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Flash back

Las rendijas de la vieja puerta rasgan la penumbra que, tras las cortinas, se adueña del pasillo durante la siesta. Pasos apresurados se adivinan en la acera, amortiguados por el rebate. El suelo de terrazo, duro y frío, hiela nuestros vientres, nuestras piernas y nalgas, evocando los helados que no saboreamos, los refrescos que no refrescan nuestras gargantas, la brisa del mar que no acaricia nuestra piel. Fuera, en el patio prohibido, el jazmín se asombra de las avispas que zumban en torno a las uvas maduras y se arremolinan en el lebrillo de agua tibia. Más tarde, cuando refresque, rescataré a las más rebeldes, aquellas que se atrevieron a rozar el agua, y las posaré en el borde del lebrillo al sol, hasta que se sequen sus alas transparentes. Este gesto me hará inmune a sus aguijones y me protegerá de picaduras para siempre.

Primera semana: odio el verano

Tres de julio (tercer día de vacaciones) Me he despertado a las 7.30 a.m., con la sintonía musical de los gritos del vecindario. La placidez del despertar me ha provocado una contractura en el cuello, tal vez por contener la furia que me invadía y reprimir a la Maruja que llevo dentro. A partir de ahí, rigidez de cuello, dolor y antiinflamatorios a tutiplén. Nada de esto me ha impedido planchar, hacer de comer, recoger la ropa del tendedero, ir al banco, depositar tres sobres de matrícula en cajas de cartón (siempre me queda la incertidumbre: ¿se perderán?), organizar a mis hijas, castigarlas sin los Simpson después de que se hubieran pegado, probarme dos vestidos de rebajas que me quedaban estrechos, ver el correo electrónico,… Todo ello antes de las dos, por supuesto. La contractura ha sido la culminación de un maravilloso comienzo del veraneo. Como voy aplazando un sinfín de temas pendientes, llevé a mis hijas al dentista el día uno (¡con lo bien que yo hubiera estado en el Co...