La mujer que baja del autobús se llamaba Dolores. Le cuesta descender la escalerilla de altos peldaños porque las caderas anchas y las piernas gruesas entorpecen sus movimientos. La mujer antes llamada Dolores ya no es joven, ni siquiera es de mediana edad. Ronda los sesenta años y su pelo ya no es completamente negro, vetas blancas se distribuyen por su cabeza. Pero aún conserva la tez morena, los ojos vivaces y la sonrisa confiada. Cualquiera que la conociera antes de llamarse Dolores la identificaría fácilmente por estos rasgos. Por eso, cuando baja del autobús, se va parando con gente que la reconoce y la saluda. Ella habla, besa, abraza, ríe. Sólo le falta bailar para ser totalmente feliz. Es la primera vez que viaja sola pero no ha tenido miedo. Su hija menor le envió un horario de autobuses por correo electrónico que ella imprimió en el ordenador del centro cívico del barrio. Allí acude cada día desde que vive sola y está haciendo sus primeros pinitos en informática. Sus hijas, ...