Me siento a escribir estos primeros días del año. El cielo está nublado y las aceras mojadas por la lluvia. Después de leer y ver todos los resúmenes posibles, llego a la conclusión de que 2025, en el fondo, no fue tan malo. De entre todos los desastres bíblicos que nos amenazan, solo nos tocó un apagón de varias horas. En Sudamérica, la gente aún sonríe al recordar nuestra desazón. También en algunas barriadas de Sevilla o en la madrileña Cañada Real.
-¡ Problemas del primer mundo “, diría una de mis hijas.
Después de una pandemia mundial y una inundación apocalíptica, el apagón fue “ peccata minuta”
Me siento a escribir sin mucha esperanza en este nuevo año. Este 2026 no se presenta con buenos augurios. Te dan ganas de emular a Gila, descolgar el teléfono y preguntar:
- “¿Es el año nuevo? Que se ponga”
El desánimo que percibo a mi alrededor, solo motiva para meter la cabeza debajo de la almohada y esperar a que pase el temporal.
Pero esto es un post de año nuevo y forzosamente ha de ser optimista.
Como, al parecer, Rosalía ha puesto de moda los rancios aires místicos, me apunto a la novedad y antes de nada hago examen de conciencia.
Después de mucho reflexionar, he descubierto que en 2025 comí muy pocos caracoles, cuestión imperdonable en Sevilla. Solo una vez degusté la famosa tapa, de lo cual me arrepiento profundamente.
He dilapidado mucho tiempo scrolleando. He compartido hasta la saciedad vídeos de Instagram con mis hijas. Me he reído sin pudor de todo tipo de chistes y bromas.
En mi diario de lecturas, aparecen menos libros que el año pasado, el mes de junio casi en blanco por causas ajenas a mi voluntad.
He visto más series insulsas de las que son recomendables.
No me he manifestado por encima de mis posibilidades.
Solo he viajado lo que mi economía y mi salud me han permitido.
He tomado menos sol del necesario. Mis niveles de vitamina D así lo atestiguan. No quiero ni pensar qué sería de mí si viviera en Suecia.
Por todo ello, tengo a bien declarar mis propósitos de enmienda:
En primer lugar, prometo hacer completa la ruta de las mejores tapas de caracoles, acompañada por la mano experta de mi hija C.
Haré el sacrificio de reírme de todas las tonterías del mundo, malgastando el tiempo necesario para ello.
Este año leeré menos libros gruesos ( vade retro, tochos de 800 páginas). Volveré a proponerme por enésima vez, leer más ensayos y menos novelas, aunque estoy segura de que no lo cumpliré.
Cumpliré la penitencia de viajar hasta que mis arcas y mis huesos griten de dolor.
Me manifestaré por Palestina, por la vivienda digna, por la reducción de la jornada laboral, contra la Violencia de Género, por las pensiones y los servicios públicos; contra el fascismo y la machosfera, por la igualdad, las utopías alcanzables y las quimeras.
Buscaré un banco al sol para los días azules de invierno.
Ante el miedo al año nuevo, más valor, más compromiso, menos Frente Popular de Judea, menos Frente del Pueblo Judaico, más unidad de la Izquierda. Al final, conseguiremos que 2026 sea un año sin miedo.

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