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El relato que no he escrito

  La final del mundial me pilló en un hotel de las afueras de Valladolid, donde éramos los únicos huéspedes. Todos los restaurantes de la zona cerraban a las ocho y tuvimos que cenar una hamburguesa  a los pies de la cama. Grité el gol de Ferrán con la seguridad de que nadie sería molestado. Al instante, se escuchó un eco de algarabía general acompañada de cohetes y fuegos artificiales. Este era el comienzo de una crónica de viajes que nunca escribí.  Continuaría recordando otras finales: la final del mundial femenino de 2023 en el móvil en la T4 mientras esperaba el embarque y en 2010 el gol de Iniesta la noche antes de coger un vuelo hacia Praga. Yo pensaba redactar una crónica de viajes, más concretamente de uno que repite un viaje mítico, primigenio, aquel verano del 90 en el que, mochila a cuestas, visitamos San Sebastián y Santander. En ese relato que iba a escribir pensaba refutar a Sabina cuando canta: “En Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debi...

Un año sin miedo

Me siento a escribir estos primeros días del año. El cielo está nublado y las aceras mojadas por la lluvia. Después de leer y ver todos los resúmenes posibles, llego a la conclusión de que 2025, en el fondo, no fue tan malo. De entre todos los desastres bíblicos que nos amenazan, solo nos tocó un apagón de varias horas. En Sudamérica, la gente aún sonríe al recordar nuestra desazón. También en algunas barriadas de Sevilla o en la madrileña Cañada Real.  -¡ Problemas del primer mundo “, diría una de mis hijas. Después de una pandemia mundial y una inundación apocalíptica, el apagón fue “ peccata minuta” Me siento a escribir sin mucha esperanza en este nuevo año. Este 2026 no se presenta con buenos augurios. Te dan ganas de emular a Gila, descolgar el teléfono y preguntar:  - “¿Es el año nuevo? Que se ponga” El desánimo que percibo a mi alrededor, solo motiva para meter la cabeza debajo de la almohada y esperar a que pase el temporal. Pero esto es un post de año nuevo y forzosam...

Perureando en septiembre

  Descansa sobre la estantería la guía de Perú. Permanece en el mismo lugar en que se quedó la noche antes de nuestra partida, olvidada, en silencio. No nos acompañó, no atravesó el océano, no se asomó al Pacífico ni subió al altiplano, no divisó los Andes nevados ni contempló el vuelo del cóndor en el Valle del Colca, no surcó las aguas plácidas del lago Titicaca. En este mundo digital, mantengo una relación analógica con las guías de viaje. Hasta que mis dedos no acarician sus hojas no me creo que parto de viaje. Solo entonces se hace realidad el lugar al que me dirijo.  La forma de relacionarme con la guía tampoco es muy usual. La hojeo, repaso los lugares recomendados, la información de utilidad, algo de historia… Solo me dedico a leerla con detenimiento durante el viaje, en el bus, en la cama del hotel después de una visita. Esta vez se quedó en casa y un mes después de regresar de Perú, siento la tentación de alargar la mano y volver a recorrer Arequipa o Cusco a través ...

Prometer el mar

  Dos años después de su estreno, por fin pude ver la película “ El maestro que prometió el mar ”. En ella se narra la búsqueda de los restos de los asesinados por el blando sublevado en 1936, en una fosa de un pueblo de Burgos, donde deberían aparecer los cuerpos del bisabuelo de la protagonista y del maestro Antonio Benaiges La película es tan emocionante que a los quince minutos arranqué a llorar y no me quedó más remedio       que pararla. Solo pude verla en pequeñas dosis, a lo largo de dos días. La protagonista entabla amistad con un anciano que le muestra fotos y le habla de su maestro, Antonio Benaiges, el maestro que prometió llevarlos a ver el mar. Entre todos los momentos emotivos que aparecían en la pantalla, hubo uno muy especial, que me provocó un vuelco del corazón. En la pizarra negra, el maestro escribía con tiza blanca un texto escrito por uno de sus alumnos o alumnas. El resto de la clase corregía el escrito, señalaba alguna fal...

Un año más, un año menos

La Navidad me ha pillado blandita,  tan blandita como para que una lágrima despistada resbale por mi mejilla con el famoso anuncio de fiambre. Cualquier sábado navideño, el metro avanza con el doble de vagones. El sabor agrio de las comidas de empresas ocupa los asientos.  Las mejores galas, botas altas, blusas con brillo,  abrigos con sutiles estampados visten los cuerpos de la resaca de cerveza y marisco. Regreso del cine donde he llorado y he reído con la película sobre Gila. Un titular de prensa advierte  que Elon Musk tiene previsto apoyar a la ultraderecha europea. Imagino a Gila marcando el número del dueño de X: "¿Es el enemigo? Que se ponga? Cuando me preguntan por mi lista para Reyes y respondo con la consabida "salud", C me recrimina que es un deseo de personas mayores. Leo que hay 56 conflictos armados en el mundo,  que implican a más de 90 países. Y los niños y niñas de Gaza ahora, además.   mueren de frío. Da miedo repasar en el peri...

Islandia, hielo y fuego

  Para este viaje no necesitaba sombrero ni protección solar. En las alforjas, convertidas en grandes maletas, gorro y guantes de lana, camisetas, pantalones y calcetines térmicos. -Demasiado- pensaba yo con ingenuidad. Excesivo para el mes de agosto, por muy cerca del círculo polar ártico que se encontrara mi destino. Escaso, comprobé, al poco tiempo de pisar el país de hielo. Las sureñas, aunque odiadoras del calor extremo del estío, carecemos de la capacidad para calcular el frío que desata el viento del norte. Tampoco podemos adivinar que, en Islandia, el otoño comienza en agosto, aparecen las primeras hojas amarillas e incluso nieva en las montañas que rodean Akureyri, la capital del norte de Islandia. Con mi maleta repleta de inútiles camisetas de manga corta, viajé a esta isla de hielo y fuego, acompañada de un reciente y desconocido sentimiento de culpa gentrificadora e intentado reprimir el impulso de averiguar la huella de carbono. Antes de volar, desisto de aprender algu...

