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Asturias sin sombrero

 “Ahora que de casi todo hace ya veinte años”, escribió Gil de Biedma

-Ahora que de casi todo hace MÁS de veinte años, parafraseo, mientras cruzamos los túneles que horadan la cordillera cantábrica.

Hemos atravesado la ancha Castilla y la extensa Extremadura, arrasadas por el impenitente calor de este verano. Huimos de las altas temperaturas que asolan el sur, como aves migratorias, como migrantes climáticas.

Regresamos al Oriente de Asturias persiguiendo la estela de este mismo viaje cuando las niñas eran pequeñas, un concepto temporal que nos hemos otorgado como familia y no sabemos definir con exactitud. El periodo “cuando las niñas eran pequeñas” podría abarcar desde el nacimiento de las mellizas hasta los quince años.

Después de los Pirineos, antes de Cantabria es otro elemento que se sitúa en el debate para datar aquellas vacaciones en la casa rural de Piloña, entre Infiesto y Arriondas y averiguar qué edad tenían las niñas y qué jóvenes y osados éramos tú y yo, atravesando la península con tres niñas calzadas con botas de campo. Era aquel verano en el que después hicimos una parada en Gredos y compartimos un día con M y sus hijos, ahora tan mayores, trabajando fuera.

En Oviedo, os hago recordar las fotos que guardo en una caja, cuando todavía revelábamos los carretes y cargábamos con la cámara a todas partes. Nos habíamos tomado una instantánea en la estatua de Ana Ozores saliendo de la catedral. Vosotras, vestidas de verde como los prados, mi amiga asturiana, con un traje azul. Junto a la estatua nos hemos vuelto a hacer una foto, vosotras más altas que yo, aunque ahora nos falte una.

Habíamos comido bonito y sidra en la plaza del Fontán y vosotras jugabais con las palomas con un fondo de casas de colores amarillos y anaranjados.

No recordáis nada-me advertís- Y tú y yo nos miramos con desolación. Solo os queda la imagen del columpio de la casa, la nítida presencia de un perro, quizás el olor del heno recién cortado con el que alimentabais a unas cabras en el prado.

En Ribadesella, te esfuerzas por traer a la memoria un paseo por la playa, las deportivas colgadas al cuello por los cordones, las mangas largas de las camisetas y los pantalones arremangados para no mojarlos con el agua, una playa donde había restos de dinosaurios y un pueblo donde aún no se fabricaban galletas llamadas letizias.

Tampoco existía el Museo de los dinosaurios de Colunga, porque sin duda, habría sido una cita obligada.

Esta vez nos alojamos en Llanes y discutimos si en el paseo de San Pedro, hace más de veinte años, había árboles. Tomamos el sol en la playa del Sablón –el agua del Cantábrico sigue pareciendo hielo a nuestros cuerpos sureños-, aunque tenemos que instalar la sombrilla para protegernos en ciertos momentos.

Ahora que de casi todo hace más de veinte años, parece increíble que nos encontremos en el primer verano después de la pandemia. Tal vez alguien me rebata para indicar que el virus sigue con nosotras, ocupando cuerpos y matando. Pero su huella solo trasciende en alguna mascarilla en la calle, en algún cartel que indica las medidas higiénicas. 

Da la impresión de que hemos encerrado estos dos años en un sótano y los hemos clausurado con la cadena más gruesa de la ferretería.

En la maleta no puse el sombrero, algo extraño en mí, que soy incapaz de salir a caminar sin él desde primeros de mayo. Los veintisiete grados de máxima de la cornisa cantábrica se le antojaban poca cosa para esta subpajariana habituada a los cuarenta grados a la sombra. Por tanto, recorro el norte profundo agobiada por los rayos del sol que calientan mi cabeza.

Subimos a los Lagos de Covadonga, en autobús, muy temprano, antes que las demás hordas de turistas asusten a las vacas. Tampoco los recordáis, a pesar de que vinimos en nuestro coche, con la familia de mi primo, aparcamos arriba y tenemos una foto del momento enmarcada en el salón, vosotras bien abrigadas, con vuestros chubasqueros. Esta vez nos encontramos con un cielo de un azul insolente, aunque con el mismo bello panorama de vacas glotonas y picos elevados observándonos desde las alturas.

-¡Todo está lleno!. Quienes iban antes a veranear al sur, ahora vienen al norte. Porque ahora no hay orvallo, ¡no hay orvallo! - grita una señora en la terraza de la sidrería.

Otra anciana se desespera al pensar en el invierno, en la factura de la luz, en las posibles restricciones a la calefacción…

Ahora es verano. A pesar de todo, el ambiente explota de alegría en los preparativos de las fiestas de Llanes. Después de más de veinte años el oriente asturiano está muy cambiado. Cuesta caminar por sus rutas sin sombrero, con menos orvallo pero aún verde y fresca.

Incluso me ha parecido que la estatua de Ana Ozores torcía el gesto con un mohín burlón, entre descarada y empoderada, como si pensara mandar a paseo a Clarín y a toda la alta sociedad de Vetusta.

Y mal que nos pese, después de más de veinte años, nuestras niñas han crecido

Comentarios

Maestra Mari ha dicho que…
Pepa, cómo me acuerdo yo también de aquellas vacaciones y el encuentro inesperado en los lagos!!! Nosotros tenemos que volver. Es cierto que nada es como hace veinte años.
A mis hijas les pasa como a las tuyas. Ahora que viajan mucho por su cuenta, cuando les comentó " Ahí habeis estado vosotras, no os acordáis cuando....", me contestan : No mamá, nosotras que nos vamos a acordar " Aunque yo tengo la certeza de que algo, o mucho, queda de todos nuestros viajes en família.
pepabb ha dicho que…
Hola, no había visto tu comentario. Yo también creo que algo les queda, al menos, la apertura de mente y las ganas de viajar. Un abrazo

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