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Panorámica noruega

Norway: el camino del Norte

He de confesar que nunca he vivido por encima de mis posibilidades. Al contrario, siempre seguí los consejos de mis mayores que me educaron en la austeridad y la contención. Pero si tengo que elegir entre poseer muebles o maletas, siempre elijo las últimas, aunque sean humildes y sencillas. Este verano me preocupaba embarcarme en un viaje. Pretenden hacernos creer que el funcionariado es culpable de las desgracias de este país y a los recortes anteriores nos añaden la supresión de la paga extra de navidad y una subida del IVA que hará temblar nuestros castigados bolsillos. -¡Carpe diem! Exclamé para mis adentros. No sabemos qué nueva tortura nos depararán Merkel y Rajoy durante el crudo invierno y es posible que el próximo verano no podamos viajar al extranjero. Así que empujados por el temor al riesgo de la prima, nos lanzamos a Noruega. Enganchada como ando a Juego de Tronos llevaba el kindle a rebosar, ya que suelo leer mucho en los viajes, sobre todo si hay mucho...

MUROS AJENOS

Cada casa es un mundo, un paisaje, una vida diferente. Así entiendo cada verano cuando me convierto en nómada y habito muros ajenos. En un hotel siempre serás una invitada, una viajera de paso. En una casa o un apartamento albergas la ilusión de que emprendes una nueva andadura. Imaginas que te transformas en otro personaje, tomas prestados sus muebles, sus enseres. Compras en el supermercado de la esquina; tomas café en la terraza cercana; observas a los transeúntes por la ventana. A veces, incluso entablas conversación con los vecinos; te regalan una lechuga del huerto o preparan una cuajada para ti. Me hubiera gustado repetir en algunas de estas casas de verano. Pero la nómada que llevo dentro busca cada año otros paisajes para sus retinas. ¡Son tantos los mundos por visitar y es tan corta la vida! En la ladera de Los Picos de Europa se encontraba la casa de Tanarrio. Muros de piedra, chimenea, silencio. En el jardín, una mesa de madera y un castaño de anchas hojas. Me hubie...

La revancha (Historias de escuela)

Su mejor amiga tenía una letra pequeña y redonda, con la que escribía textos llenos de sensatez. En el año 1978, en aquel pueblo de la campiña sevillana había muy pocos estudiantes. Pero su amiga obtuvo tan buenas notas al acabar la EGB que la maestra se empeñó en que cursara el BUP. Sus padres, jornaleros, jamás habían albergado tal idea, por lo cual, tuvo que dedicar varias tardes a hablar con ellos hasta que quedaron convencidos. La maestra se fue de vacaciones después de que sus alumnas hicieran la preinscripción y cumplimentaran la beca. Solo faltaba la matrícula en el mes de julio. Aún recuerda aquella tarde con tristeza, aunque sin la rabia y la impotencia que la acompañó durante años. Visitó a su amiga para acordar la hora de tomar el autobús para el instituto, que distaba quince kilómetros de su pueblo. La muchacha sostenía en brazos a su hermana pequeña, un bebé de pocos meses. Le contó que no la acompañaría y cuando ella, sorprendida, demandó una explicación solo...

Soy de la Pública

Hace unos días, tras leer el artículo de Santos Guerra titulado La historia del colibrí , descubrí que me sentía como el colibrí de la narración, empeñada en apagar el incendio del bosque con las gotas de agua que puede transportar en su piquito. Deseo escribir un post para defender la Escuela Pública y mi cabeza se llena de imágenes tan personales y emotivas que me impiden ser objetiva. Aún no he cumplido cinco años y lloro todos los días por ir al colegio. En el pueblo solo hay una escuela unitaria, la Escuela Parroquial, con aulas segregadas para niños y niñas. Son los años sesenta, el país vive en una dictadura y la educación no es ni obligatoria ni gratuita. Como aún soy pequeña no hay pupitre para mí y mi madre me compra una sillita de anea para sentarme en clase. Estudio 2º de Primaria en la Escuela del Cuartel, unas habitaciones habilitadas como aulas encima del cuartel de la Guardia Civil. Hacemos el recreo en un pequeño patio empedrado en el que reina un árbol de h...

Escarcha de tus días

Después del almuerzo C. y yo preparamos una quiche para presentar en la semana de la francofonía de su instituto. -Tú serás mi pinche, le digo. -Yo no soy pinche, soy cocinera, refunfuña como cándida adolescente. -Todos los cocineros han tenido que ser antes pinches. Intento convencerla pero se resiste. -Pues yo no seré nunca pinche, cocinera desde el principio, sigue protestando. Al fin se conforma con pesar los ingredientes, picar el bacon y la cebolla en trozos muy pequeños. Mientras corta con precisión milimétrica la oigo canturrear:  "Escarcha de tus días y de mis noches. Hambre  y cebolla, hielo negro y escarcha grande y redonda" -¡Ah!, ¿pero te sabes esa canción? _¡Como para no sabérselo! exclama con un bufido mientras me dirige una de sus sonrisas picaronas

MUNDOS ILETRADOS Y HOJAS SARRACENAS

A petición de la Tribu 2.0 escribí  este AUTORRETRATO LECTOR, que ahora transcribo aquí: Nada hacía presagiar que me convertiría en lectora contumaz. El único libro que había en mi casa era el libro de familia. Veranos tediosos y siestas eternas en las que mi padre me enseñaba a escribir palabras en el aire. Noches de invierno al calor del brasero de picón en las que mi madre contaba historias reales que nada tenían que envidiar a los novelones dieciochescos... Éstos son los antecedentes literarios de mi infancia. Vivíamos en un mundo iletrado, lleno de canciones de corro y juegos en la calle, de coplas flamencas y culebrones radiofónicos, en calles sin asfaltar, enfangadas en invierno, polvorientas en verano. Pero todo cambió el día que entró en mi vida “La hoja sarracena”. Hasta ese momento, mi hermano y yo habíamos sido devoradores de cómics: Jabato, Capitán Trueno, Zipi y Zape, Mortadelo,... Comprábamos, prestábamos y leíamos cuanto caía en nuestras manos. Yo me per...