domingo, 24 de mayo de 2009

TECHO DE CRISTAL

Aún intentando ser muy optimista, es imposible considerar que las niñas de hoy no se encuentren con el famoso techo de cristal cuando accedan al mercado laboral. Todavía parten de una falta de igualdad de oportunidades en sus propias familias. Tengo alumnas que deben limpiar el cuarto de baño después de que los usen sus hermanos mayores y varones; hay niñas que sólo tienen acceso al ordenador cuando su padre y su hermano (más pequeño) se han cansado de él; mis alumnas tienen menos libertad que sus compañeros,… Estoy hablando de un entorno de clase media, donde tiene empleo más del 70% de las madres y el nivel de estudios oscila mayoritariamente entre el bachillerato y los estudios universitarios.       

Se mantienen los roles tradicionales y se aduce como la primera causa del escaso acceso a la función directiva la falta de formación fuera del horario laboral. No me extraña en absoluto, pues las mujeres priorizan el cuidado de los demás a su ascenso profesional.  No es que me parezca mal, lo que debe cambiar es         el hecho de que los hombres no asuman estas tareas y antepongan siempre su trabajo. La clave está en compartir funciones productivas y reproductivas. Para ello debe haber un cambio de mentalidad. Tampoco se trata de aparcar los niños y niñas en colegios y guarderías hasta la siete o las ocho de la tarde. Éste es un grave error que nuestra sociedad pagará más tarde o más temprano. Ya se ha estudiado y escrito mucho sobre los riesgos de la institucionalización de la infancia, pero nadie quiere recordarlo. 

Se ponen en marcha medidas de conciliación, que aunque escasas, pueden ser beneficiosas, pero da la impresión que están pensadas para que concilien las mujeres y los hombres se puedan quedar en el despacho hasta las diez de la noche. ¿Cuántos hombres han compartido la baja maternal? ¿Cuándo va a dejar de ser noticia que un hombre lo haga? Además,  no creo que se deba compartir la baja, más bien pienso que ambos deben disfrutarla. Que yo sepa, los pañales no tienen restricciones de uso para el sexo masculino.   

A todo esto hay que añadir el carácter competitivo que se imprime a todo puesto directivo. Se quiere dar la impresión de que para ascender laboralmente, además de hacer  muchas horas extras, hay que pisar y machacar al contrario, convertirse en una especie de lobo  autoritario y cruel. Pocas mujeres están dispuestas a ser directivas en estas condiciones, si además se les demanda que aparque en un segundo plano sus afectos. 

Muchas cosas han de cambiar para que las niñas del presente no se encuentren con el techo de cristal. Si esto ocurriera, habríamos vivido una auténtica revolución, capaz de socavar los cimientos de la sociedad patriarcal. 

 

 

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