Me siento a escribir estos primeros días del año. El cielo está nublado y las aceras mojadas por la lluvia. Después de leer y ver todos los resúmenes posibles, llego a la conclusión de que 2025, en el fondo, no fue tan malo. De entre todos los desastres bíblicos que nos amenazan, solo nos tocó un apagón de varias horas. En Sudamérica, la gente aún sonríe al recordar nuestra desazón. También en algunas barriadas de Sevilla o en la madrileña Cañada Real. -¡ Problemas del primer mundo “, diría una de mis hijas. Después de una pandemia mundial y una inundación apocalíptica, el apagón fue “ peccata minuta” Me siento a escribir sin mucha esperanza en este nuevo año. Este 2026 no se presenta con buenos augurios. Te dan ganas de emular a Gila, descolgar el teléfono y preguntar: - “¿Es el año nuevo? Que se ponga” El desánimo que percibo a mi alrededor, solo motiva para meter la cabeza debajo de la almohada y esperar a que pase el temporal. Pero esto es un post de año nuevo y forzosam...
Descansa sobre la estantería la guía de Perú. Permanece en el mismo lugar en que se quedó la noche antes de nuestra partida, olvidada, en silencio. No nos acompañó, no atravesó el océano, no se asomó al Pacífico ni subió al altiplano, no divisó los Andes nevados ni contempló el vuelo del cóndor en el Valle del Colca, no surcó las aguas plácidas del lago Titicaca. En este mundo digital, mantengo una relación analógica con las guías de viaje. Hasta que mis dedos no acarician sus hojas no me creo que parto de viaje. Solo entonces se hace realidad el lugar al que me dirijo. La forma de relacionarme con la guía tampoco es muy usual. La hojeo, repaso los lugares recomendados, la información de utilidad, algo de historia… Solo me dedico a leerla con detenimiento durante el viaje, en el bus, en la cama del hotel después de una visita. Esta vez se quedó en casa y un mes después de regresar de Perú, siento la tentación de alargar la mano y volver a recorrer Arequipa o Cusco a través ...