miércoles, 24 de diciembre de 2008

AVENTURA NAVIDEÑA

Domingo, 21 de diciembre de 2008

Ana está tumbada frente a la chimenea. Lee la revista de Historia de National Geographic que compró esta mañana en Villanueva de los Castillejos.
Ayer, cuando llegamos al Puerto de la Laja, pensé que había acertado en la elección. Venía huyendo del jolgorio navideño; aturdida por luces de colores y papel de regalo; asqueada de belenes y árboles de navidad; agobiada por la inevitable elección: ¿Reyes Magos o Papá Noel? Había buscado un lugar sin coros de villancicos, cajeros automáticos ni Corte Inglés.
Cuatro gallinas picoteaban libremente la hierbecilla fresca que crece entre el empedrado. Esta escena me convenció de que había llegado al paraíso. Supongo que los ricos heredan bienes, cortijos o paquetes de acciones. A los pobres sólo nos transmiten los sueños. Yo recibí de mi madre la imagen más idílica de su terrible infancia. Ella era una niña que cuidaba pavos y gallinas en un cortijo de olivar cerca de Bujalance, en la provincia de Córdoba durante la Guerra Civil. Relataba sus historias acompañadas de una cantinela infantil:

María,
los pavos en la vía.
El tren pita que pita
y los pavos no se quitan.”
De fondo, los bombardeos del frente, el estruendo de las ametralladoras que le taladraban el estómago cada noche.
En Puerto de la Laja unas pocas casas diseminadas albergan a no más de dos parejas de ancianos. Uno de ellos se lava los pies en una palangana a la puerta de su casa. ¿Dónde he visto antes esto? ¿En un rincón de mi memoria?
Nada puede ser más perfecto. Incluso un hermoso abeto situado en la bifurcación de un sendero se erige triunfal sin estrellas, angelotes, bolas de colores o espumillón.
¿He dicho que todo es perfecto? Lo siento, me retracto. Hay un sevillano. Lo digo como lo siento. No es que yo tenga algo en contra de los sevillanos en general, pero los hay que hacen gala de su ombliguismo más allá de sus fronteras naturales, es decir, la SE-30. Lo he reconocido sin mantener ninguna conversación más o menos íntima, ya que poner a todo volumen una marcha de Semana Santa en pleno mes de diciembre es bastante delator. Tuve que hacer acopio de mi deseo de paz interior para contenerme y no gritar:
-¡Que estamos en Navidad!
Entre otras cosas, porque yo había venido aquí a olvidar que estamos en Navidad.
Las gallinas continúan picoteando, los olivos se disputan el espacio con las encinas, no hay ruidos (aparte de la marcha cofrade), ¿qué más se puede pedir?
Para abrir la puerta de la casa, tecleamos un código que nos enviaron al móvil. ¡Qué modernidad! La casa es perfecta, tiene luz y hermosas vistas por los cuatro costados, un arroyo corre a nuestros pies, hay leña en la chimenea, la tele no se ve, ¿qué más se puede pedir?
-¡Los tomates, las lechugas, los calabacines!
He olvidado toda la verdura que pensábamos traer. ¿Cómo sobreviviremos sin ensaladas los próximos tres días? Es una pérdida irreparable, en mitad de la nada y sin tomates.
Una vez recuperados del imperdonable olvido, decidimos pasear por la vía verde, bajo un sol espléndido. A la vuelta, un rebaño de ovejas baja el cerro perseguido por un perro pastor. Ana comenta que le duele un poco la cabeza.
En el campo, la noche es más oscura, sólo se ve una luz a los lejos. Las niñas se acuestan a las nueve, la madre a las diez.
La mañana se despertó con niebla. Mientras desayunamos, Ana se siente mal: tiene fiebre. Nos planteamos regresar a Tomares, pero optamos por acudir al ambulatorio más cercano, a 15 kilómetros, en Villanueva de los Castillejos.
El pueblo parece recién remozado, más que limpio, inmaculado, con un pabellón cubierto como el de Tomares y un centro de salud con urgencias las 24 horas que ya quisiera Tomares…
Mis hijas siempre tienen suerte con los médicos de urgencia en los viajes. Podrían relatar una buena dosis de anécdotas, que abarcarían lo más diverso del panorama nacional e internacional, desde Infiesto en Asturias hasta Cádiar en las Alpujarras, pasando por el Reino Unido de la Gran Bretaña.
Esta vez no iba a ser menos. El médico es encantador. Rubicundo, de mediana edad, a pesar del pijama del SAS se vislumbran unas pulseritas hippies y unos zapatos deportivos. Pregunta a la niña sin prisas, la ausculta con amabilidad, tratándola como a una adulta, para después apoyarme como madre que debería haberse dedicado a la medicina y confirmar mi diagnóstico inicial y acertado tratamiento: gripe y paracetamol 500.
Mientras tanto, Carlos ha seguido a una señora con una cesta de la compra. Confirmando sus sospechas, lo ha conducido hasta una frutería abierta en domingo en la que, por fortuna, se pueden adquirir tomates, lechugas, champiñones, huevos e incluso batatas ya asadas.
Me llama por el móvil para comunicarme tan emocionante noticia y le pido que investigue hasta encontrar un quiosco de prensa. Cuando salimos del ambulatorio, sus indagaciones han dado resultado y nos dirigimos al centro del pueblo. Junto a la plaza de abastos aparece una tienda bien pertrechada de prensa, revistas, libros y DVD.
Al salir, hago un feliz descubrimiento y me encamino hacia allí con paso decidido. Mi familia intenta disuadirme:
-¡No, mamá, no lo hagas! ¡Te arrepentirás!
No les hago caso porque encontrar una confitería de pueblo se puede convertir en el mejor de los hallazgos.
La niña tiene gripe, debe guardar reposo, nos tendremos que turnar para cuidarla,…
Media docena de hermosos y recién horneadas pasteles por cinco euros no son la felicidad, pero a nadie le amarga un dulce. ¿Qué más se puede pedir?

