vecinos; te regalan una lechuga del huerto o preparan una cuajada para ti.
Me hubiera gustado repetir en algunas de estas casas de verano. Pero la nómada que llevo dentro busca cada año otros paisajes para sus retinas. ¡Son tantos los mundos por visitar y es tan corta la vida!
En la ladera de Los Picos de Europa se encontraba la casa de Tanarrio. Muros de piedra, chimenea, silencio. En el jardín, una mesa de madera y un castaño de anchas hojas. Me hubiera quedado a vivir a su sombra.
Desde el balcón del apartamento de Ziga, en el valle del Batzan, se veían las vaquerizas. Las niñas se asomaban a contemplar al camión que cargaba la leche cada mañana. Por la tarde, un pelotari solitario golpeaba la pelota en el frontón.
El apartamento de Amsterdam no tenía visillos ni persianas. Bajo las ventanas, la gente pasaba en bicicleta, con la cesta repleta de viandas, o patinaba entre los coches de la avenida. Las gotas de lluvia salpicaban los cristales y luces tenues, amarillas, alumbraban las ventanas de otras casas.
En el apartamento blanco que se asoma al mar de Cádiz, las mañanas eran gloriosas. El desayuno se convertía en un ritual azul y luminoso. De madrugada el oleaje combatía con el viento de Levante.
Los muebles escasos, las cortinas sencillas, el menaje justo, los armarios vacíos. Mi ligero equipaje inundaba por un tiempo el espacio. Los libros en los estantes, las blusas en las perchas, los sombreros junto a la puerta, los olores de nuestros guisos, el bote de gel en el baño.
No regresaré a ese lugar que ocupé en dos ocasiones. Volveré a cargar mis bártulos de nómada y tomaré nuevos caminos.
Quizás quede allí algo nuestro: un susurro, una risa, un grito o un llanto. Es posible que estos muros conserven por siempre nuestros sueños.





No hay comentarios: