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Entradas

Asturias sin sombrero

  “Ahora que de casi todo hace ya veinte años”, escribió Gil de Biedma -Ahora que de casi todo hace MÁS de veinte años, parafraseo, mientras cruzamos los túneles que horadan la cordillera cantábrica. Hemos atravesado la ancha Castilla y la extensa Extremadura, arrasadas por el impenitente calor de este verano. Huimos de las altas temperaturas que asolan el sur, como aves migratorias, como migrantes climáticas. Regresamos al Oriente de Asturias persiguiendo la estela de este mismo viaje cuando las niñas eran pequeñas, un concepto temporal que nos hemos otorgado como familia y no sabemos definir con exactitud. El periodo “cuando las niñas eran pequeñas” podría abarcar desde el nacimiento de las mellizas hasta los quince años. Después de los Pirineos, antes de Cantabria es otro elemento que se sitúa en el debate para datar aquellas vacaciones en la casa rural de Piloña, entre Infiesto y Arriondas y averiguar qué edad tenían las niñas y qué jóvenes y osados éramos tú y yo, atravesando ...

Viajes imposibles y viajes literarios

    Nunca visitaré la India. Esta es una verdad incuestionable. Cuando te acercas a la sexta década, tomas consciencia de las limitaciones que la edad te impone. - “Ya tengo más pasado que futuro”, repetía mi padre al acercarse a la vejez. No visitaré la India, aunque me lo pudiera permitir económicamente. Me aproximo a esa en la que no soportaré viajes excesivamente largos. No estaré dispuesta a abandonar mi cómodo sillón orejero para vivir una aventura en un país con un clima tropical. Habituada a cargar con surtidos botiquines en mis periplos, dudo de que haya suficiente omeprazol en el mundo para aminorar las consecuencias de una dieta repleta de salsas y especias. Mi obsesión con la India no tiene ninguna relación con la mística oriental, la meditación o la práctica del yoga. No pretendo poner en duda las bondades de esta disciplina: millones de yoguis repartidos por todo el mundo no pueden estar equivocadas. Sin embargo, mis escépticas incursiones en este ambiente han re...

In Venezia

Vamos  juntos hasta Italia Quiero comprarme un jersey a rayas La primera vez que pisé Venecia lo hice por mar y en verano. La ciudad surgió de la laguna como por arte de magia. La Plaza de San Marcos con la basílica, el Palacio Ducal y el Campanile emergieron de pronto de entre las aguas. En esta ocasión, viajo desde el aeropuerto de Treviso, en autobús y tranvía, al final del segundo otoño pandémico. Escribió Thomas Mann en “Muerte en Venecia”: “llegar a Venecia por tierra, desde la estación, era como entrar en un palacio por la puerta de servicio.” Por la puerta de servicio de Ferrovia, los turistas arrastran maletas y atraviesan el puente de la Constitución, donde tres gaviotas se disputan unas patatas fritas, ajenas al trasiego que las rodea; la gente sube y baja de los vaporettos, corren a la estación para tomar el  tren o hacia las paradas de autobuses de Piazale Roma. Desde muy temprano, numerosas embarcaciones recorren el Gran Canal. Algunas transportan grúas, otras, s...

Segundo verano pandémico

“ Pide que el camino sea largo.  Que sean muchas las mañanas de verano en que llegues , ¡con qué placer y alegría!,  a puertos antes nunca vistos. ”  Kavafis En el segundo verano pandémico, la turista ocasional ha eclosionado cual crisálida claustrofóbica. Meses  de confinamientos perimetrales habían hecho mella en su ánimo. Se sentaba delante del televisor a mirar  documentales sobre viajes, suspiraba al tropezar con las maletas en el trastero y acariciaba la guía que se  quedó varada en la mesa de noche durante la primavera de 2020. No es que la turista ocasional se haya  convertido en una intrépida viajera dispuesta a atravesar mares y océanos, solo ha pretendido dar un  pequeño paso, salir de su comunidad autónoma y subirse a un avión bien pertrechada de mascarillas y su  certificado de vacunación en la mano. Durante la primera semana de vacaciones en un recóndito paraíso gaditano, a punto estuvo de renegar de uno de sus fundamentos vital...

Las últimas brevas

  Recorro las fruterías del mes de junio, en culinaria peregrinación en pos de las mejores brevas. Pregunto a Jorge, mi frutero habitual, por whatsapp y me asomo al mostrador de Encarni, que asegura que este año ha habido pocas y no muy buenas y me anima a esperar a los higos. Solo Carlos encuentra en el barrio de la Macarena las brevas más dulces de la temporada.   De brevas a higos transcurre el estío, sin olvidar a los higos chumbos, desaparecidos por una plaga maligna los últimos años. Con los higos chumbos, aparece la imagen de Manolillo el “Añedío” y su carretilla, el único al que mi madre compraba, porque se esmeraba limpiando los higos chumbos y pelaba con precisión matemática los espinosos frutos antes de depositarlos en el plato. Y aparece el abuelo, bajo la parra, machacando los ingredientes de un gazpacho que solo él y mi hermano podrán tomar, aderezado en exceso de sal y vinagre. El viejo jornalero, con la piel curtida por el viento y el sol, repitiendo la tarea q...

Una carta

Este relato fue premiado en el certamen organizado para el conmemorar el Día Internacional de la Mujer en la Campana (Sevilla)   Los pasillos del instituto aún permanecían a oscuras. Las paredes salpicadas de huellas de zapatos y botas deportivas. El olor a desinfectante impregnaba el aire gélido de la mañana. Sintió mareos. Apenas había desayunado: un sorbo de leche, un bocado de dónut. Su padre la había mirado de reojo mientras se tomaba el café, de pie junto al fregadero. Había salido de casa más temprano que ningún día. No deseaba tropezar con nadie de camino a clase. Apresuró el paso indagando las sombras. Llegó al instituto cuando el día se despertaba y se coló por una puerta lateral. El silencio envolvía el viejo edificio de ladrillo. Ese silencio, esa quietud eran lo que Sara buscaba.  La noche anterior se había dormido de madrugada, derrotada por el llanto, intentando ahogar los sollozos contra la almohada. Tuvo que apagar el teléfono móvil. Adrián no paraba de enviar...

El año pandémico

  Acudo a esta cita anual de Nochevieja abrumada por las dudas. Escribo porque escribir también es resistir. Escribo para cerrar la puerta a este fatídico año que, sin embargo, acaparó el inicio más ilusionante. Vivíamos con la certeza de que, a pesar de las crisis, los nefastos gobiernos, el desempleo pertinaz y la violencia de género que no cesa, teníamos la fortuna de ser la primera generación de la historia de España que no sufriría una guerra. Pero estalló la pandemia, la distopía se hizo real y destrozó la quimera. A pesar de ello, hay que sacar fuerzas para decir adiós al año en que perdimos la primavera, convertida en un inmenso agujero negro que se tragó nuestros sueños, el año de la leve tregua de verano, paseando con mascarillas a la orilla del mar, del miedo a la vuelta al cole en septiembre y al desasosiego de la segunda ola, con la fatiga pandémica inoculada en nuestros huesos. Tapiamos con piedras el final de este 2020, que quisiéramos olvidar, en el que aprendimos a...