ATARDECER EN PUERTO DE LA LAJA


Sábado, 20 de diciembre de 2008

Las lajas son láminas de pizarra, la piedra que moldea estas suaves colinas entre las que discurre el Guadiana.

Un amplio ventanal se abre sobre el río, que serpea sin prisas, esquivando los sauces amarillentos que lo bordean y se resisten a penetrar en el invierno.

Rescoldos anaranjados se reflejan en el cristal, crepitar del fuego en la chimenea.

En la otra orilla, en Portugal, los cerros se difuminan en este atardecer soleado, regalo antes del solsticio.

lunes, 1 de diciembre de 2008

El funeral

Todos los rostros desfilan ante mí, pero yo no estoy aquí.
Los rostros surcados de imposibles arrugas. Ojos que me buscan entre el gentío; manos que aprietan sin pasión; labios que musitan palabras mil veces repetidas. Pero yo no estoy aquí.
Son los rostros de mi infancia. La vida los ha zarandeado en un gran terremoto. Ha cubierto de blanco sus cabezas y ha moldeado sus caras como si fueran de arcilla. Me persiguen sus miradas, me atosigan sus frases de aliento, me ahoga el calor de sus cuerpos. Pero yo no estoy aquí.
Un rumor de llanto recorre el pasillo. Un conato de risas ha sido abortado. Pero yo no estoy aquí.
Esta mañana, fuimos al campo. Para cruzar un arroyo mi padre me cogió en brazos. Entre las cañas maullaban unos gatitos abandonados. ¿Quién es capaz de dejarlos ¿ Recorremos el camino de vuelta, los pies embarrados y los gatos en el regazo.
Por la tarde, sobre la manta, en el frío suelo, mi padre me enseña a escribir palabras en el aire: mamá, papá, Pepita, peral, gato.

