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Mostrando entradas de 2015

Sufragistas

En la sala más pequeña del multicines solo siete personas ocupaban sus asientos. De ellos, más de la mitad, pertenecían a mi familia. El resto, un espectador solitario que pasaba de los sesenta y una pareja de cuarentones. Fuera, en el mundo real, cuatro salas estaban destinadas a proyectar “Star Wars”, con familias completas disfrazadas de personajes de la saga de George Lukas. “Sufragistas” se anuncia como la mejor película del año. No me considero tan cinéfila como para corroborar o negar dicha afirmación. Entre otras cosas, porque yo fui a verla por motivos puramente ideológicos. No es casual que en España se estrenara el último día de campaña electoral, la primera vez que los derechos de las mujeres han formado parte de los debates electorales. En los trailers puede parecer que se trata de una película coral. Sin embargo, asistimos al proceso de compromiso con el movimiento sufragista de Maud, trabajadora en una lavandería. -“Nací en la fábrica”, declara ante el primer ministro. Con l…

Recuerdo de J

A mi akelarre ( ellas saben  la razón)
En un sábado de otoño soleado, que se diría primaveral, me entero de la muerte de J. La noche anterior, París  había tornado la fiesta en una danza macabra de terror. 
Por la mañana, me fulmina la noticia de ese rayo que se ha llevado la vida de J, tan joven, cuando aún no había ejercido su derecho al voto.
Pero me paro a pensar y no sabría decir si ella podría votar. Desconozco su situación legal, si tiene la nacionalidad o tan siquiera la residencia.
J era una de esas niñas que buscan la invisibilidad en el aula. Silenciosa, dulce, tímida, todo lo expresaban sus enormes ojos tristes, tristísimos.
Tenía muchas dificultades para el inglés, también para el español, pero nunca cejaba en su empeño. Y requería tu ayuda sin palabras, con el único recurso de su profunda mirada.
Recuerdo a los padres de J, tan mayores, como si fueran sus abuelos, con la misma mirada siempreafligida que su hija.
Cuando hicimos el viaje de 6º, grabamos algunas escenas. En ellas…

Dejarse atrapar por arañas

Se sienta a oírlos llegar. Vienen gritando por el pasillo, con el pelo alborotado y las últimas migas del bocadillo salpicando la camiseta. Algunas mañanas, cuando hay cola en la cafetera y ella se demora, la esperan sentados en un escalón mientras la impaciencia roe sus pantorrillas como termitas. Según una ley no escrita, toda lectora esconde una bibliotecaria dentro y a la inversa. Esta es una verdad irrefutable, piensa mientras espera. Los primeros en llegar cada día a su biblioteca son los buscadores de Wally. La bibliotecaria es la depositaria de la lupa que ansían tan ávidos exploradores. Solo el más rápido corredor de pasillo alcanzará el preciado tesoro. Ella observa a su clientela. Dos niñas con coletas revuelven el estante de los gomets rojos. Su cabeza no para de dar vueltas. ¿Qué les gustará leer? Recorre los estantes al tiempo que redacta listas imaginarias: más libros de Educación Infantil; un álbum sobre Frida Kalho que vio en una librería; la colección de “Asmir no quiere…

Panorámica de Rumanía

Nunca quise viajar a Rumanía. Jamás deseé visitar la antigua Dacia, ni me sentí atraída por su cultura o sus paisajes. Apenas tenía información sobre el país. Mis conocimientos no iban más allá del nombre de su capital, su situación geográfica y su posición política tras la segunda guerra mundial.  Me fue imposible comprar una guía turística, por más que busqué en librerías y centros comerciales. Sin expectativas, sin ideas previas, me senté en aquel autobús que me iba a llevar por medio país como la que se coloca delante de un lienzo en blanco. En Bucarest, la primera parada, me asombraron las amplias avenidas, las gigantescas plazas y el excesivo parlamento. La calor similar a la de Sevilla, los anuncios de Coca Cola, los centros comerciales con todas las marcas existentes en todas las ciudades del mundo y que da la impresión de que siempre se pasea por la misma ciudad, no desentona con la imagen que tenemos de una gran urbe. Un sábado por la mañana en un parque de Brasov, los grupos de…

