Cada casa es un mundo, un paisaje, una vida diferente. Así entiendo cada verano cuando me convierto en nómada y habito muros ajenos. En un hotel siempre serás una invitada, una viajera de paso. En una casa o un apartamento albergas la ilusión de que emprendes una nueva andadura. Imaginas que te transformas en otro personaje, tomas prestados sus muebles, sus enseres. Compras en el supermercado de la esquina; tomas café en la terraza cercana; observas a los transeúntes por la ventana. A veces, incluso entablas conversación con los vecinos; te regalan una lechuga del huerto o preparan una cuajada para ti. Me hubiera gustado repetir en algunas de estas casas de verano. Pero la nómada que llevo dentro busca cada año otros paisajes para sus retinas. ¡Son tantos los mundos por visitar y es tan corta la vida! En la ladera de Los Picos de Europa se encontraba la casa de Tanarrio. Muros de piedra, chimenea, silencio. En el jardín, una mesa de madera y un castaño de anchas hojas. Me hubie...