La final del mundial me pilló en un hotel de las afueras de Valladolid, donde éramos los únicos huéspedes. Todos los restaurantes de la zona cerraban a las ocho y tuvimos que cenar una hamburguesa a los pies de la cama. Grité el gol de Ferrán con la seguridad de que nadie sería molestado. Al instante, se escuchó un eco de algarabía general acompañada de cohetes y fuegos artificiales.
Este era el comienzo de una crónica de viajes que nunca escribí.
Continuaría recordando otras finales: la final del mundial femenino de 2023 en el móvil en la T4 mientras esperaba el embarque y en 2010 el gol de Iniesta la noche antes de coger un vuelo hacia Praga.
Yo pensaba redactar una crónica de viajes, más concretamente de uno que repite un viaje mítico, primigenio, aquel verano del 90 en el que, mochila a cuestas, visitamos San Sebastián y Santander.
En ese relato que iba a escribir pensaba refutar a Sabina cuando canta:
“En Comala comprendí
que al lugar donde has sido feliz
no debieras tratar de volver.”
Porque no solo fuimos felices en Donostia en el 90, también caímos rendidos ante sus encantos: la playa de la Concha, el Boulevard, la isla de Santa Clara, el monte Igueldo. Aunque la Parte Vieja esté abarrotada de turistas como nosotras y haya que pelear por un hueco para tomar un pintxo; aunque es inevitable la cola para subir al funicular y los precios rocen el escándalo, no se ha roto el amor que profesamos a una ciudad que se debate en la dicotomía. Por un lado, la ciudad de las señoras elegantes que toman el aperitivo en una terraza perfectamente peinadas y maquilladas y por otro, las banderas palestinas ondeando en las calles; a ciudad con un equipo de fútbol en primera división que amanece el día después de la final de un mundial sin ningún vestigio de la gesta.
En el relato que iba a escribir, compararía San Sebastián con Santander, con la certeza de que esta última ostenta el récord de banderas rojigualdas por metro cuadrado y de señores talluditos que, cinco días después del famoso partido, aún no han metido en la lavadora la camiseta de la selección con el número 19.
En la crónica de viajes que nunca escribí, pensaba enumerar el nombre de los pueblos que indican las señales de la autopista de peaje que une las dos ciudades, nombres dramáticamente familiares, que nos retrotraen a la época más negra de Euskadi, cuando no había turismo por estas tierras, porque poca gente se atrevía a recorrerla. Entre los nombres aparece el de Ermua y en aquel momento me preguntaría:
¿Dónde estaba yo la noche que asesinaron a Miguel Ángel Blanco?
¿Qué hicisteis vosotras durante aquel largo día de julio?
¿Cómo es posible que esta gente afable y simpática, amante del buen comer y el buen beber, viviera durante décadas sabiendo que el compañero de cuadrilla, la amiga del colegio, el primo o la vecina eran terroristas?
En el relato que no llegué a escribir establecería odiosas comparaciones entre las dos ciudades, desde la limpieza de las calles hasta la calidad de los conciertos al aire libre. Por suerte, no llegué a publicar ese relato que me hubiera granjeado numerosas enemistades.
Regresamos por la Ruta de la Plata, con parada en Palencia y Salamanca. De norte a sur, la inmensa mayoría de los restaurantes, bares, cafeterías o ventas de carretera están atendidos por inmigrantes.
Volvemos, además, a la infinita ola de calor en la que se han convertido los veranos.Al cruzar Extremadura nos topamos con el humo procedente de Ávila y Madrid que mantiene en vilo al país entero.
“Muy poco dura la alegría en la casa del pobre”, asevera el saber popular. Olvidamos pronto la alegría de los goles. Arde Madrid y toda España arde.
El verano de 2026 también pasará a la historia como uno de los más dramáticos para las mujeres. Diez mujeres han sido asesinadas durante julio y agosto y el partido de ultraderecha va a asumir las competencias de atención a las víctimas de violencia de género en Andalucía. ¿Hemos normalizado los feminicidios?
Al llegar a casa, sin tiempo de lavar la ropa del viaje, miles de personas se juegan la vida para llegar a Ceuta, muchos de ellos y ellas pierden la vida en el mar. La ciudad sufre el caos y el miedo en una crisis humanitaria sin precedentes. La carroña se traslada hasta allí para hacer su agosto
Después, o al mismo tiempo, Huelva se enfrenta al mayor incendio de su historia. Pero como no es Madrid, no ocupa los telediarios, ni nos informan al minuto del avance de las llamas.
Entre tanta noticia desastrosa en este verano interminable, nos lanzamos en masa a ver un eclipse.
Más tarde, terremotos en Granada.
Me pregunto si todavía queda alguna maldición bíblica que no hayamos padecido y si aterrizará, finalmente, el meteorito..
Lo voy dejando, porque no tiene sentido escribir sobre un viaje que no interesa a nadie.
A pesar de todo, me niego a caer en el pesimismo. Recuerdo la frase de Martin Luther King:
“Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol. Como no tengo un terreno donde plantar un olivo, la crónica de viajes que nunca escribí es mi árbol.
Y está usted equivocado, señor Sabina: siempre hay que volver a los lugares donde fuimos felices.

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