A petición de la Tribu 2.0 escribí este AUTORRETRATO LECTOR, que ahora transcribo aquí: Nada hacía presagiar que me convertiría en lectora contumaz. El único libro que había en mi casa era el libro de familia. Veranos tediosos y siestas eternas en las que mi padre me enseñaba a escribir palabras en el aire. Noches de invierno al calor del brasero de picón en las que mi madre contaba historias reales que nada tenían que envidiar a los novelones dieciochescos... Éstos son los antecedentes literarios de mi infancia. Vivíamos en un mundo iletrado, lleno de canciones de corro y juegos en la calle, de coplas flamencas y culebrones radiofónicos, en calles sin asfaltar, enfangadas en invierno, polvorientas en verano. Pero todo cambió el día que entró en mi vida “La hoja sarracena”. Hasta ese momento, mi hermano y yo habíamos sido devoradores de cómics: Jabato, Capitán Trueno, Zipi y Zape, Mortadelo,... Comprábamos, prestábamos y leíamos cuanto caía en nuestras manos. Yo me per...