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Entradas

Escocia en verano

"O Flower of Scotland, When will we see Your like again" Regresamos de Edimburgo vía Madrid el 22 de julio. Las temperaturas rozan los 40 grados en la capital del reino el día en que nuestros representantes en el Congreso debaten una improbable investidura. Resistimos la tentación de asomarnos a la Carrera de San Jerónimo y recorremos el centro de Madrid, asfixiados de calor. Me detengo a fotografiar la estatua “El abrazo” de Genovés, frente al número 55 de la calle Atocha. El día antes, con una máxima de 20 grados, paseaba por el centro de Glasgow, pertrechada de jersey, chubasquero y paraguas. También me detuve a captar la imagen de una estatua, la de Dolores Ibárruri, junto al río Clyde, que se erige en recuerdo de los británicos que lucharon en España contra el fascismo. Escocia, la tierra de los Pictos, en torno a la cual construyó el emperador Adriano un muro, había sido un destino muy deseado durante algunos años. Películas como Braveheart o Rob Roy, pasando por...

Nidos y silencios

En la colada de la mañana ha aparecido un retazo de infancia. Los ojos tristes del oso panda reclamaron durante meses su ración de agua y detergente. El lince ibérico, el más amado de todos los seres que habitan los dormitorios, se despereza sobre el tendedero del patio. Y el leprechaun sonríe burlón columpiándose merced a su verde sombrero irlandés. El verano ha convertido el nido en un trasiego de maletas y mochilas, billetes de autobús, cancelaciones de vuelo, calendarios imposibles y empleos precarios que imponen su dictadura inapelable. En este preludio del nido vacío en que deviene el verano, las mañanas se pueblan de silencio. La limpieza general permanece imperturbable como la secular costumbre de las mujeres del sur durante los días largos del estío. En mi memoria, las vecinas encalan fachadas y paredes con brochas atadas a cañas del arroyo y puedo distinguir el olor cálido de la cal viva vertida en el cubo. Te asomas a la escalera con una colección de cuentos para ...

Final de campaña

En la frutería del barrio, los sábados por la mañana, invade la cola el acerado. Entre cajas de patatas y melones tempraneros, se alinea el vecindario en paciente espera. Desde que me convertí en señora mayor con carro de la compra, me siento mejor persona. Ya no cargo con bolsas de plástico en la esquina mientras espero a que alguna de mis hijas acuda en mi ayuda. En la frutería del barrio no se habla de política. Una señora protesta de que no se pueda pagar con tarjeta. Un abuelo se informa de los diferentes tipos de patatas para escoger las más sabrosas. Preparará un festín de tortillas para la cena de sus nietos y lo cuenta con tal entusiasmo, que se nos hace la boca agua. La última señora de la cola debate sobre la inutilidad de cocinar tortillas de patatas cuando las venden tan ricas y baratas, ya preparadas. Una anciana apoyada en su andador se adelanta, lo cierra al pasar entre el gentío y lo abre para sentarse a esperar, pacientemente, su turno. Alguien habla de los...