Solo amanece si estás despierto

Hay aún muchos días por amanecer (Henry D. Thoreau)

Daniel Dafoe arrojó al mar a Robinson Crusoe y lo abandonó en una isla tropical. Para situar una novela con dos personajes solitarios, que no poseen nada y han de comenzar su vida desde cero, Rodríguez del Corral podía haber elegido Siberia, el desierto del Sahara, el de Atacama, el Ártico o una isla del Pacífico. No precisa el autor realizar ningún viaje y nos narra la historia en un verano de Sevilla, una ciudad calcinada y desértica, donde sus habitantes se refugian durante el día en el aire acondicionado de sus sombrías guaridas, para aparecer tímidamente por las terrazas nocturnas. Lejos, muy lejos, de la postal turística de series y películas de éxito, los personajes recorren un barrio del centro histórico (San Lorenzo), nada típico y mucho menos tópico. Es de agradecer esta semblanza de la ciudad de las personas, de gente de barrio que se reconoce, una Sevilla que se aparta de la imagen de mero decorado. En una azotea, con una tum…

Esta zozobra que me aflige

Esta mañana escribí en google la palabra escepticismo. Quienes me conocéis muy de cerca, me habréis oído narrar más de una vez cómo me aprobaron in extremis la filosofía de COU. Mis dieciocho años recién estrenados se mordían las uñas junto a la puerta donde el profesorado ejecutaba la evaluación final, esperando mi sentencia por haber sido incapaz de digerir a Santo Tomás y San Agustín durante el curso. De ahí, mi irremediable analfabetismo filosófico. Santo Tomás merodeaba por las definiciones de Wikipedia, refiriéndose al escepticismo religioso, lo cual me ha puesto en guardia y me ha impulsado a cerrar de golpe el ordenador. Buscaba una definición de mi estado de ánimo, una sensación desconocida para mí misma, parecida al desapego y a la desconfianza. Mis amigas cuelgan en facebook los discursos de las nuevas alcaldesas de Madrid y Barcelona, comparten noticias y reportajes en estado de euforia. Y yo observo indiferente las fotos de las multitudes sonrientes aclamando a las puerta…

Las bicicletas no son para El Cairo

Una mañana de primavera, una amiga, una caseta de la feria del libro y un autor desconocido aunque dicharachero. Todas las historias deberían llegar como vino a mí este libro, casualmente, aupado por la sorpresa, sin promociones editoriales ni premios mediáticos, sin entrevistas en prensa ni tertulias en la radio. Ante la perspectiva de unos días de asueto, lo abres con la apatía que otorga la ignorancia. Buscas una lectura ligera compatible con la arena de la playa. La sorpresa aparece desde la primera página cuando descubres una prosa más que correcta, un comienzo potente, una historia que va surgiendo de forma casi espontánea. Una bicicleta se convierte en el elemento mágico de esta novela, la varita mágica que puede transformar las vidas de los personajes que transitan por la capital de Egipto.
La bicicleta también es la urgencia por el cambio y la modernización de una ciudad incompatible con la prisa, incapaz de variar sus costumbres y rutinas. La bicicleta, como símbolo de libertad, n…

Sin experiencia

La madre de M había sido sastra. Pequeña, encogida, arrugadita, con una piel casi transparente y el cabello encalado recogido en un moño, apenas se movía de la silla de anea del patio. Aunque era tímida y silenciosa, todas las mujeres la consultaban cuando tenían un problema de costura. “Esa solapa está mal cortada” “El cuello se ha torcido” Sobre todo, era especialista en mangas de camisa y de chaquetas. Detectaba los fallos al instante y aplicaba sabias soluciones. “Tu hija ha heredado los hombros de su padre, tienes que cambiar la posición de las hombreras”. Una mañana, M fue a levantarla pero su madre no se despertaba. Llamó a las vecinas, que acudieron raudas y rodearon la cama. La madre de M se había ido mientras dormía, sin ruido ni estridencias, tal como había vivido. Durante semanas pobló su ausencia la calle. Las mujeres anduvieron un tiempo trastornadas sin los sabios consejos de la madre de M. En sueños, la veían hilvanando cuellos de camisas blancas sin perder la sonrisa. A me…