sábado, 19 de julio de 2008

Primera semana

Odio el verano

Tres de julio (tercer día de vacaciones): me he despertado a las 7.30 a.m., con la sintonía musical de los gritos de mi vecina, que carga con sus 60 años y su viudez con una energía admirable, lo cual le permite hablar de madrugada en la puerta de su casa como si fueran las doce del mediodía.
La placidez del despertar me ha provocado una contractura en el cuello, tal vez por contener la furia que me invadía y reprimir a la Maruja que llevo dentro. A partir de ahí, rigidez de cuello, dolor y antiinflamatorios a tutiplén.
Nada de esto me ha impedido planchar, hacer de comer, recoger la ropa del tendedero, ir al banco, depositar tres sobres de matrícula en cajas de cartón (siempre me queda la incertidumbre: ¿se perderán?), organizar a mis hijas, castigarlas sin los Simpson después de que se hubieran pegado, probarme dos vestidos de rebajas que me quedaban estrechos, ver el correo electrónico,… Todo ello antes de las dos, por supuesto.
La contractura ha sido la culminación de un maravilloso comienzo del veraneo. Como voy aplazando un sinfín de temas pendientes, llevé a mis hijas al dentista el día uno (¡con lo bien que yo hubiera estado en el Corte Inglés!) con el resultado de cuatro empastes y una ortodoncia por valor de 3.000 euros, a pagar a módicos plazos.
Se me averió la tele y ahora más que ver los programas, los adivino (eso implica, que tengo que comprar una nueva); el móvil va a su aire y no me deja hacer llamadas; he pasado varios días sin Internet hasta que por fin llegó mi salvador, un técnico de telefónica, para decirme que yo no había colocado bien los cables. Mis hijas volvieron del campamento cargadas de ropa sucia, aunque debo congratularme de que se encontraban en perfecto estado de salud y sin ningún parásito alojado en sus cabezas.
Para relajarme un poco, ayer, día dos, me dirigí a la piscina municipal. Una obra contigua tenía instalada una grúa con un pitido insoportable, que no lograba atenuar ni la maravillosa novela de Donna León que estaba leyendo. Resultado: jaqueca.
Por suerte me queda el Aquagym, donde me harto de reír con otras Marujas como yo que tampoco tendrán los armarios limpios. Si esto no se endereza, el próximo año me pido quedarme en el colegio a ordenar papeles, fotocopiar las fichas del nuevo curso, fregar los azulejos de los baños o darle unas bajeritas a los pasillos, que falta les hace. Pero sin mariposas, que me da la impresión de que van a salir volando de un momento a otro.

1 comentario:

©Lola Urbano Santana dijo...

jajajaja
¡Genial!
o tengo el remedio para nuestros males: morirnos. Digo yo que hasta el cementerio no van a ir dando por saco para que les arreglemos la vida: a la vecina, al de la grúa, a las nenas...
Aunque otra opción mejor es coger un par de bragas, una mochila y largarte un mes, ya verás como alguna cosa cambia... ¿o no?
Vale, último intento: medita. Llegará un momento en que la viuda chillando encima de la grúa te parezca el silencio... de los corderos ;-P
¡Guapa!