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Entradas

Ocho de marzo

Hace unos meses, regresando de un viaje, me detuve en una gasolinera en medio de la nada. El cruce, el desvío, la variante, no recuerdo bien su nombre. Eran las cuatro de la tarde de un luminoso sábado otoñal, esa hora después del almuerzo en la que nadie pasea las calles. Una mujer joven acudió a llenar el depósito. Morena, guapa, la melena rizada le caía por la espalda. Una gasolinera en una carretera secundaria. Caminos agrícolas y olivos, una inmensa llanura de olivos. Entré en la tienda y al rato apareció la misma joven que me había atendido. Mientras me cobraba la botella de agua, busqué las cámaras de seguridad camufladas. Sentí miedo por ella, trabajando sola, en medio de la nada.   Al momento me avergoncé de ese sentimiento. Ante mí a una mujer joven, fuerte, segura, valiente, ocupaba un espacio tradicionalmente reservado a los hombres. Ayer me senté a buscar a la niña que fui. Han transcurrido tantos años que a veces me cuesta encontrarla. La niña ingenua y ris...

Momentos de alegría

Una amiga prestó a C “El alquimista” de P. Coelho. Al verlo, su madre frunció el ceño, esbozó una sonrisa irónica y arqueó una ceja por encima de la pantalla de la tablet. -Ya sé que tú no crees en la felicidad individual, sin tener en cuenta el bienestar colectivo, pero me lo han recomendado y lo leeré, respondió C antes de refugiarse en su dormitorio. Todo el año se ha oído a C canturrear por la casa: “Qué bello es vivir  cuando me asomo a la ventana  y veo el mundo por la mañana  a mí es que se me alegra el alma  y tengo que sacar el karma  para brindar por esta vida  que está tan bien fabricada” Conocedora de la tasa de paro juvenil, del precio de la vivienda, de la subida de la luz, el desastre catalán o el aumento de las muertes por violencia de género, no se preocupa por su incierto futuro y el complicado reto de la emancipación. En la cena de Nochebuena, C confesó que el concierto de El Kanka fue lo mejor que le había ...

Te escribo

Te lamentas de que no escribo.  Atravesando copas, cafés y tapas, nuestras conversaciones intermitentes van hilvanando el tejido de nuestros relatos. Qué poco escribes, te quejas, mientras depositas en la bandeja un té verde y una cerveza. El bullicio de las mesas de la tarde, las niñas correteando por el parque, las madres disfrutando bajo las sombrillas de los veladores. En este verano de octubre que se anuncia eterno, he olvidado el anhelo de los colores cálidos del otoño, el olor a castañas asadas, el crujido de las hojas secas al paso de mis pies. No me atrevo a guardar las sandalias y las chanclas remolonean junto a mi cama, disputándose el espacio con las zapatillas de felpa. Los armarios aguardan, sin esperanza, el cambio de estación. ¿Por qué no escribes?, me preguntas. Conectas la Tablet y aparece mi última entrada con el color de los verdes prados asturianos. Te hablo del ajetreo de principio de curso, de la novela tan larga que estoy leyendo, de las ser...