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El álbum de la memoria

No importa cuán estrecho sea el camino, ni cuántos castigos lleve a mi espalda. Soy el almo de mi destino. Soy el capitán de mi alma W. E. Henley Estos días de calor insoportable, cuando el termómetro de mi aula supera los 30 grados, intento que mi alumnado conozca a Nelson Mandela. Surgió por casualidad, durante una clase de inglés que hablaba de Sudáfrica. Sus cabezas de diez u once años ignoraban todo sobre el apartheid y el presidente de Sudáfrica. Como un hilo del que se tira, surgió el poema Invictus y la película del mismo nombre. Lo leímos en voz alta, comentamos las estrofas, el vocabulario y hasta analizamos la rima. La película no es fácil de entender para sus edades. Se la proyecto en dosis pequeñas y voy parando para explicar algún concepto o intentar que fijen su atención en algún detalle (los barrios de la población negra, la raza del personal de la casa presidencial…). Estuve a punto de abandonar. Pero G, unos días después de ver el primer trozo, me pre...

Yo te nombro, honestidad

Los primeros días de clase, con el calor pegajoso en la piel y añorando la brisa del mar, la maestra comienza el curso con mucha energía. Primero advierte que no se encuentran ante ninguna “seño”, que ella es maestra y si resulta complicado, prefiere que la llamen por su nombre de pila. - “¡Qué seño más rara!”, piensan sumidos en la perplejidad.   Suele disfrutar haciendo juegos de presentación y de cohesión grupal. Hay una actividad que le gusta especialmente: cada niño o niña debe presentarse acompañando a su nombre una cualidad que los caracterice. Este año, cuando toda la clase se hubo presentado, la miraron veintisiete ojos curiosos: - ¿Y tú maestra? ¿Qué dirías de ti? La maestra duda. Resulta aterrador autocalificarse, encontrar una palabra que te defina, desvelar la idea que una posee de sí misma, que es posible que no coincida con el resto de la humanidad. En ese momento de duda, la imagen de su padre cruzó por su mente y evocó una de sus frases más repetidas. ...

La noche del Tienta-Panzas

Solo el amor con su ciencia nos vuelve tan inocentes  Durante las Nocheviejas de mi infancia visitaba mi casa el Tienta-Panzas. Era un hombretón que caminaba a grandes zancadas, por los senderos embarrados, entre los olivares, cargando al hombro con un saco cuyo contenido nadie conocía. Este pastor tenía como misión tocar los vientres de los habitantes del pueblo y determinar si las tripas comenzaban el año llenas o vacías. En Nochevieja había que comer mucho para que el Tienta-Panzas no te condenara a un año de hambruna.  La magia del Tienta-Panzas, mi tío Juan viajando por sorpresa desde Holanda con una botella de champán, las uvas en la plaza del pueblo, repartiendo besos y abrazos con generosidad, me compensan de la triste Nochebuena siempre sobrada de ausencias.  El año que por fin acaba ha sido el año de la vergüenza. Ha conseguido  que me sonrojara al pasar delante de los quioscos y ver los informativos de TV. Incluso temía consultar la prensa digit...

Sin pretensiones

Cuando A se jubiló, la mayoría de las asistentes solo veía a una maestra de sesenta años. Pocos comensales conocían que fue la primera mujer de su pueblo que estudió una carrera universitaria. No sabían de sus madrugones ni vicisitudes para tomar autobuses y llegar a tiempo a un instituto femenino en el centro de Sevilla. Entre las copas y los agasajos, recorría las mesas una maestra que fue madre en tres ocasiones y no disfrutó de bajas maternales. Si le preguntas, recuerda que con su primera hija, daba clases nocturnas en educación de adultos a una distancia considerable de su casa. Sus padres la aguardaban en el pasillo para que pudiera dar el pecho al bebé entre una y otra lección. Ella entiende más que nadie de niños y niñas que llegan por la mañana al colegio con el estómago y las maletas vacías.  B adoraba su bicicleta. Gracias a ella estudió Magisterio. Había emprendido el camino de la soledad demasiado pronto, con un martillazo que la dejaría herida para siempre. Pero ...