En las bolsas de la frutería se acumula el verano: cerezas, melocotones rojos, peras de San Juan, nectarinas, albaricoques, nísperos y una enorme sandía. Faltan las brevas, humildes y austeras, hermanas madrugadoras de "los higos morados con su cristalina gotita de miel". Aún no las ha probado y añora la aspereza de su piel al pelarla con los dedos. Se esmera en organizar la explosión de colores que inunda la nevera al tiempo que guarda sus pensamientos. Hay demasiada fruta, no sería lógico lanzarse a la calle a buscar brevas por un simple antojo y ella no es persona proclive a dejarse arrastrar por ellos. -¿Ha venido el frutero? le preguntó él durante el almuerzo. Cuando lo llamé esta mañana se le habían terminado las brevas pero vi en el mercado unas enormes con una pinta estupenda. Por la expresión de su rostro sus hijas se echaron a reir. -¿Por qué te gustan tanto las brevas y los higos , mamá? Pensó que era difícil de explicar y recordó los versos del poeta que, como ell...