domingo, 26 de octubre de 2008

PASEO DOMINICAL

Despertar una luminosa mañana de domingo con la serenidad de que tienes todo el día por delante, vestirse las mallas, la camiseta de algodón y los zapatos deportivos.
Hace algún tiempo descubrí que el paseo matutino es uno de los placeres más baratos que te puedes permitir y llega un momento en que no puedes prescindir de la bocanada de aire fresco y el silencio de las calles vacías.
Enfilo la Alameda de Santa Eufemia sin cruzarme con nadie mientras observo apresuradamente los escaparates que surgen a mi paso.
A veces, en la parada del autobús me encuentro a algún personaje solitario y soñoliento, con la ropa del sábado arrugada. Imagino que ha despertado de una noche de pasión en una cama ajena y se retira a descansar con el aroma de otra piel aún pegada a la suya.
De pronto, en la rotonda del Instituto casi me paraliza la alarma. Soy hija de la transición y no puedo dejar de asustarme al ver congregada a mucha fuerza de orden público, lo del lechero que llama a tu puerta se quedará para otra generación. Concretamente, cuatro coches y una furgoneta de la guardia civil pusieron en marcha mi detector de problemas. ¿Qué habrá ocurrido? ¿Un atentado? ¿Una emergencia? Nada de eso, una mancha de color verde me indica que un número indeterminado de miembros de la benemérita hace cola en la churrería. No está mal atiborrarse de churros y chocolate antes de perseguir a los infractores de la ley y el orden.
Junto a la entrada de la Hacienda el Carmen se amontonan envases de hamburguesas y enormes vasos de refrescos con su cañita, la comida-basura que a su vez genera más basura.
Las calles continúan desiertas. Sólo me cruzo de vez en cuando con algún paseante de perro.
Al lado del ambulatorio, sentado en un banco, un anciano se apoya en el bastón. Me persiguen sus ojos cansados, la mirada insomne y triste.
La fuente de la rotonda de Aljarafesa refresca el incipiente bullicio. Unos chicos salen de la cafetería con estrépito. Portan una gran pancarta de la Cruzcampo y con voces roncas y embriagadas gritan: ¡Manifestación! ¡Manifestación! Una chica les hace fotos. Dos hombres cargados con el pan y el periódico se detienen, sonrientes, a contemplar la escena.
La acera del Hogar del Pensionista está alfombrada de cristales. ¿Habrán celebrado los jubilados una fiesta esta noche?
En los veladores del estanco un grupo de hombres conversa pertrechados de cafés. Me cruzo con una mujer que se apresura con su bolsa de churros.
La puerta de la Peña Bética es un hervidero de hombres que desayunan envueltos por el aroma espeso de la churrería. Una abundante clientela se amontona a la entrada.
El pueblo ya ha despertado, aunque no escuché los gallos al atravesar las cuatro esquinas.
Compro el pan, el periódico y disfruto de las últimas ráfagas de aire limpio de esta mañana de otoño. Abandono las calles antes de que el ajetreo las inunde, antes de que los coches pueblen las calzadas.
Me detengo para abrir la puerta.
¿Dónde están las mujeres en esta espléndida mañana de domingo?

domingo, 19 de octubre de 2008

TIEMPO DE CEREZAS


Hace unos días apareció en los escaparates de las librerías una novela titulada "El tiempo de las cerezas". Pero yo había escrito estos ¿versos? mucho antes.


Tiempo de cerezas


La mirada limpia, la sonrisa presta,
los pies descalzos, las manos tiernas.
Dulzor de horas que apaga la lenta,
inexorable andadura.
Atrapar la imagen del tiempo presente,
una foto presa del instante que huye.
Arena de playa entre mis dedos.
Viento del poniente que arrastra
cansadas nubes de otoño.
Acaso sea posible detener
la llegada del invierno,
quedarme por siempre a descansar
en este tiempo de cerezas

domingo, 5 de octubre de 2008

LA MIRADA VIOLETA

Considerar que la educación, y más concretamente la coeducación, puede por sí sola cambiar los roles de género inherentes al trabajo reproductivo no es más que una falacia, de una simplicidad tal como pensar que la educación vial en la escuela acabará con las muertes en la carretera.
La escuela no deja de ser un reflejo de la sociedad en la que está inmersa. Es permeable a los valores y los modelos que la rigen. Sin embargo, en ocasiones se transforma en una burbuja, cuyos valores y modelos se posicionan frente al mundo “exterior”. Cooperación, igualdad, convivencia pacífica, integración y tolerancia frente a “Escenas de matrimonio” y “Sin tetas no hay paraíso”.
¿Qué podemos hacer, pues, en este escenario artificial que refleja los estereotipos patriarcales al mismo tiempo que pretende defender valores como el respeto, la no violencia y la igualdad, constituyéndose en uno de los dos polos de la dialéctica entre el ser y el tener?
¿Es posible actuar para cambiar estos roles? Frente a nosotr@s, educadore@s, se sitúan la familia, los medios de comunicación, el grupo de iguales y un largo etcétera que perpetúan modelos sexistas.
A pesar de ello, coeducar es nuestra única opción, porque un análisis constante de la realidad nos hace ver la discriminación cada vez que un niño empuja para colarse el primero en la fila; cada vez que una niña inteligente se calla, mientras se levanta un bosque de pequeñas manos masculinas, habituadas a ser protagonistas.
Ésta es nuestra principal aportación a este cambio de roles, una “mirada violeta” de la que no podemos sustraernos.
Tampoco debemos olvidar que esta burbuja llamada escuela necesita de una auténtica educación de lo afectivo y lo emocional, gracias a la cual niños y niñas entiendan la importancia de sus sentimientos y adquieran la capacidad de transmitirlos y en muchos casos, encauzarlos.
A partir de ahí sólo hay un paso para valorar el papel de cuidadora que la mujer ha realizado tradicionalmente y asumirlo como una función necesaria tanto de hombres como mujeres.
Igualmente, es imprescindible propiciar un estilo educativo que respete las diferencias, otorgando a cada cual su valor dentro del aula, con independencia de resultados puramente académicos.
¿Podremos así cambiar los roles? Parecería bastante improbable, si tenemos en cuenta los agentes adversos. Pero a veces, observas cómo a algún niñ@ se le enciende una bombillita invisible y descubres en sus ojos esa mirada violeta, de la que estás segura que nunca se desprenderá. Esa certeza basta para mantener viva la ilusión.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Flash back