Aquel verano del 90

En mis fotos del verano del 90 abundan el verde, el azul y un muchacho delgado con un ducado entre los dedos. El verde luminoso del norte de España me sorprendió al asomarme a la ventanilla del tren, después de bajar de la litera en la que había dormitado aquella noche mientras atravesábamos la meseta norte. Desperté entrando en Euskadi y mis pupilas se dilataron al comprobar que la península también se vestía de verde en verano, en contraste con los secos y amarillentos estíos del sur que yo estaba habituada a transitar. Con 27 años, solo había cruzado una vez Despeñaperros, para asistir a un Congreso en Madrid. - “Despeñaperros ya no es lo que era”. Mi amiga Ana, casada con un ferroviario con kilométrico, intentaba consolarme de mis frustradas ansias viajeras. Pero el verano del 90 llegó para cambiar mi vida, nuestras vidas. Yo había trabajado seis meses como maestra interina y, por primera vez, iba a cobrar el desempleo, por lo que no  necesitaba ningún subempleo veraniego, ni c...

Madre Patio

Geranios,  malva chinas, claveles, clavellinas.  Jazmines .  Me vuelvo loca tomando fotos y videos.  Paredes blancas, puertas azules, verdes persianas.   Me puede el ansia de retener texturas y colores.  Palmeras, naranjos, limoneros. Quiero captar el rumor húmedo de las fuentes.  No consigo atrapar el aroma de versos que envuelve el aire del patio. La fragancia se escapa por la boca del pozo, se extiende bajo la sombra.  Ella transplanta macetas. Ha cortado un esqueje y lo hunde en el mantillo de otro tiesto: una lata, una botella de plástico,  un cubo viejo que perdió sus asas metálicas.  Reutiliza cada trasto susceptible de ser transformado en maceta. Más adelante,  las pintará de un color marrón surgido de mezclar todos los restos de pintura que aparecen por la casa. Esta mañana,  después de tomar la infusión de menta poleo que le alivia el estómago,  ha salido al patio a recoger jazmines madrugadores que endulzarán el...

El próximo año bisiesto

  Despido el año enmelando pestiños. En una cacerola pequeña mezclo agua y miel y las llevo a ebullición. Pongo cinco o seis pestiños en el aguamiel y los dejo cocer unos segundos. Los aparto y los dejo enfriar en una fiambrera. Durante décadas, desde el puente de diciembre hasta el día de Reyes, mi madre se dedicaba a esta tarea después de desayunar. Los muros de adobe de la casa se impregnaban del aroma a miel, ajonjolí, anís estrellado, clavo y canela. A veces, el olor viajaba hasta la calle y se enlazaba con los olores provenientes de otras casas. Toda mi calle, todo el pueblo olía a pestiños. Todo el pueblo comía pestiños, con ese sabor antiguo que hoy pocas podemos evocar. El sábado compré varios kilos de naranjas en la frutería. Cuando veo naranjas siempre pienso en Rosario la Viñera, que acumulaba sacos de estos cítricos en su diminuta casa por prescripción médica. Como única medicina para prevenir los catarros de su inmensa prole de ojos verdes y azulas, el médico había re...

Barbie en el cine de verano

  He de confesar que yo también he ido a ver Barbie acompañada de dos mis hijas. Si no hubiera leído multitud de críticas y reseñas sobre la película, ni me lo hubiera planteado. Siempre me han gustado las muñecas  pero no las barbies.  He preferido recién nacidos, como los baby born. Desde mi tierna infancia sufro el trauma de no haber conseguido una Nancy. Eran otros tiempos, peores sin duda, por más que la edad y el color sepia del paso del tiempo dulcifique los recuerdos y a los nueve años las niñas ya no eran visitadas por los Reyes Magos. Mis hijas sí jugaron con barbies, tal vez menos que otras niñas de su edad, porque su madre tenía cierta aversión hacia el estereotipo de rubia con piernas infinitas y cintura inverosímil. La pantalla del cine de verano de Tomares acogió el estreno del éxito cinematográfico del momento.  Veladores de plástico blanco detrás de varias filas de incómodas sillas metálicas.  Montaditos, serranitos, patatas fritas, botelline...

El año que vendrá

  En 2021 falté a la cita de escribir una entrada de fin de año en este blog que tengo tan abandonado en los últimos tiempos. Los meses corren como un bólido de carreras y me siento una tortuga que intenta atraparlo. No me considero especialmente navideña. Me abruman las guirnaldas de bombillas y los centros comerciales a rebosar. Sin embargo, disfruto haciendo de intermediaria de los Reyes Magos, Papá Noel o cualquier otro ser mágico y no le hago ascos a ningún tipo de dulce, desde los pestiños al panettone, terminando por el roscón de Reyes, sin importar origen o nacionalidad. La escritora francesa Annie Ernaux se refiere a “la memoria del hambre” que conservaban sus mayores. Algo similar nos ocurre a quienes crecimos con familias supervivientes de una guerra mal llamada civil y una dictadura. La memoria no nos trae recuerdos divertidos de aquellos días fríos de diciembre, en los que no había regalos en los calcetines. En todo caso, me acompaña el olor a clavo y ajonjolí de los p...