Solo el amor con su ciencia nos vuelve tan inocentes Durante las Nocheviejas de mi infancia visitaba mi casa el Tienta-Panzas. Era un hombretón que caminaba a grandes zancadas, por los senderos embarrados, entre los olivares, cargando al hombro con un saco cuyo contenido nadie conocía. Este pastor tenía como misión tocar los vientres de los habitantes del pueblo y determinar si las tripas comenzaban el año llenas o vacías. En Nochevieja había que comer mucho para que el Tienta-Panzas no te condenara a un año de hambruna. La magia del Tienta-Panzas, mi tío Juan viajando por sorpresa desde Holanda con una botella de champán, las uvas en la plaza del pueblo, repartiendo besos y abrazos con generosidad, me compensan de la triste Nochebuena siempre sobrada de ausencias. El año que por fin acaba ha sido el año de la vergüenza. Ha conseguido que me sonrojara al pasar delante de los quioscos y ver los informativos de TV. Incluso temía consultar la prensa digit...