Las rendijas de la vieja puerta rasgan la penumbra que, tras las cortinas, se adueña del pasillo durante la siesta. Pasos apresurados se adivinan en la acera, amortiguados por el rebate.

El suelo de terrazo, duro y frío, hiela nuestros vientres, nuestras piernas y nalgas, evocando los helados que no saboreamos, los refrescos que no refrescan nuestras gargantas, la brisa del mar que no acaricia nuestra piel.

Fuera, en el patio prohibido, el jazmín se asombra de las avispas que zumban en torno a las uvas maduras y se arremolinan en el lebrillo de agua tibia.

Más tarde, cuando refresque, rescataré a las más rebeldes, aquellas que se atrevieron a rozar el agua, y las posaré en el borde del lebrillo al sol, hasta que se sequen sus alas transparentes.

Este gesto me hará inmune a sus aguijones y me protegerá de picaduras para siempre.

sábado, 19 de julio de 2008

Primera semana

Odio el verano

Tres de julio (tercer día de vacaciones): me he despertado a las 7.30 a.m., con la sintonía musical de los gritos de mi vecina, que carga con sus 60 años y su viudez con una energía admirable, lo cual le permite hablar de madrugada en la puerta de su casa como si fueran las doce del mediodía.
La placidez del despertar me ha provocado una contractura en el cuello, tal vez por contener la furia que me invadía y reprimir a la Maruja que llevo dentro. A partir de ahí, rigidez de cuello, dolor y antiinflamatorios a tutiplén.
Nada de esto me ha impedido planchar, hacer de comer, recoger la ropa del tendedero, ir al banco, depositar tres sobres de matrícula en cajas de cartón (siempre me queda la incertidumbre: ¿se perderán?), organizar a mis hijas, castigarlas sin los Simpson después de que se hubieran pegado, probarme dos vestidos de rebajas que me quedaban estrechos, ver el correo electrónico,… Todo ello antes de las dos, por supuesto.
La contractura ha sido la culminación de un maravilloso comienzo del veraneo. Como voy aplazando un sinfín de temas pendientes, llevé a mis hijas al dentista el día uno (¡con lo bien que yo hubiera estado en el Corte Inglés!) con el resultado de cuatro empastes y una ortodoncia por valor de 3.000 euros, a pagar a módicos plazos.
Se me averió la tele y ahora más que ver los programas, los adivino (eso implica, que tengo que comprar una nueva); el móvil va a su aire y no me deja hacer llamadas; he pasado varios días sin Internet hasta que por fin llegó mi salvador, un técnico de telefónica, para decirme que yo no había colocado bien los cables. Mis hijas volvieron del campamento cargadas de ropa sucia, aunque debo congratularme de que se encontraban en perfecto estado de salud y sin ningún parásito alojado en sus cabezas.
Para relajarme un poco, ayer, día dos, me dirigí a la piscina municipal. Una obra contigua tenía instalada una grúa con un pitido insoportable, que no lograba atenuar ni la maravillosa novela de Donna León que estaba leyendo. Resultado: jaqueca.
Por suerte me queda el Aquagym, donde me harto de reír con otras Marujas como yo que tampoco tendrán los armarios limpios. Si esto no se endereza, el próximo año me pido quedarme en el colegio a ordenar papeles, fotocopiar las fichas del nuevo curso, fregar los azulejos de los baños o darle unas bajeritas a los pasillos, que falta les hace. Pero sin mariposas, que me da la impresión de que van a salir volando de un momento a otro.